Golpe de Estado, suicidio, impeachment, escándalo o prisión: si eres elegido presidente en Brasil tienes prácticamente garantizado un trágico destino.

El encarcelamiento el sábado en Curitiba de Luiz Inácio Lula da Silva cayó como una bomba. Pero, si se mira desde otra óptica, la vertiginosa caída de Lula fue business as usual.

Los presidentes de Brasil viven en un increíble palacio diseñado por Oscar Niemeyer, disponen de grandes reservas petroleras, gobiernan un país con 209 millones de habitantes, con la mayor selva del mundo y, posiblemente, también con la mejor selección de futbol... pero, por alguna razón, las cosas acaban torciéndose.

Si viajamos un poco hacia atrás, hasta 1992, toparemos con Fernando Collor de Mello. Él también sufrió un impeachment acusado de corrupción y dejó el cargo tras dos años de mandato.

Y sólo como muestra, otro de los cinco expresidentes vivos del país, Jose Sarney (1985-1990), también es investigado por corrupción.

Sarney llegó a la presidencia como compañero de fórmula de Tancredo Neves, que ganó la primera elección democrática tras la dictadura iniciada en 1964, pero murió antes de tomar posesión.

Tragedia

“En Brasil, hay riesgo de perder la elección, tu libertad y tu vida”, escribe Angela Alonso en el diario Folha de S. Paulo.

Eso era especialmente cierto para el presidente João Goulart, popularmente conocido como Jango.

Se convirtió en presidente en 1961 después de la renuncia de Janio Quadros, que apenas duró medio año en el puesto. Luego, en 1964, Goulart sufrió un golpe de Estado que instauró una dictadura de dos décadas.

Pero el caso más trágico de los presidentes de Brasil fue, sin duda, el de Getulio Vargas. El populista gobernó el país en dos periodos entre los años 1930 y 1950 haciendo grandes esfuerzos por transformarlo hacia su industria energética. El 24 de agosto de 1954 se disparó en el corazón con un revólver dentro del palacio presidencial, dejando una nota al pueblo brasileño: “Les di mi vida, ahora les ofrezco mi muerte”.