Nueva tradición chilanga es sentarse el sábado en la tarde en el Ángel de la Independencia. La idea es contar el número de quinceañeras que llegan en su carro largo y su cortejo a tomarse fotos.

Hay quizá un mensaje oculto: la niña se destapa enfrente de los héroes que nos dieron patria y libertad; un grito de guerra adolescente. A pesar de que siguen una costumbre empolvada, mucho de vida sale de sus ojos: glitter rebelde, Red Bull en el bar, la limusina y un vestido aerodinámico lleno de encajes imposibles. Eso es ser quinceañera hoy.

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La tradición de la quinceañera dicta que, a través del baile, la festejada se presenta como carne legal: llegó la hora permitida de tener novio.

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Otra cosa son los varones que acompañan a la quinceañera. Tan inocentes que se ven los muchachos tomándose selfies frente al Ángel, pero sólo ante el ojo no entrenado del adulto que se ha olvidado lo que es ser quinceañero-chambelán. Van gritando a través del quemacocos con dos esperanzas: emborracharse y agarrar siquiera una pierna o, bendición, ver los pechos que se salen del escote de la quinceañera y sus damitas niñas.

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El Archivo Gustavo Casasola nos entrega una foto de los años 50 de una fiesta de 15 años. Por alguna razón los retratados se ven más viejos y sabios que los adolescentes actuales. Es la ilusión óptica que dota el tiempo a las fotos antiguas. A fuerza de danzón y chachachá, seguro despertaron su primavera interna.

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