La literatura fantástica es un receptáculo de momentos insomnes. Noche y desvarío la animan, aunque detrás de ellas esté la lucidez de las palabras. Leda Rendón nos sumerge en universos paralelos cuya realidad es evanescente, atisbo en la penumbra, hilo roto de una memoria que se asemeja al olvido. En los cinco textos que conforman Tiempo bífido, el vínculo que circula en ellos es la noción del doble. Figuras en un paisaje que cambia de escenarios y que conserva sin más la amenaza de la existencia del otro , un semejante que guarda nuestra imagen y que nos acerca a los precipicios de un mundo deshilvanado y caótico. Ellos, nosotros, somos parte de ese doppelgänger, como lo llamara el escritor romántico alemán Jean Paul. Hombres y mujeres fantasmales, creados a imagen y semejanza de nosotros, están a la espera de que los descubramos o que lleguen para suplantarnos y hacernos partícipes de su coartada existencial. El doble habita en un plano que de pronto se rasga y queda a la intemperie. Leda usa la navaja literaria para instalar a estos seres en el corazón mismo de sus relatos.

Poe, Stevenson, Dostoievski, Saramago son algunos de los autores que se acercaron al doble para alertarnos, para que estuviéramos sobre aviso.

En la película Posesión (1980), del polaco Andrzej Zulawski, cinta que suscitaba un ánimo enfermizo, el terror acontecía en el momento en que un monstruo, una suerte de masa gelatinosa repleta de tentáculos, se convertía en la figura exacta del marido de la protagonista. Paz podría resumir esto de manera perfecta: El único pecado es la repetición . El problema del doble es su calidad de eco. Por ello, Tiempo bífido es otra advertencia.

Además, las lecturas que hace Leda están dadas a través de lo femenino, una perspectiva que otorga una distancia sustancial ante otros textos fantásticos. Darles voz a sus heroínas permite entablar una distancia y un embate distinto, un entramado que oscila entre la fragilidad y la fortaleza de las seducciones, así sean muñecas o suicidas en potencia.

Poesía oscura es el dispositivo que se entreteja en estos relatos, la savia que animó las noches fatigadas de Baudelaire, Lautréamont o Rimbaud, en donde la palabra destila vahos sulfurosos incapaces de redimirse, porque su fuerza está en la demolición de las rutinas y las insignificancias.

La sangre forma parte de la ofrenda y del sacrificio, es componente esencial, humedad nutricia que colorea la inquietud de sus personajes, que están expuestos a los laberintos de alguna amenaza que se desliza para manifestarse luego con todo su rigor. En Tiempo bífido, la hemoglobina se derrama y deja constancia de los amores turbios de una adolescente que, apenas tocan o acarician, vierte su líquido sanguíneo. En otros casos es la herida, sexo menstruante que altera su ciclo con tal de expulsar la sangre. Otras la prueban, gotas que comunican el trasfondo de un itinerario hacia el abismo.

Desde luego, en Tiempo bífido, la belleza es una orquídea negra que nos deja aspirar sus aromas en estos relatos de extraordinaria intensidad. El mundo se desequilibra sin que el cúmulo de sensaciones y emociones deje de latir en territorios paralelos que se acercan a una irrealidad en la que Dios juega a los dados, y en ese azar consume un deslizamiento temporal exultante. Rendón sabe que en estos parajes el eros deja atrás su sombra y se convierte en luz cegadora, en apropiación de placeres que son ejercicio de transgresiones. La lengua lame vulvas en flor, recoge sus fluidos, prepara las penetraciones, aunque en algunos casos las vaginas sean estrechas, ya que su creador apenas si se dio por aludido ante la fisiología del sexo de estas muñecas. En otros momentos, es el ojo del trasero el que recibe las bendiciones del amante diestro, todo es parte de un festín en donde se concilian, en aparente paradoja, los placeres y la expulsión del paraíso. El beso, a lo largo del libro, es indispensable, llave maestra que abre las compuertas de un eros que aprecian todos los convidados al banquete lúbrico.

Por cierto, que Juan García Ponce e Inés Arredondo quedan encuadrados en los ires y venires del presente y del pasado. El escritor reaparece acompañado por una mulata, en una casa donde es posible observar las obras de Musil y Klossowski, mientras él usa su lengua como órgano sexual. Un homenaje por demás justo.

Aparecen por ahí los paraísos artificiales, las drogas que son un camino extático, un orbe que pone las gafas para inquirir lo que transcurre al otro lado del espejo, en las zonas en que todo navega en el mar de la intranquilidad. En ese oleaje los sonidos, los olores, el tacto, el gusto y lo que precisa el ojo se transmutan en algo indecible, en algo que se difumina. Leda Rendón le da cauce a esa barca a merced de todas las acechanzas, de todos los riesgos, en donde sobresale la presencia de lo mortecino, que se manifiesta sin más.

La pesadilla, la alucinación y la metamorfosis comparten el gesto de lo monstruoso.

En este armazón combinatorio de zoología alterada, estos seres encuentran la cotidianidad de la diferencia. Son ellos y su aspecto, renacen con la mirada y se integran a un tiempo caudaloso que les da sitio en el espacio dislocado de Tiempo bífido. El monstruo es la metamorfosis de lo humano, producto de manipulaciones científicas o de mutaciones extrañas, ellos descreen de nosotros y ostentan sus poderes para retarnos, para hacernos víctimas de su angustia o, mejor dicho, de la nuestra. Son la encarnación de lo siniestro.

Leda Rendón escribe bajo las coordenadas de una matriz clásica, fiel y rigurosa, su escritura tiene las resonancias de Hoffmann, de Villiers, sin olvidar a Felisberto Hernández o a Mauricio Molina. Un primer libro que deja ver una maestría indudable, una escritura pulida que se lee sin dilaciones, con el placer del texto , que señalaba Roland Barthes. Sobre todo, porque sumergirse en Tiempo bífido es aceptar el reto narrativo de la imaginación.