El escritor y periodista Tom Wolfe perteneció a esa extraña camada periodística de los años 60 que buscaba trascender el estereotipo literario que encasillaba a los periodistas en el escalafón más bajo de aquellos que se dedicaban a la escritura. En lo alto estaban los novelistas, dramaturgos, poetas, luego los ensayistas, al final aquellos que se dedicaban a recolectar “pedazos de información bruta”.

Tom Wolfe nació el 2 de marzo de 1931 en Richmond, Virginia. Estudió Literatura y Periodismo en la Universidad de Washington, de donde se graduó con honores (cum laude) en 1951. Posteriormente se tituló en un doctorado de Literatura Norteamericana en 1957 por la Universidad de Yale.

Comenzó su carrera en el Springfield Union (un diario de Massachusetts) y posteriormente entró a The Washington Post. En 1962 consiguió un puesto de reportero en el New York Herald Tribune. Wolfe también colaboró en la revista Esquire, una de las precursoras de la corriente que se conocería como Nuevo Periodismo, de la que Wolfe formaba parte.

Wolfe, como muchos de sus contemporáneos, fue heredero de los escritores realistas estadounidenses de finales de los años 30 como Ernest Hemingway, William Faulkner, John Steinbeck y John Dos Passos, entre otros, así como Charles Dickens y Emile Zolá. Tanto él como los de su generación veían su estancia en el periodismo como una especie de rito de paso o fase intermedia mientras se retiraban a una cabaña a escribir su novela y subir de “clase social” en el oficio de las letras.

Y si bien muchos sí pudieron escribir su novela, en el ínter comenzaron a enriquecer las técnicas de reportaje con las de la novela realista y empezaron a crear piezas excepcionales, verdaderas joyas literarias.

“La voz del narrador, de hecho, era uno de los grandes problemas en la literatura de no ficción. La mayoría de los escritores de no-ficción, sin saberlo, lo hacían en una tradición británica vieja de un siglo, según la cual se daba por entendido que el narrador debía sumir una voz tranquila, cultivada y, de hecho, distinguida”, comenta Wolfe en el libro El nuevo periodismo (edit. Anagrama).

Así pues, Wolfe comenzó a utilizar un lenguaje cercano a sus entrevistados para generar la ilusión de que todo estaba ocurriendo bajo la mirada de los protagonistas, lo cual ayudaba a que el lector se enganchara; entre otros recursos lingüísticos.

Para generar la ilusión de que el reportero o la voz narradora era parte de la acción, Wolfe pasaba mucho tiempo con sus entrevistados aplicando lo que se llama saturation reporting, que consistía en esta convivencia larga, en un rol un poco más activo que el de un mero observador que guarda su distancia, de tal manera que se topaba con escenas e información de manera casual (un guiño, un gesto, una acción) que difícilmente podría salir sólo con la entrevista. Wolfe se convertía en un testigo que formaba parte de la acción.

Wolfe no sólo se distinguía por su escritura, sino también por su vestimenta: usaba trajes blancos a la medida, con sombrero de fieltro, zapatos de dos colores. Esto, según creía el periodista, desarmaba de alguna manera a sus entrevistados o a los sujetos que observaba, ya que lo veían como una especie de marciano que no tenía idea de nada pero que creía aprender.

Tom Wolfe murió el pasado lunes en un hospital de Manhattan a los 88 años. Escribió 17 libros: 13 trabajos de no ficción y cuatro novelas. Su más reciente libro lo escribió en el 2016 y se llamó The Kingdom of Speech, una crítica de Noam Chomsky y Charles Darwin.

@faustoponce