Todo impulso basado en sentimientos deber ser guiado por la razón.

Jane Austen. Orgullo y perjuicio

En cierto sentido, ahorrar es una condición poco natural para los humanos, dada la forma en que operan nuestras decisiones más elementales.

Mucho del funcionamiento de nuestro cerebro para decidir está orientado a tener remuneraciones inmediatas. En este sentido, la sed, el hambre o incluso el deseo sexual, tienen como función evolutiva impulsar a seres humanos a resolver sus necesidades de inmediato, porque éstas (las más básicas) están asociadas a su supervivencia. Desafortunadamente, con toda la especialización de nuestro cerebro, esta condición de urgencia en la recompensa afecta el conjunto de los procesos de decisión, incluyendo, por supuesto, las decisiones financieras.

Pero ¿cuáles son algunas de los aspectos fundamentales que a nivel conductual determinan nuestra poca proclividad al ahorro?

En primer lugar, está el precondicionamiento hacia la recompensa inmediata ya mencionado, que al empujarnos a obtener una gratificación en el preciso momento, está detrás de muchas compras impulsivas y de muchas de las acciones que afectan la calidad de nuestro gasto. Dado que el ahorro implica la capacidad de visualizar recompensas de largo plazo, para una gran proporción de las personas, ganan los impulsos que promueven una satisfacción inmediata, aun cuando ésta no sea racional.

En segundo lugar y relacionada con lo anterior, está la limitada capacidad que tenemos para valorar beneficios que tendremos en el futuro ( ya sea a mediano o largo plazo). De acuerdo con el concepto económico de descuentos hiperbólicos intertemporales , las personas tendemos a dar mayor peso a los beneficios que vemos en el corto plazo, que a aquellos del futuro. Aun cuando los beneficios del futuro tienen un premio, por ejemplo, una tasa de rendimiento en términos financieros, el beneficio no es claramente valorado.

Un ejemplo puntual sería preguntar a una persona que elige entre la alternativa de recibir 10,000 pesos hoy o 13,382 dentro de cinco años; con mucha seguridad la mayoría elegiría la menor cantidad hoy, pese a que ello implica que estaría recibiendo, con una inflación de, por ejemplo, 3%, un premio por rendimiento del doble de la inflación.

Para que alcancemos a percibir el beneficio de largo plazo, el premio tiene que ser bastante mayor, lo que en un sentido estrictamente técnico-racional nos llevaría, por otro lado, a asumir riesgos innecesarios.

Como alguna vez comenté, este problema de perspectiva temporal es el equivalente a cuando niño ve en el campo un arbusto cercano y lo ve más grande que un árbol muy grande lejano. La perspectiva de la distancia genera una distorsión de percepción. El problema es que la perspectiva de distancia la aprendemos a razonar con la edad, pero frecuentemente la perspectiva del tiempo nunca es adecuadamente comprendida.

Un tercer elemento conductual que condiciona nuestra falta de ahorro está relacionado con la disponibilidad de mecanismos eficientes orientados al gasto, respecto de aquellos orientados al ahorro.

En palabras del mercadólogo Rory Sutherland, las interfaces de consumo son más eficientes que las interfaces de ahorro . Ello significa que si una persona desea gastar su dinero, puede encontrar miles de formas para hacerlo de inmediato, aun cuando no sean estrictamente eficientes para su interés financiero. Por el contrario, si una persona decide ahorrar, decidir el mecanismo adecuado para hacerlo, tomar las decisiones asociadas y analizar los instrumentos disponibles y adecuados para él es en la mayoría de los casos un proceso complejo. En este sentido, una responsabilidad del sector financiero consiste en precisamente crear mecanismos simplificados de ahorro que disminuyan esta complejidad.

Por lo anterior, aprender a moderar los impulsos de gratificación de corto plazo que se nos presentan, tratar de tener los elementos mínimos de educación financiera y matemáticas básicas para comprender, entre otras cosas, los beneficios de la previsión en el futuro, eliminando así el error de percepción de tiempo y, finalmente, buscar mecanismos simples que nos hagan fácil realizar el ahorro, son tres pasos fundamentales para poder empezar a mejorar nuestra planeación financiera y, consecuentemente, el bienestar financiero futuro de nuestras familias.

El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual, profesor de la Facultad de Economía de la UNAM y director general de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.

Síguelo en Twitter: @martinezsolares.