El perfume se usó en los ritos funerarios antes de Cristo, para disimular los olores hediondos en la Edad Media y como lujo y placer en la actualidad. Un mundo fascinante contado en un nuevo museo en París.

En un palacete privado frente a la ópera Garnier, en el centro de la capital francesa, la casa fundada por la familia Fragonard, basada en Grasse, explica un arte vinculado a esta ciudad de la Costa Azul, cuna de la perfumería mundial y que en 2018 fue inscrita en la lista de patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO.

"Si traigo aquí a mis hijos no quiero que se aburran. También quiero que los turistas chinos que vienen a Francia se queden con una visión fundamental del oficio", explica a la AFP Agnès Costa, descendiente de la dinastía Fragonard y quien dirige la creación de esta casa.

Gracias a un guía, los visitantes descubrirán un "órgano del perfumista", que cuenta con 400 frascos para crear composiciones y se utilizó hasta el siglo XX, e intentarán unir fragancias de flores en un juego olfativo.

María Antonieta, reina "perfumada" 

Uno de los platos fuertes de la muestra es el cofre de María Antonieta, la "reina perfumada", quien al contrario que sus contemporáneos franceses, mantuvo unos buenos hábitos de higiene heredados de su infancia en Viena.

Los "pomander", unos recipientes de metal en los que se guardan esponjas impregnadas de aceite esencial sirven para contar la Edad Media. Entonces, el perfume se convirtió en un sinónimo de paganismo para la Iglesia, aunque se le seguía concediendo el poder de repeler las epidemias que aportaba el agua. Los hombres que participaban en cruzadas regresaban con especias raras o otros materiales olorosos.

Los "vinagres" de los frascos tenían un olor muy fuerte, para devolver la consciencia a las mujeres que se desmayaban debido a lo apretados que llevaban los corsés.

En el siglo XVIII se produjo un cambio: los perfumes, que se volvieron más sutiles, dejaron de usarse para tapar los malos olores del día a día y se convirtieron en una cuestión de placer.

"Actualmente nos gustan los perfumes más aéreos, más ligeros, si les hago oler un perfume del siglo XX, se sorprenderían. Eran muy pesados. Cuando se decía una gota, era una gota, el gesto del 'pschitt' no existía", destaca Agnès Costa.

Gustos por regiones

El gusto por el perfume varía en función de la geografía, cuanta Costa. "Es como las voces de la radio, que no son los mismas hoy que en los años 50".

"A los franceses les gustan las aguas de colonia, los perfumes ligeros, florales, y a los estadounidenses los perfumes embriagadores. Nuestro perfume para niño de tostada con chocolate tiene mucho éxito entre las mujeres japonesas. Los chinos tienden hacia el exterior, les gustan las cosas que huelen fuerte, como a los rusos".

Los modos de fabricación y los materiales empleados también han cambiado mucho, para bien o para mal.

Los perfumistas ya no trabajan con un órgano de perfumes, sino con un papel y un lápiz. "Como los compositores que tienen la música en su cabeza", hacen sus fórmulas y escriben.

Las leyes que prohíben o limitan las materias susceptibles de provocar alergias, como los de origen animal, la bergamota o la flor de azahar "hacen más compleja" la producción del perfume y limitan la creatividad", cuenta Costa.

"Debemos retrabajar constantemente las antiguas fórmulas. La gente dice 'el perfumista economiza, mi perfume ya no es el mismo'. Pero no siempre es culpa del perfumista, a menudo es la ley la que nos obliga a retirar materias primas que están muy concentradas, según las normas del año", concluye.