Es indiscutible la influencia artística e incluso social durante las cinco últimas décadas de David Bowie, el músico británico fallecido ayer a los 69 años de edad.

Más controvertido es el legado financiero de Bowie. En 1997, el cantante y compositor recibió 55 millones de dólares al vender bonos garantizados con ingresos futuros de su catálogo de álbumes.

Los títulos, que fueron adquiridos por Prudential Investments, daban un interés anual del 7.9% y tenían un plazo de amortización de diez años. Pese a que Moodys bajó el rating a los Bowie Bonds en 2004, ante la amenaza para la industria musical que suponía el avance de Internet, no se produjo ningún impago y el inversionista recuperó su dinero en la fecha prevista. Bowie utilizó los recursos para recomprar los derechos sobre una parte de su trabajo a su ex socio Tony DeFries.

La operación, según un estudio de la Universidad de Santa Clara, California, fue la primera titulización de los royalties de un artista y demostró al mercado que cualquier activo generador de ingresos podía dividir su deuda en pequeños trozos y venderla entre inversionistas. Este modelo de financiación creció de forma inusitada en la década posterior, especialmente en el sector hipotecario, creando el escenario para la crisis de 2007.

Evan Davis, uno de los principales periodistas de la BBC, llegó a preguntarse en un artículo de 2009 si David Bowie era el culpable de la crisis, al haber abierto el camino a esa innovación financiera. Pero la realidad es que los Bowie Bonds demostraron otra cosa: se puede titulizar un activo, siempre que sea de calidad y cumpla sus previsiones, algo que consiguió la música de Bowie, pero no las hipotecas subprime.

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