Sorprendentemente, sin que nadie lo haya previsto, recientemente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) hizo una apología pública del enfoque de política económica que en su momento —1954 a 1970— se denominó Desarrollo Estabilizador (DE). Esa reivindicación histórica resulta sorpresiva en razón de que en su época fueron los simpatizantes ideológicos de AMLO quienes criticaron sistemáticamente al DE, a pesar de los notables resultados que logró obtener esa estrategia con un crecimiento real de 6.5% anual, elevación continua de los salarios reales y sólida estabilidad de precios.

Hubiese sido deseable que, hacia adelante, el DE continuase al menos en sus fundamentos. Pero lo destruyeron con saña e irresponsabilidad las administraciones populistas que le siguieron durante los gobiernos de Echeverría y López Portillo. ¡Y ahora, AMLO reivindica lo que en su momento vituperaron Flores de la Peña, David Ibarra, Rolando Cordera, Ifigenia Martínez, De Oteyza y una pléyade de destructores que en su oportunidad descarrilaron a la economía mexicana de una senda de progreso de la que nunca debió ser sacada!

Ojalá que los asesores de AMLO que, por motivos electorales, le recomendaron la reivindicación del DE, comprendan que no todas las políticas que en su momento conformaron ese enfoque serían recomendables en la actualidad. A guisa de ejemplo, esos serían los casos del régimen de tipo de cambio fijo entonces prevaleciente, como tampoco del proteccionismo que se había mantenido para impulsar la industrialización y que había inducido en la planta productiva un muy perjudicial sesgo antiexportador. En igual sentido, tampoco sería indicado reimplantar algunos esquemas dirigistas de naturaleza sectorial que sólo daban lugar a tendencias monopólicas, baja productividad y distorsiones en la asignación de los recursos.

Lo que sí habría que reivindicar del DE con fanfarrias es la disciplina fiscal y monetaria que se siguió y que indujo un sobresaliente crecimiento autosostenido e incluyente. Esa estabilidad generó fuertes incentivos al ahorro voluntario y a la inversión productiva que dieron lugar al rápido desarrollo de la época. Por estas últimas razones, de verdad hago votos —de hecho, le rezo al Altísimo— por que AMLO se convierta en un creyente sincero en las bondades colectivas de seguir una disciplina fiscal y un respeto estricto a la autonomía del Banco Central. No hacerlo fue el pecado capital por el cual las administraciones de Echeverría y López Portillo terminaron en terribles crisis cambiarias con sobreendeudamiento.

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico