La Alameda Central es un ente vivo dentro de la ciudad. Cambia y se transforma de acuerdo con las épocas. Esto viene a cuento ya que una de las últimas obras inauguradas por Marcelo Ebrard fue la remodelación de este espacio urbano, que casi de inmediato sufrió el ataque del vandalismo el 1 de diciembre.

En 1932, el arquitecto Federico E. Mariscal modificó el proyecto de las pérgolas de este entorno urbano, que serían concluidas al mismo tiempo que el vecino Palacio de Bellas Artes.

Tiempo después, entre 1939 y 1941, se les agregó un segundo piso con el objeto de crear una librería con cuatro secciones, que comprenderían libros en general, técnicos, infantiles y económicos, así como la Galería de Artes Plásticas.

Ediapsa, una editorial que comandaban Rafael Giménez Siles y Martín Luis Guzmán, fue la encargada de darle cuerpo a la idea de usar las pérgolas de la Alameda Central como una librería, que desde sus inicios se convertiría en un icono sin par.

La idea de ese espacio era una auténtica celebración a los libros y a la lectura. Sí, en los años 70 del siglo pasado, el comunicólogo Abraham Moles encontraba que una de las mejores formas de concentrar la atención del espectador era a través de lo exhibido en vitrinas, ya fueran los aparadores comerciales o los de la sala de un museo; en este caso, la cultura admitía una forma novedosa en esas pérgolas diseñadas por Federico E. Mariscal.

Por las características de los edificios, Giménez Siles le otorgó el nombre de Librería de Cristal, pues le recordaba el Palacio de Cristal que era parte del parque madrileño del Retiro.

Para quienes pudimos disfrutar esas pérgolas, fue un deleite pasear con lentitud, con esa parsimonia, que otorgan los sitios entrañables, esto porque los volúmenes despertaban un interés mayúsculo en muchos de los visitantes a la Alameda.

La Librería de Cristal contaba con materiales de diversa índole, a la vez que podrían hacerse hallazgos de textos en apariencia agotados o que eran difíciles de encontrar. Fascinaba entrar a cualquiera de los recintos, sobre todo a los de libros en general y en los económicos, porque lo más seguro es que hasta un estudiante de modesta condición encontraría algún libro de acuerdo con lo poco que trajera en su cartera.

Era extraordinario que la clientela desfilara ante una gran cantidad de estantes, en donde podría pasar minutos u horas en la mera curiosidad por los tesoros contenidos en esas pérgolas. Un signo de modernidad fuel eliminar la rigidez del mostrador por la del autoservicio , horrenda expresión que concentraba una idea muy clara: se podían buscar los libros sin interrupciones de ninguna índole, salvo que se buscara un texto específico y que se requiriera la ayuda de un empleado. También esto facilitó el hurto, al que algunos eran afectos.

Los horarios formaron parte de la modernidad del local: de las 8 de la mañana hasta la medianoche. Se contó con un café, que formó una tertulia integrada por personalidades de la talla de Salvador Novo, Artemio del Valle Arizpe, Octavio Paz, Alfonso Reyes, Alejo Carpentier, José Vasconcelos y Juan José Arreola, por mencionar unos cuantos de sus asiduos.

En la Galería de Arte tuvieron exposiciones artistas como Remedios Varo y Alberto Gironella. Tal era la novedad y la manera de promover la cultura libresca que el periódico New York Times llegó a decir: Es la más extraordinaria librería del mundo .

Por desgracia, la Librería de Cristal de la Pérgola concluyó su existencia en 1973, bajo el pretexto de las obras del Metro capitalino. Nada valieron las defensas realizadas por personas ligadas al medio de la cultura, la urbe continuó su marcha y dejó a la Alameda sin uno de sus emblemas.

Ahora, el territorio arbolado del centro del Distrito Federal quiere salir de la molicie y de las irrupciones vandálicas para retornar a su ritmo habitual.