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¿AMLO: entre la princesa del Palacio (Nacional) de Hierro y el Khmer Rouge?
Recordatorio: No olvidemos el 3 de mayo, Metro Olivos. Justicia para las víctimas, castigo para los responsables.
El pasado 18 de mayo, durante una de sus mañaneras, el presidente de la República se quejó de las campañas contra él. Atribuyó a los medios nacionales el origen de estas campañas. Hasta aquí una mañanera normal.
Esta vez fue más allá, aseguró que el lugar en donde se creen más estas campañas es la Ciudad de México y que la parte de la población que más sigue las creencias de estos medios enemigos son los que tienen una mayor educación, los universitarios, y los que pertenecen a las clases medias y altas. Bonita colección de enemigos se ha comprado López Obrador. No paró ahí la cosa, subrayó que en los estados esas campañas en su contra no tienen efecto, tampoco entre la gente con menor educación. Supongo que en este apartado social es en donde considera que está “el pueblo”, ese conjunto de seres solidarios y nobles que lo acompañan.
Además de ser clasista su clasificación, es simplona y peligrosa. Que un hombre que gobernó la Ciudad de México, bastión de las corrientes progresistas en los últimos 25 años, ahora se lance contra una buena parte de la población de la entidad dice mucho. Parece que lo que le molesta es que no pueda hacer que los habitantes de la capital lo sigan ciegamente. Siempre creí que AMLO había sido un jefe de Gobierno al que no le interesaba entender a la gran ciudad y al que, en el fondo, no le gustaba. Ahora lo confirmó, en cuanto puede se lanza a recorrer lugares de la República donde supone que lo siguen y lo estiman.
Su descalificación por las clases medias y altas, así como por los universitarios también son preocupantes. Él, que se queja del clasismo y racismo de sus enemigos, está siendo clasista y sectario. En consecuencia, no son parte del pueblo bueno que representa; por lógica, son incapaces de solidaridad y desinterés. Son ambiciosos y arribistas, conservadores, pues. En contraste, la gente sin estudios universitarios, AMLO dixit, que pertenece a las clases bajas y vive en un medio poco urbanizados son los buenos, es su pueblo. Son los que reciben los apoyos sociales y le creen en sus diatribas.
¿El ascenso social es indeseable para el presidente López? La respuesta, después de escucharlo, no puede ser sino positiva. Un pueblo bueno es un pueblo pobre; un pueblo bueno es el que depende del gobierno; un pueblo bueno es el que agradece al presidente. Reto a quien sea a que después de escuchar esa mañanera no llegue a conclusiones semejantes.
El mandatario parece olvidar que en su triunfo del 2018 el voto decisivo no fue el de los sectores más pobres, ese ya lo tenía en buena medida, sino el de buena parte de las clases medias y, en menor medida, de las altas, hartas de los vicios y defectos de la clase política panista y priista. Ese voto no lo había tenido en la misma cuantía ni en 2006 ni en 2012. De igual forma, la CDMX jugó un papel importante en ese triunfo.
Lo que está revelando la descalificación del presidente es, en realidad, el alejamiento de las clases medias y altas, así como de la población urbana y de mayor educación. No es extraño este alejamiento, desde el principio de su gobierno fue notorio el desinterés hacia las clases medias y los sectores educados, que en su mayoría habitan en las urbes. La pandemia y la crisis económica afectaron a las clases medias y MYPYMES sin que el gobierno haya planteado una estrategia para apoyarlas.
¿Cuál es la idea que tiene el presidente acerca de las clases medias y las micro, pequeñas y medianas empresas? ¿Cuál es su concepción de la vida urbana? No hay misterio. Cada vez que le plantean el asunto, reivindica los “valores” de las clases bajas y las comunidades indígenas en contraposición con la ambición que muestran quienes “tienen más”. Si López Obrador fuera un borrachín de cantina o un alumno mediocre de Ciencias Políticas sus comentarios serían prescindibles, pero siendo el presidente sus mitos y fantasías se vuelven política de Estado.
Si se comparan estas ideas presidenciales con algunas que impulsaron la Revolución Cultural Proletaria china o los Khmers Rouges se encontrarán similitudes preocupantes: la idea de que los universitarios e intelectuales representan al viejo régimen (cualquier cosa que eso sea), que las ciudades son lugares donde se recrean las costumbres y aspiraciones de un capitalismo sin solidaridad, que inculca la ambición y el deseo de enriquecerse y que las clases medias y altas son enemigas del “pueblo”.