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Los errores de información que afectan nuestras decisiones económicas

Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“Estamos saturados de información, pero sedientos de conocimiento". John Naisbitt, escritor estadounidense.
En la teoría económica tradicional, se asume con frecuencia que la disponibilidad de información es condición suficiente para que las personas tomen decisiones eficientes. Sin embargo, la evidencia de la investigación empírica y lo que vivimos cotidianamente en nuestras decisiones muestran de manera consistente que esto no ocurre así.
En múltiples mercados en los que las personas toman decisiones entre alternativas o entre hacer o no hacer algo, como en lo relativo a la salud, sus finanzas y cualquier decisión de compra, toman con frecuencia decisiones subóptimas aun cuando cuenten con la información necesaria para decidir mejor.
Este fenómeno no es aislado ni poco frecuente; es sistemático, persistente y, sobre todo, costoso en términos del efecto negativo que tiene en las personas.
En el artículo “What’s Behind the Information We (Don’t) Use and When Do We Care”, de Handel et al., se presenta un enfoque útil para comprender este problema al distinguir entre dos grandes explicaciones: las fricciones y las brechas mentales. Con esta distinción se avanza hacia una comprensión más precisa de sus causas y, por ende, de las posibles soluciones a este problema de información.
En muy diferentes contextos de toma de decisiones, los individuos no traducen la información disponible en decisiones que maximicen su bienestar. Pueden elegir planes de seguro más caros sin obtener beneficios proporcionales, contratar tarjetas de crédito que cobran una tasa de interés más alta, no llevar una vida saludable que les represente menos riesgos y costos futuros. Todos estos comportamientos y muchos otros no se explican fácilmente bajo el supuesto de información completa y de racionalidad plena.
De acuerdo con el artículo, la primera explicación, las fricciones, se refiere a los costos asociados a la búsqueda, adquisición o procesamiento de información.
Desde esta perspectiva, los individuos actúan de manera racional dadas sus limitaciones, porque comparar opciones toma tiempo, entender contratos complejos implica esfuerzo y evaluar alternativas requiere capacidades que no siempre están disponibles. Si el costo de procesar información supera la percepción de beneficio esperado, es perfectamente racional no hacerlo.
La segunda explicación, las brechas mentales, se refiere a algo de naturaleza distinta. Aquí, el problema no es el costo de recopilar información, sino la forma en que las personas perciben, interpretan o priorizan dicha información. Los individuos pueden enfocarse en atributos irrelevantes, ignorar variables trascendentales o basarse en creencias equivocadas. En este caso, aun si la información es accesible y su procesamiento no es particularmente costoso, las decisiones pueden seguir siendo subóptimas.
El aporte principal del artículo es reconocer que ambos mecanismos coexisten en las decisiones de las personas y que rara vez es posible identificar con precisión cuál domina en cada situación. Gran parte de la literatura empírica asume que se trata de un único mecanismo por simplicidad o por limitaciones de datos, lo que puede conducir a diagnósticos incompletos y a decisiones, o incluso a políticas públicas, mal diseñadas.
A partir de esta discusión, el artículo establece una distinción que resulta útil para el análisis aplicado: la diferencia entre políticas que modifican directamente las decisiones y aquellas que buscan corregir las causas del error. Las primeras (como los cambios en las decisiones por defecto, las restricciones de elección o el establecimiento de ciertos incentivos) operan sin necesidad de entender por qué los individuos se equivocan. Las segundas, tales como campañas de información o de educación, requieren un diagnóstico mucho más preciso de los mecanismos subyacentes a las decisiones.
Esto tiene implicaciones importantes. En muchos casos, basta con medir la magnitud del error, la distancia entre lo que los individuos hacen y lo que sería óptimo hacer, para justificar intervenciones que orienten las decisiones.
Por el contrario, cuando se pretende corregir el proceso de toma de decisiones, es indispensable entender si el problema radica en el acceso a la información, en la atención o en el procesamiento. De lo contrario, las intervenciones probablemente resultarán ineficaces.
Una conclusión importante es que proporcionar más información no mejora necesariamente las decisiones. Si el problema es una brecha mental (una mala interpretación de los datos o una atención sesgada, por ejemplo), entonces agregar información puede tener efectos marginales o incluso nulos. Esto cuestiona una de las respuestas más comunes en política pública: asumir que informar es suficiente.
En el caso de México, estas ideas pueden resultar útiles para abordar temas trascendentales. En el sistema de ahorro para el retiro, por ejemplo, los trabajadores enfrentan opciones diferenciadas en comisiones y rendimientos, pero no siempre eligen las más convenientes. En este contexto, medidas como la simplificación de opciones o la asignación automática pueden ser más efectivas que las campañas informativas tradicionales.
En otros casos, los consumidores tienden a sobrevalorar el costo inicial y subestimar los beneficios futuros, lo que sugiere que intervenciones como subsidios o esquemas de financiamiento pueden ser más efectivos que la simple difusión de información técnica.
Incluso en educación financiera, un tema central en la agenda pública, el mensaje es claro: aumentar el acceso a la información no garantiza mejores decisiones. Si los problemas están en la forma en que se procesa esa información, las soluciones deben enfocarse en simplificar, estructurar y guiar la elección, más que en saturar de datos al usuario.
La contribución más valiosa del artículo es recordar que la información, por sí sola, no resuelve el problema de la toma de decisiones. El reto no es únicamente informar mejor, sino entender cómo las personas procesan esa información y, a partir de ello, diseñar intervenciones que realmente mejoren su bienestar.

