Los preparativos en Egipto para el quinto aniversario de la marcha que desencadenó su revolución en el 2011 ofrecen una imagen clara de la situación actual del régimen de Abdel Fatah al-Sisi, general responsable del golpe de Estado que después lo volvió presidente. Evidentemente aterrorizadas por otro levantamiento popular, las fuerzas de seguridad recientemente llevaron a cabo una amplia contraofensiva, deteniendo a cientos de activistas y realizando cateos en 5,000 viviendas en las inmediaciones de la plaza Tahrir, en El Cairo, donde los manifestantes antigubernamentales se reunieron el 25 de enero del 2011. Los tanques y soldados llenaron el área mientras los medios estatales celebran el Día de la Policía.

No hubo protestas públicas los grupos de la oposición le aconsejaron a sus seguidores quedarse en casa , pero el abrumador apoyo público del que se jacta el régimen fue desmentido por sus acciones. Lejos de restaurar la democracia como lo predijo el secretario de Estado estadounidense, John F. Kerry, desde julio del 2013 , el golpe de Estado creó lo que grupos nacionales e internacionales de derechos humanos consideran el régimen más represivo en la historia moderna de Egipto.

Ha matado a miles, hay miles encarcelados y ha empleado tortura, desapariciones, censura a los medios de comunicación y juicios simulados.

OPINIÓN: Para entender el conflicto egipcio

En lugar de reactivar la economía, como también lo predijo Kerry, Al Sisi ha presidido un estancamiento corrosivo. Los ingresos por parte del turismo se desplomaron 18% el año pasado y se registraron déficits masivos en la balanza de pagos y en el presupuesto del gobierno. El desempleo es de 12%, para los jóvenes el porcentaje es mucho más alto. La iniciativa privada está cercada por la burocracia, la corrupción y los propios intereses de expansión de los militares.

Los signos de descontento con el régimen van en aumento. Había cerca de 50,000 personas registradas en una página de Facebook pidiendo nuevas protestas antes de que el régimen la bloqueara. La participación en las elecciones parlamentarias del otoño pasado fue pésima; el gobierno reclamó una participación de 26%, pero los observadores independientes dijeron que fue mucho menor. Hay rumores de discordia dentro del régimen, donde se sospecha que los servicios de inteligencia y algunos militares están descontentos con Al Sisi, asegura Eric Trager, del Instituto Washington para Política del Cercano Oriente. Lo más alarmante para los vecinos de Egipto es el intento del régimen para combatir el terrorismo yihadista, incluyendo una filial autodeclarada del Estado Islámico, con base en la península del Sinaí, que ha empeorado la situación en lugar de aliviar la amenaza.

El tratamiento brutal a los beduinos y otras comunidades del Sinaí ha impulsado a nuevos reclutas a las filas militantes. Cuando un periodista comentó esto, la respuesta del régimen fue a arrestarlo.

Desafortunadamente, el desmoronamiento del régimen ha sido, en su mayoría, ignorado por el gobierno de Obama, que reanudó la ayuda conocida como U.S. Aid 1,500 millones de dólares este año con la teoría de que apoyar a la dictadura promoverá la estabilidad. A estas alturas debería estar claro que esta apuesta está mal. Salvo cambios importantes en las políticas del régimen, el país más poblado del mundo árabe se dirige hacia otra crisis.

Estados Unidos no puede dejar a Al Sisi como presa de su autodestrucción, pero puede sentar las bases para un futuro mejor, instando a su régimen a cesar la persecución de los opositores pacíficos, incluidos los líderes liberales y seculares de la revolución del 2011. La mayoría de ellos están ahora en la cárcel o en el exilio. Debe, además, vincular su ayuda a la libertad de prensa y la revocación de las leyes represivas, como la medida que prohíbe todo tipo de protestas. Con sus subsidios incondicionales, el gobierno de Obama no hace más que apresurar la próxima crisis de Egipto.