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Opinión

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Del 9/11 a la era de la vigilancia totalitaria

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Lucía Melgar | Transmutaciones

Lucía Melgar

A 25 años de los atentados contra las Torres Gemelas en Nueva York, el mundo no es más seguro ni más libre. Ese estallido de violencia en el corazón del imperio abrió la puerta a una era de vigilancia y autoritarismo cuyo final es difícil aún imaginar. Desde entonces, las autoridades de Estados Unidos, y otras en el mundo, enarbolaron un discurso excluyente con claros rasgos racistas, que promovía y promueve sospecha y desconfianza hacia los “Otros”, ya sean personas de color o extranjeras, ya sean ciudadanas/os cuyo aspecto o actitud  desentone del coro que aplaude el “Orden” y teme a la diferencia y la pluralidad.

Los hechos históricos no pueden negarse: el 9/11 dos aviones se estrellaron contra edificios emblemáticos de una ciudad multiétnica y diversa, representaron la materialización de una amenaza a la seguridad de Estados Unidos y su población. Lo que incluso entonces se puso en cuestión fue la interpretación de esos hechos y las consecuencias que de ella se derivaron. Si bien se suponía que varios de los atacantes provenían de Arabia Saudita, el gobierno de Bush optó por orientar el miedo y la rabia hacia un objetivo genérico, convertido en Enemigo: musulmanes anónimos, primero, Osama Bin Laden y sus cómplices en Afganistán, después. Esta interpretación, adecuada o no, constituyó pretexto suficiente para iniciar una guerra contra aquel país, ya destruido por la fallida invasión soviética. A esta absurda campaña se sumó después el ataque contra Irak, con el falso argumento de que Saddam Hussein poseía “armas de destrucción masiva” con las que amenazaría la seguridad de la región y de Estados Unidos en particular.

En el exterior, ambas guerras arruinaron aún más  la economía y el potencial democrático de los países atacados y, a la larga, debilitaron el aura democrática del agresor, difuminada en la desastrosa retirada de Afganistán y sus terribles consecuencias, tal el regreso de los talibanes. Al interior, se estableció un régimen de vigilancia cada vez más generalizada, sustentada en las brutales medidas autoritarias del Patriot Act y en una política de la crueldad a ultranza, cristalizada en el campo de tortura de Guantánamo, hoyo negro de los derechos humanos y vergüenza para la humanidad del siglo XXI.

Para desgracia de la ciudadanía progresista y, en última instancia, de todos los habitantes de E.U, y, por extensión, del mundo, la política de vigilancia, como supuesta medida de protección contra peligros invisibles, nebulosos, redefinidos por gobernantes ansiosos de poder, se ha instaurado en este cuarto de siglo como estado de cosas normal, aceptable y, para algunos, deseable. Las grabaciones que antes nos conminaban a someternos a revisiones exhaustivas y a estar alertas ante cualquier cosa sospechosa “mientras estas medidas sigan en efecto”, son ya superfluas. Con el miedo a l(o) desconocido, atizado por discursos securitarios polarizantes, la vigilancia llegó para quedarse.

Junto con la normalización de reglas absurdas en aeropuertos o museos, han proliferado cámaras omnipresentes en calles y carreteras, “ojos vigilantes” que no nos protegen del crimen y sí nos ponen a merced de quienes pueden manipularlas a su antojo, tales las cámaras Flock que la policía de Texas usa para perseguir a mujeres que buscan abortar fuera del estado u hostigar a ex novias o esposas, abuso que empieza a provocar indignación.  Para el negocio de la vigilancia, cada vez más sofisticado y pernicioso, nuestra privacidad e intimidad son un estorbo.

Esta industria del control autoritario no sería viable (ni legalizable) sin la intensificación de los discursos de odio contra grupos y personas señalados como “enemigos”, “criminales en potencia” o “traidores a la patria”. Proliferan así teorías conspirativas y discursos violentos contra grupos judíos, musulmanes, mexicanos, progresistas….

Estigmatizar y criminalizar a quienes “no son, no piensan como nosotros” sigue siendo estrategia favorita de los autoritarios. Quienes hoy la aceptan contra otros/as pueden convertirse en los/las “indeseables” de mañana.          

Lucía Melgar

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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