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La resiliencia: no se trata de preverlo todo, sino de poder reaccionar

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Invitado a la última edición de la Conferencia de Estudios Económicos del Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR) hace unos días, Markus Brunnermeier, autor del libro “La sociedad resiliente” escogido por el Financial Times como uno de los mejores de 2021, señaló que poner en práctica la resiliencia serviría para preparar bien a las sociedades ante lo que venga. “Se trata de aprender a recuperarse rápido”, explicó.

La fábula de La Fontaine cuenta la historia del roble y el junco que crecieron juntos. Con el paso del tiempo el poderoso árbol comenzó a burlarse de su compañero, tildándolo de débil, hasta que llegó un tornado a la comarca.

Fue tanta la fuerza del viento que el roble acabó siendo arrancado de raíz y convertido en leña, mientras que el junco sobrevivió gracias a que se adaptó al embate de los elementos. La historia concluye con la moraleja. “Tanta vanidad y soberbia ¿de qué te han servido? Tu inflexibilidad ante el tornado te ha llevado a tu propia caída”.

Semejante relato inspiró al profesor de la Universidad de Princeton en Estados Unidos, Markus Brunnermeier, para escribir su libro “La sociedad resiliente”, escogido por el Financial Times como uno de los mejores de 2021. Tras la emergencia desatada por la pandemia, la pregunta que busca responder el economista alemán es ¿qué se puede hacer para reaccionar adecuadamente a choques inevitables y severos, que seguramente volverán a ocurrir?

En respuesta, el autor hace uso de un término que originalmente proviene de la física. La Real Academia define resiliencia como “capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”. Entonces de lo que se trata es de la habilidad para rebotar, más que de la habilidad de resistir.

Mirar hacia adelante

Plantear la reflexión es clave a medida que el mundo trata de recobrar la normalidad perdida. El proceso ha sido desigual –como la propia distribución de las vacunas- y no está exento de angustias.

Si bien los reportes sobre la variante ómicron son relativamente tranquilizadores, en el sentido de que su poder de contagio no parece superar al de otras cepas del Covid-19, el susto inicial fue grande. Basta ver el desplome en bolsas y precios de materias primas en noviembre para entender que el nerviosismo persiste.

Lo importante ahora es aprender las lecciones que dejó una circunstancia catastrófica, la cual afectó no solo la salud de cientos de millones de personas, sino la cotidianidad en los cinco continentes. Invitado a una charla por el Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR) hace unos días, Brunnermeier señaló que poner en práctica la resiliencia serviría para preparar bien a las sociedades ante lo que venga. “Se trata de aprender a recuperarse rápido”, explicó.

El abanico de posibilidades es amplio y comienza con el calentamiento global, pues el aumento de la temperatura promedio del planeta ya es una realidad ante la cual adaptarse no es una opción, sino una obligación. Sin desconocer que la humanidad debería hacer lo que esté a su alcance para desactivar la amenaza, lo importante es poder ajustarse a tiempo y no cuando sea demasiado tarde.

Esa misma admonición se extiende a otros terrenos que van desde la pérdida de efectividad de los antibióticos, hasta ciberataques que hagan colapsar las telecomunicaciones, pasando por las tensiones geopolíticas conocidas, las cuales podrían derivar en conflictos de marca mayor. De no haber planes de contingencia o alternativas examinadas con anterioridad, las ramificaciones serán muy serios.

Un ejemplo de lo que ello implica está relacionado con los procesos productivos. Durante años las fábricas buscaron la máxima eficiencia e incorporaron el concepto de “justo a tiempo” para el manejo de sus inventarios. Tras los trastornos vividos en las cadenas logísticas, lo que se impone ahora es el “por si acaso”, que consiste en no depender de un solo proveedor, sino de un número plural en diferentes geografías.

Puede ser que eso se traduzca en menores márgenes, hasta que llegan los trastornos. Quien tenga un “plan B” logra salir más rápido del bache, que aquel que ignoró los riesgos.

Adicionalmente, vale la pena experimentar e innovar, así en ocasiones ello conduzca al fracaso. Equivocarse de buena fe forma parte de adquirir experiencia, al igual que un niño que desarrolle anticuerpos a temprana edad tiene más probabilidad de resistir a más enfermedades cuando crece. “Esto no significa evitar todos los riesgos, sino evitar algunos y asumir otros cuando hay ganancias potenciales”, subrayó el profesor.

A nivel de los países un elemento indispensable es conseguir que el contrato social evolucione. Es conocido que en Japón el uso de tapabocas es algo acostumbrado desde hace años, algo que indudablemente los hizo menos vulnerables al coronavirus. En contraste, en occidente son conocidas las posturas de quienes se niegan a taparse la cara o vacunarse, alegando una violación de sus libertades individuales.

Mala repartición

En materia de economía hay fuerzas de largo plazo que vale la pena tener en cuenta. Los avances tecnológicos que permitieron el trabajo a distancia hicieron más resilientes a las naciones, pero no se puede desconocer que hay desigualdades crecientes, hechas más evidentes por la pandemia.

Tanto en lo que atañe al mercado laboral como a la enseñanza, las disparidades saltan a la vista. Junto a aquellos que conservaron su empleo, están los que fueron víctimas del cierre de empresas y negocios. Lo mismo pasa con la educación, en donde millones niños y jóvenes pudieron seguir asistir a clases en línea, mientras otros dieron marcha atrás en lo que sabían.

Por su parte, el debido funcionamiento de los mercados financieros –que estuvo en peligro a comienzos de 2020- mostró que, al salirse de la ortodoxia, un buen número de bancos centrales evitó una descolgada en los precios de las acciones y otros activos. Aun así, el tamaño de las deudas se disparó y ahora el desafío es irlas reduciendo de manera gradual.

Ello se vuelve más complicado en momentos en los cuales la inflación muestra tendencia al alza, tanto en el hemisferio norte como en el sur. Potenciales alzas en las tasas de interés, necesarias para impedir que se desborden los precios, serían un dolor de cabeza en muchas capitales.

Sin embargo, la discusión de fondo es cómo hacer que el mundo tenga más capacidad de aguante ante choques que llegarán, más allá de que nadie sepa ni cómo ni cuándo. Asuntos como un orden internacional distinto, que promueva más la cooperación que el individualismo, encabezan la agenda.

Lamentablemente, en este caso el parte no es muy alentador. Nadie pone en duda que la confrontación entre Washington y Pekín va a ser la nota predominante a lo largo de las décadas que vienen. Si bien los roces se verían más en los terrenos económico y tecnológico, las alarmas en torno a lo que pueda suceder con Taiwán han aumentado su intensidad.

Como si eso no fuera suficiente, están los llamados “puntos calientes” en el mapamundi. Ambiciones expansionistas de Rusia, inestabilidad en el Medio Oriente, diferencias entre India y Pakistán, turbulencias en África, forman parte de la realidad de ahora, junto con las armas nucleares de Corea del Norte o el eventual resurgimiento del terrorismo islámico.

Todo esto hace más complejo el tránsito de los países emergentes, en donde vive gran parte de la humanidad. La población mundial, que hace 50 años ascendía a 4.000 millones de personas, ahora es el doble.

No hay duda de que los avances en contra de la pobreza son significativos y que, en general, el terrícola promedio es más sano, educado y cuenta con una calidad de vida más alta que nunca. El lío es que las inequidades son la norma y un gran número de naciones está atrapado en varias trampas.

De un lado, están las trampas de pobreza, término que hace referencia a segmentos de una sociedad que no cuenta con los medios ni las oportunidades para salir adelante. Del otro está la llamada trampa del ingreso medio, que lleva al estancamiento que se expresa en tasas de crecimiento mediocres, como ocurre en buena parte de América Latina.

Y en este campo, hay que hacer mucho para que la resiliencia sea mayor. El efecto de la crisis sanitaria sobre las sociedades más ricas fue sustancialmente más moderado que en el hemisferio sur, sobre todo en lo que respecta a la posibilidad de financiar programas de mitigación que evitaron quiebras y despidos. Todos se endeudaron, pero los países industrializados pagaron tasas de interés cercanas a cero, mientras los demás experimentaron presiones y fugas de capitales.

En conclusión, no queda de otra que mantener la guardia arriba. Pero por contradictorio que parezca, esa aproximación requiere la debida combinación de fortaleza y flexibilidad. Como dijo Brunnermeier “la cuestión no es preverlo todo, sino poder reaccionar”.

Quien lo dude, no tiene que más que recordar la fábula de La Fontaine, en la que el poderoso roble acabó en una chimenea, mientras el junco siguió soportando el viento. Doblándose, pero sin quebrarse.

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