Las 25,000 almas que llenaron el tendido numerado en la Plaza México guardaron un respetuoso silencio, ambos matadores se dispusieron a oficiar con el acero en un ritual de comunión, arte y suspenso, pero vino el pinchazo, luego otro y con ellos la pérdida del triunfo ya conseguido.

Eulalio López El Zotoluco y Julián López El Juli dieron una cátedra de lo que es el buen torear, pero perdieron los triunfos por sus fallas con la espada.

Juan Pablo Sánchez pagó cara su poca experiencia, sufrió un percance en las astas de un toro que se desentendió del engaño y se fue sobre el torero, elevándolo por los aires y pegándole la cornada de 20 centímetros en el muslo derecho.

Fueron tres grandes faenas. El Zotoluco pergeñó la primera en redondo, de poder a poder; con clase, recorrido y lentitud. El público coreó insistentemente y aplaudió cada muletazo, entre tanda y tanda, una dosantina, luego el molinete y varios trincherazos.

El Juli no se quedó atrás y con lances a la Verónica, con cadencia y ritmo, además del quite por chicuelinas, inició una faena valiente ante un astado que regateaba las embestidas y al que con base en voluntad y tesón, logró domeñar.

Juan Pablo cayó luego de unos pases muy templados, tapó con la palma de la mano el orificio de la cornada al levantarse, alguien de su cuadrilla le colocó un improvisado torniquete con su corbata, pero ya no tenía fuerza en las piernas y aun así se quedó a realizar la suerte suprema.

Fue nuevamente prendido y gracias a la experiencia de El Juli, quien lo arrancó de los pitones del burel las consecuencias no fueron fatales. El Zotoluco como director de lidia fue el encargado de matar al astado. Los toros restantes dejaron mucho que desear y la tarde terminó sin triunfos, aunque con la actitud y entrega de los toreros.