Hay poca ciencia ficción a la mexicana. No sé exactamente la razón, pero tengo una teoría: en México la convivencia diaria con la tecnología y la ciencia ha sido históricamente muy limitada. Más allá de los coches y los aparatos de sonido (somos un pueblo viajero y bailador, eso sí), ¿qué otra tecnología hemos tenido cerca que provocara la imaginación de generaciones de creadores?

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Quizá lo más cercano que tenemos al sci-fi mexicano es parte de la tradición muralista. Veo las fotos que esta semana nos entrega el Archivo Gustavo Casasola y pienso en los frescos industriales que inmortalizaran nuestro crecimiento económico como obra de arte (y acaso de ficción). Diego Rivera y José Alfaro Siqueiros se inspiraron en la industrialización mexicana de las primeras décadas del siglo XX, una industrialización institucional, fomentada desde el Estado.

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¿Será acaso ese tufo oficialista, odioso e intimidante a la vez, el que apagó la llama de la imaginación de los posibles escritores de nuestra ciencia ficción?

Fundación Casasola por la Cultura, A.C.

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