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¿A donde fueres, come lo que vieres?
Esto representa un reto que va más allá de la degustación de platillos, a una experiencia real de la complejidad de la cultura alimentaria de cualquier país que se visite.
Dice un popular refrán: “A donde fueres, haz lo que vieres” para referirse al hecho de que hay que adaptarse a las costumbres del lugar donde estemos o viajemos. Sin duda alguna, la alimentación es un hecho social que cambia de familia en familia, de región en región o de país en país. ¿Será que es fácil adaptarse a estilos de alimentación que son significativamente diferentes a los nuestros en el contexto de un viaje?
La comida es uno de esos hechos fundamentales que se encuentran dentro de las experiencias de viaje en las que parte del descubrimiento consiste en probar, degustar y descubrir los platillos y sabores del lugar que se visita. Ésta es una de las actividades principales hacia la que las experiencias de turismo se orientan.
Es difícil imaginar ir a un país extranjero sin intentar por lo menos conocer uno o dos platillos que representen a ese lugar. Es aún más difícil, resumir a todo un país en un solo platillo. ¿Cómo podríamos, por ejemplo, reducir a México en uno o dos platillos? Ése es el dilema del viajero de corta estancia: poder asomarse al mundo de la cultura culinaria de un país extranjero del que apenas va a tener algunos pincelazos.
Además, la cultura alimentaria de un país está constituida por elementos que van más allá de sus platillos y sus ingredientes. Es la suma de las maneras de preparar, de los gestos que se utilizan al comer o al degustar, de los tiempos, los lugares y las personas con las que se acostumbra a comer. ¿Cómo explicar a un extranjero, por ejemplo, qué tipo de tacos se comen a qué hora del día? En días anteriores, por ejemplo, me enfrenté a la cuestión de explicar a un extranjero cómo es que se podía comer una tostada con la mano sin tirar todo lo que contenía encima. Más allá de los gestos que tenemos para comer un taco, nosotros tenemos gestos incorporados con los que tomamos la comida, que no se adquieren tan fácilmente con la observación. Lo mismo me sucedió cuando en un círculo comensal de malíes, intentaban explicarme cómo comer arroz con la mano sin hacer un batidero.
De manera similar, los horarios de los tiempos de comida de un país a otro cambian tanto que en el caso de algunos países es difícil encontrar un lugar para comer si no se está cumpliendo con el horario.
Para muchos extranjeros que se encuentran de turismo en nuestro país, por ejemplo, es difícil adaptarse a la hora de la comida en México, que es mucho más tardía que en muchos países. Evidentemente estos mecanismos de adaptación se van puliendo si es que la estancia tiene un motivo diferente al turismo, y en la medida en que se está más expuesto, con mayores vínculos sociales con personas del país que se visita.
En otras ocasiones un mismo país ofrece “comida de visitantes” y comida para locales, en donde se hacen significativas diferencias en la presentación e incluso en el sabor, que puede ser considerado como no apto para paladares extranjeros.
Es por esto que la cuestión de “a donde fueres, come lo que vieres” representa un reto que va más allá de la degustación de platillos, a una experiencia real de la complejidad de la cultura alimentaria de cualquier país que se visite que, irremediablemente, nos hablará de las personas, de su historia y de su manera de ver el mundo.

