Se podría pensar que una pandemia mundial frenaría el impulso de la lucha contra el cambio climático, que la crisis sanitaria a corto plazo eclipsaría la emergencia climática a largo plazo, pero ha ocurrido lo contrario. Para todo el mundo, la pandemia vino a evidenciar que las acciones inmediatas para el cumplimiento de los objetivos globales que beneficien, en especial, a las poblaciones más vulnerables es el camino en común que debemos seguir. 

En particular, de acuerdo con el Reporte Anual del Clima de Comisión Nacional del Agua, los últimos seis años han sido los más cálidos en México desde que se tiene registro. De este cuadro se desprenden una serie de problemáticas y en esta ocasión quiero compartir lo que pasa con el sector agrícola, una industria indispensable cuya producción tendrá que aumentar en un 50 por ciento para 2050 con el fin de hacer frente a la ascendiente demanda de alimentos de una población mundial creciente y cambiante de más de 9 mil millones de personas. 

Con el fin de responder a los desafíos relacionados con la seguridad alimentaria mundial y el cambio climático, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) ha impulsado la agricultura climáticamente inteligente como una propuesta para el aumento sostenible de la productividad del campo y generar resiliencia al cambio climático. Considerando que el sector agrícola es responsable de casi una cuarta parte de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, ¿cómo podemos ayudar a la descarbonización de la cadena de valor alimentaria que es fundamental para el futuro de la población a nivel mundial?

Para empezar, se debe tener en cuenta que el 12% de la huella de carbono de las actividades agrícolas se produce por el cambio de uso de tierras, es decir, el agricultor constantemente busca nuevos horizontes ya que las altas temperaturas superan los umbrales de supervivencia de cultivos y en el mundo se registra la pérdida de cuatro hectáreas de tierras de cultivo por minuto. En este sentido, les comparto dos ejemplos de prácticas tangibles que han comprobado que pueden mejorar la productividad y sustentabilidad de las tierras ya existentes, delimitando la deforestación y generando un impacto climático positivo de manera directa. 

Por un lado, el uso de fertilizantes nitrogenados en forma de nitratos ha demostrado que generan mayor productividad y la reducción de gases de efecto invernadero (GEI) y su impacto al pH de los suelos. En particular, actualmente, en la unidad Europa de la compañía a la que pertenezco, se ha logrado reducir en 13.2 por ciento las emisiones de GEI en la producción de fertilizantes. Lo anterior, demuestra el potencial al que México puede tener acceso. En Yara, a nivel global, tenemos el compromiso de reducir en 30% nuestras emisiones hacia 2030. 

En segundo lugar, para incrementar la eficiencia del uso del agua y de fertilizantes, la práctica de fertirriego ha demostrado que se puede lograr una reducción del 31 por ciento en el consumo de agua por tonelada de cultivo; y 36 por ciento menos de emisiones de CO2 eq. por tonelada de cultivo. El fertirriego es el uso de fertilizantes solubles en agua en un sistema de riego. Los nutrientes se disuelven en el agua de riego y se aplican directamente a las plantas de tal forma que les permiten estar disponibles para el cultivo. Esta solución cobra más relevancia que nunca ya que de acuerdo con el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua, actualmente se presentan condiciones de sequía importantes en el país, probablemente las más severas desde los últimos diez años.

Si no ponemos atención en el cuidado de los suelos, una cadena negativa puede empezar con un pequeño productor con consecuencias inimaginables dado que los impactos negativos de la degradación de la tierra se estiman en un 5% del PIB (Producto Interno Bruto) total en algunos países y, a nivel global, se calcula que las pérdidas sociales derivadas de la degradación del suelo son de 100,000 millones de dólares al año.

Desde mi trinchera, como líder en México de una compañía global de nutrición de cultivos, considero que, al centro de este abordaje orientado a combinar la productividad y la sustentabilidad como la única forma para causar cambios significativos en el combate al cambio climático desde el sector agrícola, están las y los agricultores, ya que cuando utilizan las mejores prácticas agrícolas, el planeta también está mejor. Por esta razón, no podemos perder de vista que cuando los agricultores son productivos y exitosos se genera una reacción de valor positivo para todas las sociedades, pues no solo significa la mejora de las condiciones y calidad de vida de estas comunidades sino un valor de cuidado de los suelos, el aire y el agua que nos beneficia a todos. Estoy convencido que el camino a la descarbonización de la industria agrícola y alimentaria es posible.

El autor es country Manager de Yara México.