La primera frase que dijo cuando todos los alumnos estuvieron sentados, con el cuaderno abierto, la pluma en la mano y la mirada ansiosa fue:

—El que no haya leído Ulises de Joyce abandone el salón, por favor. No tengo ningún interés de darle clase.

Nada que decir. Estupor y sorpresa, primero. Una cierta rabia que no podía asomarse pero que era devorada por el desconcierto. Y todo terminaba en fascinación. Porque estar delante de Salvador Elizondo era suficiente. Haber conseguido entrar a su seminario siempre un milagro y aspirar a ser su alumno, por lo visto una alegría que iba a durar poco. Algunos se levantaron y caminaron hacia la puerta. Casi esperando que el maestro rectificara. Pero Elizondo ya se había sentado encima del escritorio, había cruzado los brazos y se mantenía inmóvil.

Poeta, narrador, ensayista y traductor, un excelente conferencista y maestro que despertaba obsesiones y pasiones nos había sido presentado como “el escritor más original de su generación”.

Nos habían contado de sus cuentos en Narda o el verano, habíamos comprado El retrato de Zoe y otras mentiras que vendía el Hippie Ilustrado afuera de la Facultad de Filosofía y Letras y queríamos leer Farabeuf y entenderlo a la primera.

Aquel libro era de culto, sujeto de conversaciones que iban desde lo filosófico hasta lo místico, considerado un ejemplo de alta literatura, una combinación de letras europeas con El erotismo de Georges Bataille y la Generación de la ruptura, todo ello teñido de tortura china era provocador. Y también perturbador.

Decidir leerlo podía durar una eternidad o ser la crónica de un instante, como bien dice su subtítulo. Pues un instante bastaba decidirse a abrirlo y llegar a fragmentos que cambiarían la vida entera como:

Somos el pensamiento de un demente. Somos una errata que ha pasado inadvertida y que hace confuso un texto por lo demás muy claro. Somos una premonición; la imagen que se forma en la mente de alguien mucho antes de que los acontecimientos mediante los cuales nosotros participamos en su vida tengan lugar; un hecho fortuito que aún no se realiza, que apenas se está gestando en los resquicios del tiempo. Somos algo que ha sido olvidado. Somos una acumulación de palabras; un hecho consignado mediante una escritura ilegible. Un testimonio que nadie escucha. Somos parte de un espectáculo de magia recreativa.

Y de súbito creer que ya habíamos entendido todo. Solamente para llegar a otro detrás de página y darnos cuenta de que no habíamos encontrado la explicación de nada porque estábamos ante otro fragmento que nos desfragmentaba y leíamos:

“—Fotografiad un moribundo— dijo Farabeuf—, y ved lo que pasa. Pero tened en cuenta que un moribundo es un hombre en el acto de morir y que el acto de morir es un acto que dura un instante —dijo Farabeuf—, y que por lo tanto, para fotografiar a un moribundo es preciso que el obturador del aparato fotográfico accione precisamente en el único instante en el que el hombre es un moribundo, es decir, en el instante mismo en que el hombre muere”.

Y entonces, el apagón. Nos habíamos deslumbrado. Caímos, como en la fábula, heridos por un rayo que jamás habíamos visto y nunca revisado en el estudio de nuestras literaturas. Nos dimos cuenta de la verdad, antes de que nos la dijeran.

Quedaba muy claro. Elizondo era temible, pero también genial. Nacido el 19 de diciembre de 1932, siempre un lector voraz y un escritor al que le importaba el estilo más que las técnicas narrativas, nunca fue ni le interesó ser, un “profesional de la novedad y en todos sentidos sus palabras hablaban por él y lo significaban... Muchos dimes y diretes:

El principio de su autobiografía, una fina metáfora de espejo, sutil, como el marfil labrado de una exquisita estatua, dice así: “Beda, el Venerable, compara la vida humana al paso de una alondra extraviada que penetra en un recinto, lo cruza fugazmente y vuelve a salir hacia la noche”. Casi todo lo demás, dijo su autor —nada menos que Salvador Elizondo— es puro bullshit. Y tal declaración, reportada por su amigo Carlos Monsiváis, no sorprendería a nadie. Porque Elizondo era un hombre ingenioso, inesperado, “habitado por un diablo y tocado por un ángel”, como bien lo describió Carlos Fuentes.

Y sus respuestas veloces y burlonas eran proverbiales. En una ocasión, contaban sus amigos, el infaltable necio le hizo una pregunta a Elizondo al término de una conferencia:

—Es usted un pendejo —le contestó Elizondo-.

—Señor Elizondo, no me insulte.

—No lo insulto. Lo defino.

Su trayectoria a partir de la década de los 60 llevó a Elizondo a ser gradualmente conocido y después muy admirado. Además de su primer libro de poemas escribió cuentos; Narda o el verano, El retrato de Zoe y otras mentiras y Camera lucida que fueron ejemplos geniales. Sin embargo, la aparición de Farabeuf, o la crónica de un instante cambió todo el panorama de la literatura mexicana. El mundo singular, originalísimo, que creó en aquel escrito gira en torno a la imaginación del dolor.

Carlos Fuentes lo supo desde el principio y dijo: “Farabeuf no expresa dolor, lo imagina. Ése es su poder. Si como dice un personaje de La montaña mágica, de Mann, no hay literatura que no trate del dolor, Farabeuf no sólo confirma la regla, la extiende, la modifica y la mortifica a un grado insólito: el dolor, en principio, no admite palabras, las suprime, es puro grito.

La hazaña de Farabeuf consiste en darle voz a lo inexpresable. Una voz cruel, serena, en oposición directa al sufrimiento y su grito inarticulado”.

Con las letras de Elizondo desaparecieron las regiones transparentes, los indios ensombrerados vagando por un páramo y apareció el tiempo congelado, pero nunca detenido, ceremoniales de muerte y erotismo, y una escritura que se escribía a sí misma escribiendo que escribía todo el tiempo y sin dejar de escribir. Todo tan pasmoso como eso.

Y Elizondo, el autor, estaba ahí delante y podía ser el maestro y yo su alumna.

—Yo no he leído el Ulises, dije nerviosa aquella tarde en la clase. Pero ¿me puedo quedar si ya leí el Retrato del artista adolescente?

Salvador Elizondo lanzó una carcajada.

Me dijo que sí. Que el Ulises era para personas más sabias y más viejas. Que él ya iba por la quinta relectura y todavía no había entendido nada.

Estaba mintiendo, por supuesto.