La semana pasada, si se fijaron, escribí una lista de las películas que no hay que dejar pasar este 2017. Soy una idiota. Se me olvidó la más importante.

Cada vez que Martin Scorsese saca película yo me pongo a chillar como un bicho. De veras, no es agradable de ver ni de oír. En estos momentos chillo de esa manera. Este año la película que no hay que perderse es Silencio, el nuevo filme de Marty Scorsese.

Prepárense. Como El lobo de Wall Street, Silencio es una película larga, casi tres horas. No importaba, en El lobo... apenas se sentían. Pero el perfil de Silencio es totalmente diferente a la otra.

Dicen los que la han visto que Silencio no parece película de Scorsese. No sé exactamente a qué se refieran con eso, pero imagino que debe pasarle algo similar a La edad de la inocencia, la película más subestimada de la filmografía de Scorsese. Como con aquella película, en Silencio Marty hace dupla con el guionista Jay Cocks, con quien también trabajó en Pandillas de Nueva York.

Scorsese siempre se ha hecho preguntas sobre la fe, sobre su lugar en el código de honor de sus personajes. La última tentación de Cristo es su meditación más compleja sobre la fe hasta ahora. Aquella película fue tan poderosa como polémica. A la iglesia no le gustó nada eso de que Jesús tuviera dudas sobre su crucifixión, pobre.

Con Silencio, Scorsese regresa al terreno de la fe. La diferencia es que esta vez la iglesia católica está enamorada de la película. Ayuda que el Papa sea jesuita como los personajes de la historia.

No he visto la cinta, así que no se preocupen, no puedo tirar spoilers, lo único que puedo decirles de la trama es lo fundamental: una par de jóvenes jesuitas (Andrew Garfield y Adam Driver), misioneros en Japón, hacen una travesía por el país en busca de su mentor (Liam Neeson), quien ha desaparecido de manera misteriosa. Esperen escenas de tortura y de sufrimiento a manos de japoneses que lo último que quieren es tener a Jesús en su corazón. Bueno, no sé, es lo que imagino por el tráiler.

Pero también Silencio es, como si título sugiere, una meditación apacible. Nadie vivió eso de manera más extrema que Andrew Garfield.

Garfield tiene cara de niño, le van bien los papeles de cuasiadolescentes en historias de coming-of-age. Puede que Silencio se coloque es ese género de la pérdida de la inocencia, pero ciertamente para Garfield la preparación para la cinta fue un intenso trabajo hacia los adentros, una manera, si se quiere, de volver a la inocencia.

Garfield se preparó como un actor del método. Para Silencio hizo lo que los jesuitas llaman ejercicios espirituales: días de profunda oración y meditación en lo que se guarda, pues, mucho silencio que emulan los propios momentos de claridad y confusión que vivió san Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas.

En varias entrevistas Andrew Garfield se ha mostrado como un hombre transformado. En una entrevista con la revista América dijo, lleno de alegría: Es tan fácil enamorarse de este ser que es puro amor, es tan fácil enamorarse de Jesús .

Wow, suena intenso. Lo que quiero decir es que cualquier película que hace un cambio alquímico en las tripas de sus intérpretes merece echarle una mirada. Yo sin duda lo haré.

¿Será una cinta importante en la próxima entrega del Óscar? Por lo pronto Silencio se llevó el premio de película del año del ?American Film Institute (AFI), una mención tan codiciada como un Óscar porque el AFI premia no sólo al buen entretenimiento sino también a las películas que merecen pasar a la posteridad.

La semana que viene se anuncian las nominaciones al Óscar. Veremos cómo le va a Silencio. Yo preferiría que no la nominaran tanto para que así no retrasen más su estreno, ya ven que cuando una cinta tiene nominaciones la empujan hasta la semana de la ceremonia.

Háganme caso. Esta puede ser la película del año. Scorsese no decepciona. Al menos a mí nunca me ha decepcionado. Venga, Marty, haz estallar nuestras cabezas con amor por Jesús.