Todavía hablaba de la Semana Santa el ejemplar del semanario El Mundo Ilustrado del 14 de abril de 1912. En su portada, una foto titulada El Lavatorio en el Templo del Carmen y en su muy gustada columna La Semana , firmada por Carlos González Peña, una crónica del retorno del escritor a la Ciudad de México, (presumiblemente después de sus vacaciones):

Y partió el tren. Allá quedaban atrás los campos familiares. Acurrucado en mi asiento, mientras el tren devora kilómetros y kilómetros, camino de la ciudad, pienso, con un poco de nostalgia, en mis días rústicos. Pasan por mi imaginación sobreexcitada por las vigilias, las visiones campestres de los días santos, de paz y de tregua, de ostracismo delicioso en que sorbí aire puro y mis pupilas se embriagaron de cielo abierto. Junto a mí, amén de dos amigos veo desconocidas gentes, remotos viajeros con los cuales por primera y última vez me encontraré .

No sabemos si tanta poesía y romanticismo habrá servido de consuelo a los lectores que también regresaban a sus labores cotidianas o de alivio después de tanta penitencia, pero la publicación, que costaba 30 centavos por número suelto en la ciudad y que pedía un peso por suscripción mensual, era muy popular entre todos los habitantes de México que ya sentían nostalgia por todo lo perdido a balazos y añoraban el brillo de otros tiempos.

Como bien lo indica Martha Eugenia Alfaro Cuevas en su investigación Revisión histórica del semanario El Mundo Ilustrado (1894-1914), esta publicación fue una de las revistas más emblemáticas del Porfiriato. Su primer dueño, Rafael Reyes Spíndola, se había propuesto colocar a su semanario a la altura de cualquier otro que se editara en Europa y los Estados Unidos y lo logró. El Mundo Ilustrado hizo honor a su nombre porque, además de incluir en sus editoriales noticias relevantes de lo que ocurría en el mundo, todas sus páginas estuvieron perfectamente ilustradas, ya fuera por dibujos realizados especialmente por sus colaboradores o por fotografías, que todavía provocaban el contento de la modernidad y el asombro de tan maravillosa técnica. Además, su contenido era para todos los gustos. Se hablaba de ciencia, de poesía, teatro, personajes admirables de México y el extranjero y contaba con una amplia sección titulada Páginas Femeninas. En ella, no sólo se daban consejos de belleza y vestimenta ( Los sombreros primaverales afirma Margarita, la autora continúan siendo el objeto principal de la atención femenina, de modo que ahora daré a mis lectoras algunos apuntes sobre tan importante capítulo de la toilette femenina. Las flores son, como siempre, el adorno predilecto de los sombreros en esta hermosa estación, pero no solamente, pues en un raro capricho de la moda, las plumas siguen reinando en el mundo del buen gusto ), también, en Consultorio para damas se respondían preguntas que iban desde la confección de un vestido hasta los tormentos del corazón. ( No puedo contestar a sus preguntas con la franqueza que deseo responde la experta a una atribulada dama porque temo causarle una verdadera pena. Su novio es de carácter raro, es cierto; pero no hay extravagancia suficientemente rara para explicar el abandono en que la ha dejado usted desde hace seis meses. Se fue a Europa con una honrosa comisión del gobierno; la ciudad del mundo donde se radicó es uno de los centros más civilizados del viejo mundo, ¿por qué no ha escrito a su prometida más que una sola carta al llegar a su destino? Todo hace pensar que es usted víctima de una infidelidad, pero no es discreto adelantar certidumbres a este respecto. Procure usted tomar informes exactos .) Y así, semana tras semana, rompiendo corazones y componiendo dobladillos, el semanario era indispensable para todas las familias mexicanas que esperaban enterarse, pero necesitaban la tranquilidad perdida.

Sin embargo, número tras número, y porque el tiempo no se detiene las portadas de El Mundo Ilustrado empezaron a cambiar. Si bien la primera portada de enero de 1912 presentaba una foto de Justo Sierra, anunciando su nombramiento como ministro plenipotenciario, en España, el pueblo de México no podía saber que el maestro era el último reducto, digno, perdonado y vivo, de un régimen que, revolucionando, había acabado con todo lo que significara oropel y dictadura. Y que Sierra moriría en Madrid, en septiembre de aquel mismo año y los redactores le harían una publicación extensa despidiéndose y enterando a sus lectores su muerte. En aquel año de 1912, Madero ya era presidente. El ejemplar correspondiente a la semana del 3 de mayo lo retrataba en portada, montado a caballo, arengando a los cuerpos voluntarios organizados por el sr. Braniff. Tampoco nadie imaginaba la sangre que derramaría el usurpador que vendría, la ciudadela destrozada, la sangre en el recuerdo y en las paredes y banquetas.

Antes del final, en la columna La Semana , los lectores hallaron lo siguiente:

Vivimos muy de prisa... ¿Cuántas veces hemos oído repetir esta frase? En una página de novela. En un cuento, en un artículo periodístico, la vemos resurgir como obligado ritornelo. Vivimos muy de prisa... Así lo afirman ya no los escritores sino los hombres todos, la multitud confusa y anónima de la cual aquellos son reflejo; es como si dijéramos un principio aceptado del común vivir. Todo lo hacemos de prisa. Amamos de prisa. Comemos, dormimos, pensamos de prisa. A veces ni siquiera pensamos (¿será esta la razón por la cual, en nuestro tiempo, no se ha inventado un nuevo sistema filosófico?). La rapidez misma de nuestro vivir en sus manifestaciones extremas halla eco, como es natural en lo interno. Almas imposibles de concebir en el presente serían las de los místicos. Almas que podrían identificarse con las nuestras, las de pensadores como Emanuel Kant, confiaron al reposo lo más hondo de su pensar. Algunas extrañas, las de los artistas que consagraron a la realización de una obra su existencia toda, sin sobresaltos ni impaciencias. Muy pocos escriben. Casi nadie lee. Vivimos de prisa, muy de prisa; pero raros son los que han menester del alimento espiritual de los libros, aunque estos huelan a improvisación y a manos impregnadas del polvillo de oro de las alas de mariposa del periodismo... ¿será que alentamos aún en siglos pasados? .

El Mundo Ilustrado sobrevivió dos años más. En septiembre de 1914, las tropas carrancistas incautaron las rotativas para usarlas. Pero Carranza todavía alcanzó a salir retratado en la portada.