Richard Feynman, premio Nobel de Física, acuñó una frase con relación al campo de la ciencia que es perfectamente aplicable a todas las áreas de la actividad humana: El primer principio es que no te debes engañar a ti mismo –y tú eres la persona más fácil de engañar . Por su parte, Benjamin Graham, considerado padre del value investing, indicaba: El mayor enemigo de un inversionista es él mismo .

Estas dos muestras de sabiduría, una desde el campo de la ciencia y otra desde las finanzas, coinciden en una visión. Los seres humanos frecuentemente nos engañamos y tomamos decisiones equivocadas. Tratándose de decisiones económicas, existe esta tendencia a tomar decisiones que muestran ser erróneas.

¿De dónde surge esta capacidad para autoengañarnos?

En gran medida viene de un proceso que el cerebro humano generó en su evolución para enfrentar de la manera más eficiente y rápida las decisiones. Las llamadas decisiones heurísticas son aquellas en las cuales creamos atajos -como recurrir a estereotipos o a la percepción producto de nuestra experiencia pasada– dejando fuera elementos complejos para tomar decisiones que de otra manera requerirían más análisis e información.

¿Cuál es el problema de este tipo de decisiones? Ninguno cuando se trata de decisiones cotidianas simples, como qué ruta sigo al trabajo pensando en mi experiencia pasada con el tránsito en una zona de la ciudad o en mi percepción de que una manifestación puede afectar una vía de circulación por la que supongo van a pasar los manifestantes. Pero tratándose de temas económicos o financieros, las decisiones usualmente requieren un nivel de análisis profundo y de contar con información completa del problema que enfrentamos.

Las decisiones tomadas sobre elementos parciales o percepciones (mal)formadas con información del pasado tienden a generar sesgos que provocan decisiones inadecuadas. Existe evidencia de que la percepción que formamos del pasado tiende a crear una imagen distorsionada de la realidad del mismo.

Este tipo de sesgos son los que están frecuentemente detrás de la decisión de contratar un crédito que me ofrece abonos pequeños en periodos cortos de tiempo, sin detenerme a considerar la tasa de interés asociada al préstamo. Si se me permite la sobresimplificación, la experiencia pasada me indica que algo chiquito me implica un esfuerzo menor de pago y me inclino a pensar que ese tipo de abono me conviene.

Si mi decisión fuera integral, vería que una tasa de 120% anual es excesiva sin importar que se me ofrezca un pago diario pequeño. La forma en que tomo la decisión dejó fuera un elemento complejo pero fundamental para una decisión adecuada.

A este proceso James Montier, en su libro The Little Book of Behavioral Investing, atribuye el que muchos inversionistas institucionales tengan rendimientos más bajos de los que las condiciones del mercado ameritan. Decisiones inadecuadas de corto plazo de compra y venta de activos financieros son afectadas por decisiones heurísticas que inciden en la rentabilidad final.

¿Qué hacer para evitar este sesgo en nuestras decisiones económicas?

En primer lugar, reconocer que mi percepción, mi sentido común, puede ser afectado por distorsiones y sesgos. Podemos reconocer errores en otros, pero rara vez los vemos en nosotros mismos.

En segundo lugar, reconocer que las decisiones económicas requieren información y análisis más profundos.

En tercero, reconocer que las recomendaciones de los expertos pueden tener también esta afectación y debo ser cauteloso en mis decisiones, aun cuando esté siendo asesorado. Con esto no elimino pero sí disminuyo el riesgo de que mi peor enemigo ponga en riesgo mi estabilidad y mi patrimonio.

*El autor es politólogo, mercadólogo y especialista en economía conductual. Es director general de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.

director.general@mb.com.mx