Hace una década, la globalización en la mente de los ciudadanos iba a la par del crecimiento económico, empleo y mayor libertad. Hoy en día, va a la par de la crisis económica, corrupción y repliegue nacionalista como modo de proteger el empleo y la seguridad ciudadana frente a la violencia de todo tipo y a las migraciones.

Como lo comprueban los eventos electorales del pasado fin de semana, ninguna región del mundo está a salvo del ominoso fenómeno del populismo y del nacionalismo. Ambos conceptos son difíciles de definir pero implican respuestas sencillas a problemas complejos: cierre de fronteras, confianza en hombres providenciales y autoritarios, y hostilidad hacia los extranjeros.

Los resultados de la primera ronda electoral en Brasil son la demostración más clara de esta evolución, pero este mismo fin de semana, del otro lado del Atlántico, ganaron los populistas nacionalistas en Bosnia y fueron los más votados en Letonia. Una periodista que investigaba sobre corrupción en su país fue asesinada, un fenómeno nuevo que ya azotó a dos miembros de la Unión Europea este año, Eslovaquia y Malta.

Occidente, baluarte de la democracia ya no es inmune a los riesgos de retroceso político. Las dos grandes potencias anglosajonas que daban lecciones de democracia al resto del mundo son, hoy por hoy, nuevas plazas de este populismo con acentos xenófobos. No es necesario explayarnos sobre los progresos del populismo más oscurantista en nuestro vecino del norte. El panorama es poco alentador en el Reino Unido donde Theresa May funge como último dique ante espantosos candidatos al poder en caso de que haya elecciones anticipadas. Boris Johnson, para los conservadores, o Corbyn para los laboristas, socavarían una de las democracias más asentadas del mundo. Italia ya cayó una vez más y su clase política, llevada democráticamente al poder, es el hazme reír del resto del continente. El antecedente de Mussolini nos impide reír demasiado fuerte. Los populistas nacionalistas también están al acecho en Alemania y sobre todo en Francia.

Si este deslice parece imparable en democracias consolidadas, que decir de las nuevas que, hasta hace poco, parecían vibrantes en América Latina o en Europa Oriental. Las elecciones de medio término en Estados Unidos y del Parlamento Europeo en mayo nos darán indicaciones más claras de lo que nos depara el futuro.

En el caso probable de mayores progresos del populismo, habrá que entablar una reflexión ya no sobre el destino de tal país sino sobre la nueva gobernanza mundial. Cabe preguntarse si no entramos en una nueva era donde el Consenso de Washington sobre liberalismo económico y político se ve desplazado.

¿Podrán ponerse de acuerdo los gobiernos que por esencia rechazan la cooperación internacional y que conciben como un juego de suma cero la solución de problemas como el cambio climático, la corrupción, la violencia islamista, los ataques cibernéticos, el tráfico de drogas, las relaciones con China, Rusia y el mundo musulmán? Los populistas apuntan a problemas reales, pero ¿sabrán colaborar o seguirán pensando que se pueden resolver pero sólo al interior de fronteras nacionales?

*Jefe del Departamento de Estudios Internacionales del ITAM.