Hay noticias que se tragan cualquier esfuerzo de hacer un recuento. Momentos históricos que imposibilitan el análisis frío. Durante años he sostenido que una de las herencias de los medios informativos y las redes sociales ha sido la conversión del Trending Topic en el icono del Zeitgeist. La última noticia es la más relevante, así como la última película que vimos suele ser la primera que recordamos cuando nos preguntan la mejor del año. La agenda de lo inmediato dominando el panorama informativo y el mental de la sociedad.

Este es un fenómeno inevitable que va aparejado con las limitaciones de la memoria individual como a las necesidades de la agenda informativa. Los temas calientes son el centro del debate hasta que otro les roba la primera plana, si pudiera sostenerse todavía la metáfora de la prensa escrita.

Es claro que lo sucedido en Ayotzinapa y las semanas posteriores marcó definitivamente el 2014, no sólo como la noticia más relevante, sino también, se vale asumir ahora, como uno de esos momentos que posiblemente serán analizados desde el futuro como puntos de inflexión en nuestra historia contemporánea. No puede olvidarse, no puede quedarse así.

Sin embargo, por más que esta vez, la última noticia, esa que tuvo acaparada la opinión pública y el registro anímico de todos de octubre para acá, sea coincidentemente la más relevante y trascendente del año, no elimina los meses previos y sus respectivos picos de atención.

El 2014 inicia con cierto optimismo, con el triunfo de cineastas mexicanos en el extranjero. Oscars para Cuarón y el chivo, una bandera que algunos ondean como el éxito de nuestro cine más allá de que sus creadores hayan precisamente migrado buscando oportunidades de crecimiento creativo, artístico y material que no encontraban en casa.

2014 es el año en que uno de los grandes actores cortó su respetada y entrañable carrera con la heroína (Philip Seymour Hoffman en febrero), mientras que otro, leyenda en el imaginario popular del cine, escapó por la llamada vía fácil del suicidio (Robin Williams). [Nota para otro día: discutir cómo será la vida que el suicidio es etiquetado como salida fácil ].

Un año que se lleva a García Márquez, a Gelman, Gordimer, PD James, Jose Emilio Pacheco, Salisachs, Pinilla, Ana María Matute y al gran Leñero.

2014 es el año de los misterios aéreos, de los vuelos (y fue más de uno) de aerolíneas asiáticas (Malaysia y AirAsia) desaparecidos sin dejar rastro. Pasto para la delirante teoría conspiración de su preferencia.

Es el año de las selfies como aspiración masiva, la forma irrefutable de pasar lista frente a la tecnología y la vida cotidiana. Aquí estoy, aquí sigo.

2014 fue año mundialista, y aunque a la luz de lo reciente parezca lo menos relevante, fueron meses de debatir si los gritos de la tribuna eran un insulto, ejemplo de intolerancia vergonzosa o discurso de odio. Semanas del no fue penal, de animadversión frente al tuit irritante u ofensivo, de la humillación brasileña en su propia cancha, de constatar que cuando se trata del deporte mundial, como en la economía, la máxima recompensa suele ser para los mismos.

Es el año en que la privacidad o su ausencia acompaña cada escándalo, donde el espionaje de la NSA que ha acaparado las noticias internacionales desde el 2013, vuelve cada vez que un líder europeo descubre que su teléfono también estaba en la lista. El escándalo del a poco yo también con los hackeos cotidianos de datos bancarios, contraseñas, fotografías obscenas y triviales, chismes de alcoba y de industria. De los experimentos sociológicos de Facebook, del clavado de Twitter en la publicidad y la saturación.

La tecnología está tan presente en cada aspecto de la vida cotidiana que resulta imposible hablar del año sin pensar en cómo la tecnología móvil, el streaming, las redes y la posibilidad impensable de artefactos de realidad virtual, impresión 3D, y cualquier cantidad de productos inimaginables hace una década.

Es el año en que la familia presidencial se exhibió, fue exhibida y terminó poniendo a la venta su casa frente a la opinión pública. Lejos de la presidencia imperial que describe Enrique Krauze y más cerca de la fragilidad frente a la información incontrolada global. Ya no es posible barrer la basura bajo la alfombra, si el piso es transparente.

El año termina con ánimo pesado, no sólo por la corrupción, Ayotzinapa, el fin de la ilusión de que la violencia había desaparecido con la salida de Calderón. Detrás están las marchas, pero más aún lo que las provocó, la pequeña depresión económica, que gracias a dios no es sólo un catarrito .

Ensombrece el ánimo y nos acerca a la marca artificial del primero de enero como un corte de caja al que se llega con alivio, como el corredor de fondo que se arrastra a la meta, o peor aún, como el náufrago que después de flotar por semanas en aguas inhóspitas, atisba el espejismo de tierra en el horizonte. Esa es la paradoja de la ilusión: lo malo ya quedó atrás, podemos mirar el porvenir nuevamente con optimismo.

Twitter @rgarciamainou