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Cómo las tormentas de calor amenazan a las mujeres embarazadas en todo el mundo

Las tormentas de calor están multiplicándose en tamaño y número. En la década de 1960 hubo solo 50, y la más grande alcanzó aproximadamente el 6% del planeta, afectando a una pequeña fracción de la población mundial. En esta década ya se han registrado más de 665.

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Foto :afp

Reuters

Darshnika Lakhoo lo sabía mejor que casi nadie: cada grado adicional de calor puede traducirse en bebés más débiles, madres más enfermas y partos más prematuros. La investigadora médica había pasado años analizando datos para alertar al mundo sobre la amenaza.

Siguió trabajando incluso cuando quedó embarazada, mientras las olas de calor azotaban su ciudad natal, Johannesburgo, y mientras ella misma sufría tres complicaciones graves del embarazo.

A principios de noviembre de 2024, las temperaturas en Johannesburgo superaron repetidamente los 30 grados Celsius (86 grados Farenheit), un umbral por encima del cual algunos estudios indican que los riesgos durante el embarazo aumentan considerablemente.

El 5 de noviembre, el equipo de Lakhoo finalmente publicó un artículo sobre cómo el calor afecta los embarazos en Nature Medicine, una de las principales revistas médicas del mundo. Días después, despertó con dolor mientras las contracciones sacudían su cuerpo. Estaba dando a luz seis semanas antes de tiempo.

“Nadie estará a salvo en un mundo que se calienta”, dijo Lakhoo, quien ahora tiene 35 años. “Y especialmente no las mujeres embarazadas”.

Para sorpresa incluso de muchos médicos, estudios recientes de distintas partes del mundo muestran que las olas de calor amenazan a las mujeres embarazadas y a los bebés que llevan en el vientre, incrementando las probabilidades de todo tipo de complicaciones, desde defectos congénitos hasta abortos espontáneos y partos prematuros.

Los profesionales de la salud recién están empezando a comprender este peligro, y cuando lo consideran, suelen centrarse en el calor extremo.

Pero la ciencia muestra que esa no es la historia completa. No solo están en riesgo las mujeres que viven en los desiertos más calurosos del mundo, sino también los más de 1,000 millones de mujeres como Lakhoo que viven en climas templados o incluso fríos, de acuerdo a las investigaciones.

Esto se debe a que los riesgos aumentan a medida que las temperaturas superan lo habitual, incluso si la temperatura absoluta no es abrasadoramente alta.

Es imposible afirmar con certeza cuán grande fue el papel del calor en las complicaciones del embarazo de Lakhoo.

Pero la amenaza es particularmente aguda para las mujeres con factores de riesgo preexistentes, de acuerdo a las investigaciones. Y, como descubriría Lakhoo, su propio embarazo estuvo complicado desde el inicio por una condición que lo habría hecho difícil incluso en circunstancias ideales.

Ahora, para ella y para la mayoría de las mujeres en todo el mundo, el peligro del calor está creciendo. A lo largo de los últimos 65 años, Reuters ha revelado que las olas de calor han pasado de ser eventos intermitentes y relativamente pequeños a fenómenos masivos que denominamos “tormentas de calor”.

En la definición que Reuters desarrolló en consulta con científicos del clima, una ola de calor consiste en cinco días consecutivos de temperaturas en el 10% superior del rango histórico de una zona.

Llamamos a las olas de calor más grandes —aquellas que en su punto máximo cubren al menos el 1% del globo, aproximadamente la mitad del tamaño de Canadá— tormentas de calor.

Estos eventos de calor representan una amenaza particular para las futuras madres y sus hijos en gestación. En México, por ejemplo, un análisis original de Reuters de millones de registros de nacimientos muestra que cuando las tormentas de calor y las olas de calor ordinarias golpean en el último mes de embarazo, la tasa de partos prematuros se dispara hasta un 18%.

Las tormentas de calor están multiplicándose en tamaño y número. En la década de 1960 hubo solo 50, y la más grande alcanzó aproximadamente el 6% del planeta, afectando a una pequeña fracción de la población mundial.

En esta década ya se han registrado más de 665. La más grande se extendió sobre casi el 85% del planeta a lo largo de un año, afectando a prácticamente todas las personas del mundo, incluida Lakhoo.

Del parto prematuro a la preeclampsia

Como joven doctora que trabajaba con pacientes de los abarrotados asentamientos de Johannesburgo, y luego como investigadora de salud, Lakhoo se convenció de que la sobrepoblación era el motor de muchos problemas globales. La idea de contribuir a ello mediante la maternidad la hacía sentir culpable.

Pero el deseo de traer un hijo al mundo fue creciendo.

Para cuando ella y su pareja decidieron intentar tener un bebé, Lakhoo se había incorporado a un equipo afiliado a la Universidad de Witwatersrand, en Sudáfrica, como investigadora clínica. Ella y sus colegas intentaban comprender los efectos del calor en las mujeres embarazadas.

Alrededor de los últimos 15 años, a medida que el planeta se calentaba y las temperaturas globales batían récords una y otra vez, estudios pioneros comenzaron a revelar los sorprendentes efectos del calor en el embarazo, lo que desencadenó un auge en este tipo de investigaciones.

El proyecto de Lakhoo era lo que los investigadores denominan un estudio de revisión. Junto con sus colegas, analizó casi 200 estudios científicos para sintetizar sus hallazgos.

Los investigadores difieren sobre la temperatura absoluta que puede poner en peligro los embarazos.

Un estudio importante situó el umbral global en 30°C: a ese nivel, el riesgo de complicaciones en el embarazo comienza a aumentar significativamente. Otro estudio centrado en 14 países más pobres encontró que el riesgo de partos prematuros y mortinatos comienza a surgir a temperaturas aún más bajas.

Lakhoo y sus colegas encontraron algo más sencillo: lo que importa es a qué está acostumbrada una mujer. Por cada aumento de 1°C en la temperatura promedio en la zona donde vive una mujer embarazada, descubrieron, el riesgo de mortinato en las semanas siguientes aumenta significativamente.

Los estudios que Lakhoo y su equipo revisaron —muchos de los cuales se centraron en la temporada más calurosa de una región, mientras que otros abarcaron el año completo— muestran que a medida que las temperaturas aumentan, también lo hacen los riesgos de defectos congénitos, abortos espontáneos y desprendimiento de placenta.

Tales aumentos también implican mayores probabilidades de que la madre sufra hipertensión arterial y preeclampsia: un trastorno que puede causar insuficiencia renal, infarto y accidente cerebrovascular.

La preeclampsia causa más de una de cada siete muertes maternas en el mundo. Un estudio que rastreó a dos millones de mujeres chinas encontró que las temperaturas inusualmente altas estaban relacionadas con un aumento del 13% en las probabilidades de preeclampsia.

Si bien el calor puede afectar a las mujeres embarazadas sanas, también actúa como multiplicador, agravando las vulnerabilidades sociales y biológicas subyacentes de una mujer.

Los estudios indican que el calor se traduce en riesgos elevados durante el embarazo para las mujeres más pobres, las mujeres de mayor edad, las mujeres que fuman o toman medicamentos recetados y las mujeres con enfermedades crónicas.

Matthew Chersich, quien dirige el equipo de Lakhoo y es profesor investigador especializado en salud materna y cambio climático en la Universidad de Witwatersrand, enfatizó otra condición: “Los embarazos de gemelos son muy vulnerables al calor”.

Las olas de calor son especialmente preocupantes

Por cada aumento de 1°C en el calor promedio en la zona donde vive una mujer embarazada, descubrió que el riesgo de muerte fetal en las semanas siguientes aumenta significativamente.

En Nueva York, las olas de calor de la temporada cálida se corresponden con más mujeres embarazadas que acuden a urgencias por abortos espontáneos, diabetes e hipertensión arterial, y con más bebés nacidos con cataratas que pueden dejarlos ciegos.

En Brasil, están vinculadas con más hospitalizaciones de mujeres embarazadas. En India, se correlacionan con más bebés que ingresan en cuidados intensivos.

El hallazgo más contundente de la investigación de Lakhoo y sus colegas fue que más calor significa más partos prematuros. Nacer antes de tiempo puede provocar complicaciones de salud de por vida, desde un crecimiento más lento y asma grave hasta discapacidades intelectuales y parálisis cerebral.

Tras analizar estudios de cuatro continentes, el equipo de Lakhoo descubrió que cada aumento de 1 grado centígrado la temperatura promedio de la zona donde vive una mujer embarazada se traduce en un 4% más de probabilidades de que se produzca un parto prematuro en los días siguientes.

En la semana posterior a una ola de calor, Lakhoo y sus colegas descubrieron que las probabilidades de parto prematuro aumentan un 26%.

Reuters realizó un análisis similar de más de 8 millones de nacimientos entre 2008 y 2025 en México, que publica datos extensos sobre nacimientos.

La base de datos no fue diseñada para manejar información detallada sobre salud materna, por lo que, más allá de la edad de la madre, no incluye información sobre factores de riesgo preexistentes como diabetes o presión arterial alta, ni sobre el nivel socioeconómico.

Pero incluye nacimientos de todos los climas del país, que van desde desiertos abrasadores hasta selvas húmedas y mesetas templadas de montaña, por lo que los periodistas examinaron los nacimientos durante la temporada más calurosa de cada región.

A través de los variados ecosistemas, las temperaturas superiores a lo normal tuvieron un efecto. Cuando las tormentas de calor o las olas de calor ordinarias golpean en las 4 semanas previas al parto, la tasa de partos prematuros aumenta aproximadamente un 6,5%.

Eso equivale a más de 1,400 bebés mexicanos nacidos prematuramente al año durante las temporadas de calor.

A medida que aumenta la exposición de una mujer al calor —es decir, a medida que soporta más días calurosos en tormentas de calor u olas de calor, o temperaturas más extremas— el peligro se intensifica. Con una exposición leve al calor, la tasa de partos prematuros aumenta aproximadamente un 4%. Con la exposición más alta, salta a un 18%.

Apenas unas semanas después de empezar a intentarlo, Lakhoo le mostró a su pareja, Mark Robinson, una prueba de embarazo positiva. A los dos meses, mientras su ginecóloga pasaba un dispositivo de ultrasonido por su vientre, una imagen en blanco y negro parpadeó en una pantalla cercana.

La ginecóloga se detuvo y dijo que necesitaba realizar una exploración adicional. Lakhoo recordó sentir cómo le temblaban las piernas.

La exploración mostró dos bebés.

74 días de tormentas de calor

Mientras Lakhoo asimilaba el impacto y la alegría de los gemelos, dijo que sabía que su embarazo conllevaba riesgos adicionales. Aunque afirmó no tener otras condiciones subyacentes, los gemelos suelen nacer prematuros debido al estrés físico de llevar dos bebés.

Mientras tanto, el alza de las temperaturas se intensificó a medida que Sudáfrica y el mundo soportaban el año más caluroso jamás registrado.

La lluvia dejó de caer, lo que dejó a gran parte de Johannesburgo sin agua. Aunque la elevación de Johannesburgo, a más de 1,600 metros sobre el nivel del mar, normalmente mitiga el calor, las autoridades de la ciudad advirtieron a los residentes que no salieran al exterior por temor a un agotamiento por calor.

Los cultivos de maíz se marchitaron mientras el sur de África sufría su peor sequía en un siglo. Se cerraron aulas debido a “un peligro inminente de golpe de calor, agotamiento por calor, calambres por calor y posible muerte”. El vicepresidente se desplomó por el calor a mitad de un discurso.

Durante el embarazo de Lakhoo, según un análisis de Reuters, Johannesburgo sufrió 74 días de tormentas de calor: más de un cuarto de un embarazo a término.

Los registros de termómetros cerca de su casa indican que experimentó alrededor de 30 días por encima de los 30°C, más de la mitad de los cuales se concentraron en el último mes de su embarazo.

Lakhoo dijo que echó a su pareja de la cama en un intento fallido de mantenerse lo suficientemente fresca para dormir. A veces, simplemente respirar era agotador, recordó.

“Podíamos ver lo que se avecinaba”, recordó Chersich, el líder del equipo de Lakhoo. “Ella sabía que estaba en alto riesgo de atravesar las condiciones sobre las que estaba escribiendo”.

A mitad del embarazo de Lakhoo, un paquete llegó a su apartamento. Chersich le había enviado un regalo: un aire acondicionado portátil.

Aunque la investigación sobre las mejores intervenciones contra el calor para las madres es limitada, el aire acondicionado se considera ampliamente como una protección eficaz. Esperaba que pudiera darles a los gemelos una semana más o incluso un periodo mayor de tiempo en el útero.

“El aire acondicionado es un equipo que salva vidas”, dijo. “No podía entender por qué no había conseguido uno por su cuenta”.

Lakhoo usó el regalo esporádicamente. Nunca había tenido aire acondicionado y el costo le parecía exorbitante con su modesto salario de investigadora, dijo. Además, su investigación se centraba en mujeres más pobres; no se sentía vulnerable de la misma manera. Y, dijo, estaba enfocada en los desafíos de los gemelos, no en el calor.

Cada semana se reunía con su obstetra para un control. A los tres meses, según Lakhoo y los registros médicos que compartió con Reuters, su médico identificó anomalías en el flujo sanguíneo a su placenta. A los ocho meses, los análisis mostraron que su presión arterial había subido y comenzó a tomar medicación para controlarla.

A la semana siguiente, apareció proteína en su orina: una señal de preeclampsia. Las investigaciones muestran que cuanto más calor hace, mayores son las probabilidades de desarrollar cada una de esas condiciones.

Luego, en la primera semana de noviembre, mientras Johannesburgo se sofocaba bajo varios días de calor fuera de temporada, sus bebés dejaron de crecer, como a veces ocurre con los gemelos. Sus médicos programaron una cesárea anticipada. Antes de que pudiera realizarse, rompió aguas.

Robinson, la pareja de Lakhoo, la llevó de urgencia al hospital. Mientras los médicos extraían a los gemelos, le impactó el tono azulado y grisáceo de su piel arrugada. Parecían “pollos congelados del supermercado”, recordó Robinson. Los bebés eran tan prematuros, recordaron él y Lakhoo, que necesitaron ayuda para respirar.

Mientras las enfermeras llevaban de prisa a los gemelos a cuidados intensivos, Lakhoo fue trasladada a la sala de maternidad. En una esquina de su habitación, dijo, había una cuna vacía. El pasillo resonaba con el llanto de los bebés de otras madres.

Si bien la correlación general entre el calor y los embarazos problemáticos es alta, es imposible saber si el calor fue la causa de un parto prematuro o una complicación específica del embarazo, incluido el de Lakhoo.

Ella señaló que llevar gemelos ya la ponía en alto riesgo de complicaciones y parto prematuro. Sin embargo, también sabía por su investigación que las altas temperaturas potencian los riesgos preexistentes.

En el caso de su propio parto prematuro, dijo, “El calor adelantó esa fecha”.

Un pico en primavera

En febrero de 2024, la enorme tormenta de calor que azotó Johannesburgo durante parte del embarazo de Lakhoo cubrió la Ciudad de México, permaneciendo allí durante la mayor parte de los cinco meses posteriores.

A 2.240 metros sobre el nivel del mar, la metrópolis está, como Johannesburgo, normalmente protegida de las temperaturas extremas. Pero esa primavera, la tormenta de calor batió récords de temperatura en la capital mexicana, alcanzando un máximo en mayo de 34.7°C.

En el Hospital Juárez de México, con 179 años de historia, el doctor Juan Rivero Corona comenzó a notar un aumento en las pacientes embarazadas con preeclampsia y otros trastornos hipertensivos.

El servicio de ginecología y obstetricia que Rivero Corona dirige actualmente recibe casos complejos de toda la ciudad y algunos estados circundantes, y dijo que también notó un aumento en los desprendimientos prematuros de placenta normoinserta, en los que la mujer sangra y la frecuencia cardíaca del feto se desploma.

En esos casos, Rivero Corona y su equipo tienen unos pocos minutos para realizar una cesárea y salvar la vida de la madre y el bebé.

Al principio, Rivero Corona supuso que la edad, la obesidad o la diabetes podían explicar el aumento de estas condiciones. Luego comenzó a preguntarse si el calor también podría estar influyendo.

Algunas pacientes llegaban al hospital agitadas y sin aliento después de largos y calurosos viajes en autobús, con la presión arterial tan alta que las enfermeras las hacían sentarse a refrescarse antes de tomarles los signos vitales.

Rivero Corona comenzó a instar a sus pacientes a mantenerse hidratadas y usar ropa holgada. El hospital programó las citas de las embarazadas en las horas más frescas de la mañana. Finalmente, Rivero Corona revisó los registros del hospital.

Para su sorpresa, encontró que los trastornos hipertensivos, los desprendimientos prematuros de placenta y los partos prematuros aumentaban consistentemente en primavera, la temporada más calurosa en la capital de México.

De manera similar, en las montañas templadas del estado sureño de Chiapas, el análisis de Reuters encontró que cuando las mujeres vivieron tormentas de calor u olas de calor de temporada cálida durante el último mes de sus embarazos, la tasa de partos prematuros aumentó aproximadamente un 9.6%.

Linda López, de 28 años, dijo que comenzó a sufrir intensos sofocos este verano boreal. Las lluvias de verano se retrasaron y una tormenta de calor se había asentado sobre la región, elevando las temperaturas a 28.5°C. El calor llevó a López, que espera dar a luz en enero, a dejar de trabajar en los cafetales junto a su marido.

La pareja visita regularmente a su partera, Amalia Sánchez, quien masajea el vientre de López para aliviar su dolor y prepara té con los pétalos blancos de flores de maravilla para ayudar a tratar lo que diagnosticó como una infección urinaria, una condición frecuentemente vinculada a la deshidratación.

Hasta ahora, López ha vivido en una tormenta de calor durante más del 80% de su embarazo.

Sánchez lleva más de medio siglo atendiendo partos. “Todo lo que la mamá vive, el bebé sufre”, dijo a Reuters.

Sangre y leche materna

Muchos detalles sobre los efectos del calor en el embarazo siguen sin estar claros para los científicos, lo que se suma a las dificultades que enfrentan las madres al intentar protegerse.

Por ejemplo, el análisis de Reuters mostró que México en su conjunto tenía una fuerte correlación entre la tasa de partos prematuros y las tormentas de calor y olas de calor de temporada cálida. Pero las tasas en algunos estados como Baja California prácticamente no variaron.

Muchos factores pueden influir en cómo una mujer embarazada experimenta el calor, desde diferencias biológicas como su edad y su constitución física, hasta elementos climáticos y sociales como la humedad, el viento, el acceso al aire acondicionado y la forma en que están construidas las viviendas.

El momento más peligroso para que una tormenta de calor golpee varía según la complicación del embarazo. Las olas de calor de verano al inicio de un embarazo se han vinculado con más defectos congénitos e hipertensión.

Los mortinatos están asociados con aumentos de calor en la última semana antes del parto. La evidencia es mixta para los partos prematuros.

Si bien múltiples estudios muestran que las semanas inmediatamente anteriores al parto son particularmente cruciales, otras investigaciones indican que podría haber varios períodos durante el embarazo en los que las mujeres son vulnerables.

Tampoco está claro exactamente cómo el calor perjudica los embarazos.

Algunos científicos sugieren que las altas temperaturas hacen que el cuerpo redirija la sangre de la placenta para enfriar a la madre, o que el calor aumenta la tensión sobre el corazón del feto. Otros especulan que el calor puede afectar la liberación de hormonas críticas o interrumpir el funcionamiento de los genes mientras se desarrollan los órganos del feto.

El Hospital Rahima Moosa se encuentra entre los cómodos suburbios predominantemente blancos de Johannesburgo y los abarrotados asentamientos de población predominantemente negra.

Cada día, las madres desfilan por un laberinto de salas en la planta baja, pasando junto a un termo de té local de rooibos y un pequeño castillo de bloques Lego de gran tamaño para los niños que vienen de visita.

Las madres forman parte de un ambicioso proyecto que intenta resolver los misterios del calor. Han sido reclutadas desde clínicas abarrotadas, donde en un día reciente los asistentes de investigación les explicaron los posibles efectos del calor y les preguntaron si querrían ayudar a los investigadores a aprender más.

Nkazimulo Nkiwane, una voluntaria de 30 años, recordó los dolores de cabeza constantes a medida que su embarazo avanzaba hacia el verano, así como temperaturas tan altas que le resultaba imposible dormir.

Nkiwane alquilaba una habitación individual en un suburbio arbolado cerca de la casa donde trabajaba como empleada de limpieza. Para encontrar alivio, solía sentarse en el umbral de su estrecha vivienda en busca de que le diera la brisa. A menudo, dijo, lloraba cuando el calor la abrumaba.

Como muchas mujeres del estudio, Nkiwane no sabía que el calor podía perjudicarla a ella y a su bebé. Pero a medida que su embarazo avanzaba, dijo, las enfermeras del hospital notaron que su presión arterial subía. Ella llegó a creer que estaba relacionado con la temperatura. Finalmente, señaló, los médicos realizaron una cesárea anticipada.

“Hubo demasiado dolor”, dijo sobre la cirugía. Pero su bebé sobrevivió.

Renate Strehlau, la doctora que lidera la investigación del Rahima Moosa, comparó el trabajo de su equipo con los primeros días del VIH, otra epidemia que su clínica ayudó a estudiar.

“La ciencia definitivamente iba por detrás de la realidad, y creo que es similar a lo que estamos viendo con el calor”, señaló.

En el estudio de Strehlau, cada madre lleva un dispositivo que rastrea su exposición diaria al calor. Acuden regularmente al hospital antes y después del nacimiento de sus bebés para responder preguntas sobre las condiciones en su hogar y someterse a una batería de pruebas.

En una sala de consulta, una enfermera acunaba a un bebé de pocas semanas mientras le tomaba la presión arterial. En otra, una doctora recogía una muestra de orina del pañal de un bebé mientras bromeaba con la madre. Algunas madres proporcionan leche materna. Otras, placentas y cordones umbilicales.

El equipo del Rahima Moosa analiza todo esto en busca de evidencia de inflamación, niveles hormonales elevados, problemas renales o complicaciones metabólicas, o cambios en las células que producen proteínas para nuestro cuerpo: cualquier cosa que pueda ofrecer pistas sobre cómo el calor causa daño.

Strehlau sostiene que, con más conocimiento y concienciación, los peores daños pueden mitigarse. Pero hacerlo, creen ella y Lakhoo, requerirá un cambio drástico.

Las futuras madres deben protegerse del calor, dijo Strehlau.

Las enfermeras deben preguntar sobre la temperatura con la misma frecuencia con que preguntan sobre el consumo de alcohol. Cuando detecten signos de exposición al calor, como el aumento de la presión arterial, añadió Strehlau, se debería derivar inmediatamente a las madres para que reciban atención.

Lakhoo fue más lejos. Las políticas de licencia por maternidad deben alentar a las mujeres a tomar licencia durante el embarazo, no solo después del parto. El agua debería estar disponible gratuitamente, al igual que las clínicas móviles de refrigeración.

Aún así, reconocieron, dado el aumento de las tormentas de calor, las madres y los médicos solo pueden hacer hasta cierto punto.

Aproximadamente el 7.5% de los hogares sudafricanos poseen un aire acondicionado, según datos del gobierno, mientras que 10 millones de sudafricanos se desplazan diariamente en minibuses. Investigaciones recientes muestran que en esas abarrotadas furgonetas las temperaturas pueden alcanzar los 39°C.

La vida con aire acondicionado

Miami es la primera línea de las tormentas de calor en Estados Unidos. A lo largo de la década de 1960, según un análisis de Reuters, la ciudad experimentó 16 días de tormenta de calor. En lo que va de esta década, ha sufrido más de 1,000 días: más que casi cualquier otra gran ciudad de Estados Unidos.

El creciente calor —y las investigaciones de Lakhoo y otros— ayudaron a inspirar a la médica local Cheryl Holder a empezar a trabajar a través de una organización sin fines de lucro local para proteger a las madres de las altas temperaturas.

En la primera reunión del esfuerzo, Holder explicó los riesgos del calor a una veintena de doulas de parto interesadas, quienes comenzaron a compartir sus propias experiencias. “Lo estaban viendo en sus pacientes”, recordó Holder.

El equipo de Holder comenzó a advertir a las madres de Miami de los peligros que presenta el calor. La mayoría de las personas con las que habla no tienen idea de que es una amenaza.

El equipo de Holder también distribuye protección básica: botellas de agua, toallas para que las madres las mojen y envuelvan alrededor de sus cabezas y cuellos, sombrillas, ventiladores eléctricos. Para algunas, incluso proporcionan unidades de aire acondicionado.

Mientras Holder y las doulas se apresuran a proteger a las madres más pobres, las más pudientes se protegen a sí mismas. En agosto, Valentina Patruno, de 44 años, se sentó en un elegante apartamento en el oeste de Miami y reflexionó sobre lo sorprendida que estaba de estar esperando otro hijo a su edad.

“Fue enviado por Dios”, dijo.

Casi de inmediato comenzó a preocuparse por el calor, sobre el cual su doula le advirtió que podría afectar al bebé. Con la llegada del verano, esos temores se agravaron, dijo Luigi Gutierrez, su esposo. “Aquí en Miami solo tenemos dos estaciones: agradable e infierno”.

Patruno limitó radicalmente su tiempo al aire libre. Antes, los paseos por un santuario de aves cercano o las visitas a las playas de Miami eran habituales. Durante su embarazo, solo iba a la playa de noche. Los paseos eran un capricho que se reservaba para los días tan nublados que no podía ver el sol.

Incluso entonces, contó, bastaban unos minutos para que sintiera que su vientre se sobrecalentaba y regresara rápidamente al interior. Hasta que nació el bebé, Patruno dijo que su vida era "con aire acondicionado”.

Horas antes de la publicación de este reportaje, Patruno dio a luz a su bebé, un tan solo día antes de la fecha prevista para el parto.

La vida en el calor

Después de dar a luz, Lakhoo dijo que estaba tan ansiosa por ver a sus bebés que insistió en que las enfermeras le retiraran el catéter para poder visitarlos en la unidad de cuidados intensivos neonatales, donde pasaron semanas antes de que estuvieran lo suficientemente sanos para respirar sin asistencia.

Cuando finalmente le permitieron cargarlos, dijo, se sentó entre sus incubadoras mientras una enfermera los desconectaba de un sinfín de tubos, los colocaba sobre su pecho y los cubría con una manta estampada con corazones. “Fue mi momento más feliz”, señaló.

Durante una visita, recordó Lakhoo, una enfermera mencionó que la unidad estaba inusualmente llena.

Lakhoo preguntó por qué. La enfermera comenzó a describir un nuevo artículo científico que circulaba entre el personal del hospital y que mostraba cómo las olas de calor provocan más partos prematuros. Lakhoo se dio cuenta de que la enfermera estaba hablando del trabajo de ella y sus colegas.

Sin embargo, incluso mientras encontraba audiencia, su trabajo “siempre estuvo asociado con esa experiencia realmente traumática para mí”.

Casi dos años después, la experiencia ha cambiado su forma de vivir. Por ejemplo, ya no duda en usar el aire acondicionado.

“Definitivamente aumenta mucho la factura de la electricidad, pero cada vez me siento más cómoda con ello”. Con niños vulnerables, dijo, “lo veo como una necesidad”.

Su embarazo complicado le enseñó una lección: “Todos estamos en riesgo”.

En agosto, Lakhoo y Robinson llevaron a sus niñas a su parque favorito. Era invierno: lo suficientemente fresco para jugar al aire libre de manera segura.

Robinson salió del auto con una hija en cada brazo. Una tenía un par de coletas y la otra una cola de caballo. Las puso en el suelo y ambas corrieron hacia el césped. Una recogió una tapa roja de botella, la otra se la quitó, y corrieron persiguiéndose entre risas.

Lakhoo siguió a las niñas, mientras Robinson se quedó atrás para recuperar el aliento. Desde la distancia, la única señal evidente de que las gemelas habían nacido de forma prematura era su tamaño extremadamente pequeño: Lakhoo dijo que son más bajas que el 98% de los niños de su edad.

Solo una persona que mirara de cerca, sostuvo Robinson, notaría que su piel está cubierta de pequeñas cicatrices: recuerdos de las vías intravenosas que las sostuvieron durante los cuidados intensivos.

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