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2022: Amar nuestra pequeñez
La pandemia no ha terminado y el mundo se sigue (RE)configurando a toda velocidad. El momento que vivimos está lleno de lecciones para quienes tienen la humildad de abrir los ojos y el corazón a todo lo que la naturaleza nos está diciendo y lo que la vida nos está enseñando. Lecciones sobran pero depende de nosotros si queremos verlas y abrazarlas o simplemente las ignoramos para seguir viviendo igual.
Resulta imposible predecir el futuro inmediato o lejano. Quizás este es uno de los cambios de percepción más evidentes que esta pandemia ha provocado pues hasta principios de 2020 creíamos que podíamos predecir, planear y controlar (hasta cierto punto). En estos últimos dos años, la vida nos ha enseñado que, fuera de nostros, difícilmente podemos “controlar” algo. Lo que sí está en nuestras manos es cuidar nuestros pensamientos, gestionar nuestras emociones y elegir con qué actitud enfrentamos cada momento y cada desafío que la vida nos presenta.
Hay momentos en los que vale la pena abrirnos completamente para vernos de una manera nueva y ver el mundo con ojos nuevos. Estoy convencido que la (RE)invención es nuestra apuesta más acertada en este tiempo tan incierto y volátil y por eso vale la pena ver lo que en condiciones normales no veíamos; retar nuestras propias creencias y sobre todo desafiar nuestro ego que es el enemigo silencioso que nos limita y nos impide abrir mente, voluntad y corazón.
La homilía del Papa Francisco en la misa de Navidad nos revela verdades que alumbran y dan certeza en un camino donde abundan las dudas. Sus palabras me conmueven y las aprecio como una invitación oportuna para pensar y actuar contra la lógica dominante que, en tantos casos, ya está agotada porque se sostiene en el ego y no en el amor.
En un mundo en el que la “grandeza” nos deslumbra y nos apela a cualquier precio, el Papa Francisco nos exhorta a comprender que el camino a seguir y la virtud a abrazar es ni más ni menos que la “pequeñez.”
“Hermanos, hermanas, deteniéndonos ante el belén miremos el centro; vayamos más allá de las luces y los adornos y contemplemos al Niño. En su pequeñez es Dios. Reconozcámoslo: “Niño, Tú eres Dios, Dios-niño”. Dejémonos atravesar por este asombro escandaloso. Aquel que abraza al universo necesita que lo sostengan en brazos. Él, que ha hecho el sol, necesita ser arropado. La ternura en persona necesita ser mimada. El amor infinito tiene un corazón minúsculo, que emite ligeros latidos. La Palabra eterna es infante, es decir, incapaz de hablar. El Pan de vida debe ser alimentado. El creador del mundo no tiene hogar. Hoy todo se invierte: Dios viene al mundo pequeño. Su grandeza se ofrece en la pequeñez.”
“Y nosotros, preguntémonos, ¿sabemos acoger este camino de Dios? Es el desafío de Navidad: Dios se revela, pero los hombres no lo entienden. Él se hace pequeño a los ojos del mundo y nosotros seguimos buscando la grandeza según el mundo, quizá incluso en nombre suyo. Dios se abaja y nosotros queremos subir al pedestal. El Altísimo indica la humildad y nosotros pretendemos brillar. Dios va en busca de los pastores, de los invisibles; nosotros buscamos visibilidad. Jesús nace para servir y nosotros pasamos los años persiguiendo el éxito. Dios no busca fuerza y poder, pide ternura y pequeñez interior.”
“Esto es lo que podemos pedir a Jesús para Navidad: la gracia de la pequeñez. “Señor, enséñanos a amar la pequeñez. Ayúdanos a comprender que es el camino para la verdadera grandeza”. Pero, ¿qué quiere decir, concretamente, acoger la pequeñez? En primer lugar, creer que Dios quiere venir en las pequeñas cosas de nuestra vida, quiere habitar las realidades cotidianas, los gestos sencillos que realizamos en casa, en la familia, en la escuela, en el trabajo. Quiere realizar, en nuestra vida ordinaria, cosas extraordinarias. Es un mensaje de gran esperanza: Jesús nos invita a valorar y redescubrir las pequeñas cosas de la vida. Si Él está ahí con nosotros, ¿qué nos falta? Entonces, dejemos atrás los lamentos por la grandeza que no tenemos. Renunciemos a las quejas y a las caras largas, a la ambición que deja insatisfechos.”
“Pero aún hay más. Jesús no quiere venir sólo a las cosas pequeñas de nuestra vida, sino también a nuestra pequeñez: cuando nos sentimos débiles, frágiles, incapaces, incluso fracasados. Hermana, hermano, si, como en Belén, la oscuridad de la noche te rodea, si adviertes a tu alrededor una fría indiferencia, si las heridas que llevas dentro te gritan: “Cuentas poco, no vales nada, nunca serás amado como anhelas”, esta noche Dios responde. Esta noche te dice: “Te amo tal como eres. Tu pequeñez no me asusta, tus fragilidades no me inquietan. Me hice pequeño por ti. Para ser tu Dios me convertí en tu hermano. Hermano amado, hermana amada, no me tengas miedo, vuelve a encontrar tu grandeza en mí. Estoy aquí para ti y sólo te pido que confíes en mí y me abras el corazón”.
En el año que inicia, deseo que, (RE)conocer nuestra pequeñez, nos ayude a anhelar y abrazar la grandeza de Dios. Que amar nuestra pequeñez no sea sinónimo de conformismo sino el paso determinante para dejar a Dios entrar y actuar en nuestras vidas. Los retos que enfrentaremos en 2022 no podrán encararse desde la pura lógica, desde el ego o simplemente desde la razón. Es evidente que necesitamos abrir espacio para que Dios haga el milagro en nostros y entre nosotros y sólo desde la humildad es que podemos dejarnos guiar por su Espíritu Santo.
Pase lo que pase en 2022, nuestra mejor decisión será amar nuestra pequeñez para aclamar y recibir esa fuerza e inspiración que tanto necesitamos y que sólo provienen de Dios. Así, todo tendrá sentido y seremos más felices en un mundo que, espero, siga (RE)naciendo.
Twitter: @armando_regil
