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Arte e Ideas

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Una novela sobre las fronteras del cuerpo

Eunice Mier y de la Barrera narra la historia del encuentro de una viajera y un hombre que padece insensibilidad congénita al dolor –no puede percibir sensación alguna por la piel.

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En Intacto. Historia de un hombre que nunca estuvo en su piel, Eunice Mier y de la Barrera narra la historia del encuentro de una viajera y un hombre que padece insensibilidad congénita al dolor –no puede percibir sensación alguna por la piel. Joseph nació con esa extraña enfermedad y aprendió a vivir sin el sentido del tacto. Tras conocer a Ana en un tren con destino a Málaga, inicia una reflexión sobre las emociones. El dolor se contrapone al no dolor y se produce un efecto de espejo entre ambos.

Intacto (Miguel Ángel Porrúa, 2011) es una novela sobre las fronteras del cuerpo, sobre los límites de la identidad. Pero, ante todo, es un elogio sin reservas al cuerpo, a los sentidos.

La primera novela de Mier y de la Barrera (ciudad de México, 1976) está teñida de rojo, el color del fuego y la sangre, matiz fundamentalmente ligado a la vida. Hay dos rojos, como escribió Kandinsky en De lo espiritual en el arte. Y esos rojos, descritos por el pintor ruso, conviven sutilmente en la novela de Mier y de la Barrera: el nocturno, femenino, que posee un poder de atracción centrípeto, y el otro diurno, masculino, centrífugo, remolinante como un sol, que lanza su brillo sobre todas las cosas con una potencia inmensa e irresistible.

La ambivalencia de ese color se convierte en la historia de Ana y Joseph. A través de sus personajes la autora constata que el rojo implica la regeneración; y ese color deviene, como planteaban los alquimistas, en secreto, en un misterio vital. Es el color del alma, de la libido y del corazón, y a la vez contiene las heridas de una vida. Es la ambivalencia de lo profundo de la sangre, color recóndito. Símbolo del amor liberador, el rojo es el color de Dionisio. Evoca la intensidad y la pasión.

En entrevista, Mier y de la Barrera conversa sobre el desarrollo de la novela.

¿Concebiste desde un inicio la insensibilidad congénita al dolor como el detonante de la relación entre los personajes?

No la concebí así desde el inicio. Lo que concebí como detonante fue la compasión –entendida en el sentido de compartir pasiones , no de lástima– y las ganas de sumergirse en la otredad para comprender el viaje interior.

¿Qué te condujo a teñir de rojo la novela?

Supongo que para mí el concepto vida tiene color rojo. Todo lo que me vibra en el cuerpo, en las vísceras, en el alma y el cerebro tiene un matiz carmesí. Joseph es un rojo coagulado, de costra casi nueva. Y Ana es roja anturio, de puesta de sol, de labio partido y corazón abierto. No había pensado en ello, pero si la novela se tiñe de rojo será porque vivir duele y amar más, y somos por dentro pura sangre, y agua, y rojos encendidos. Y al final, la historia y los personajes están tan vivos que no podían tener otro color que no fuera ese.

¿Cómo fue el desarrollo de Joseph?

Desgastante. Muy duro. Meterme en su piel ha sido lo más agotador y maravilloso a la vez. Usé guantes de látex durante un mes para disminuir el sentido táctil y fue aterrador. Soñé muchas veces con él: lo conozco perfectamente, lo he visto en una barra de un bar, lo he visto enojado caminar por la playa. Conozco sus lunares, sus ojos, el tamaño de su sombra. Uno se enamora de sus personajes, o en mi caso por lo menos, yo me enamoré de él muchas noches y cientos de días. Me acuerdo que hubo un capítulo que no podía escribir. Me metí a bañar, después salí a caminar de la mano con él mientras le preguntaba cómo podía escribir esa escena y a las cuatro calles me dijo, emborráchate y hazlo. Compré una botella de oporto y regresé a casa. Escribí ese capítulo completamente borracha, fue una comunión muy reveladora, muy dolorosa, entre él y yo. Hoy me río, pero ha sido de los momentos más tristes que he vivido como escritora: descubrirlo en su total imperfección y amarlo con toda mi entrega literaria.

¿Qué te llevó a contraponer el dolor de Ana, la protagonista, con el de Joseph?

La historia misma. Se encontraron en un vagón de tren y decidieron quedarse juntos un tiempo, lo que haya sido que duró su viaje. En realidad no pensé en contraponerlos en sus diferentes y muy propios dolores, hubo una simbiosis entre los dos a partir de un dolor compartido de diferente manera. Creo que se funden. Y ese dolor es justamente lo que los une.

¿Cuál es la huella primigenia de tu escritura?

Escribir desde la esencia. Siempre me ha gustado montarme en lo que guarda el alma un personaje y arrancar desde ese punto. Respetar sus emociones y dolencias, entender (o intentar entender) sus vacíos y construir entonces, su mundo. Mi familia literaria, la que está en mi librero personal, está conformada por escritores que me tocan y me desnudan, de ellos aprendí la esencia en el papel: Oliverio Girondo, Francisco Umbral, Daniel Sada, Juan García Ponce, Pedro Salinas, Julio Cortázar, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar, Haruki Murakami, tantos.... Aunque lo más importante para mí, sin duda, es la brevedad. El reto de la contundencia literaria. Será que por eso comencé escribiendo cuentos cortos y leyendo novelas breves.

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