Guanajuato, GTO. La tarde de su homenaje, que el pasado sábado le rindió el Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF, por su sigla en inglés), en la capital guanajuatense, el director, guionista, actor, comediante, productor y artista visual Terry Gilliam vestía el mismo atuendo desenfadado que portaba desde la mañana.

Se había calzado unos huaraches de correa que dejaban prácticamente sus pies desnudos y se había ataviado con un pantalón de mezclilla bombacho, una playera negra de algodón con la leyenda “Quixote vive” y la imagen del ingenioso hidalgo, protegido con su armadura y armado con su lanza, en lomos de Rocinante, haciendo frente a un feo gigante de al menos cinco veces su tamaño donde debería haber un molino de viento. La playera era promocional de su último largometraje, The Man Who Killed Don Quixote (2018), cuya realización fue, precisamente, una afronta quijotesca, puesto que verla proyectada en la pantalla le tomó casi 30 años de obsesión y un rodaje fracasado, en el 2000, que para otro director hubiera sido lapidario, pero no para este excéntrico de aparente imaginación inagotable. No por nada durante la conferencia magistral que ofreció después de recibir la Cruz de Plata, máxima distinción del certamen, se le recordó que alguna vez había dicho: “Si hay algo fácil de hacer, no lo quiero hacer; si es casi imposible, eso es lo que quiero hacer”.

Pero más temprano había accedido a tener una conversación con El Economista en el luxury hotel donde lo habían hospedado, el Villa María Cristina.

Siete minutos, se había advertido, era el tiempo disponible para conversar con el mismo que había aparecido como uno de los crucificados durante el memorable e irreverente musical en el que Eric Idle interpretó “Always Look on the Bright Side of Life”, en la cinta Monty Python’s Life of Brian (1978), o aquel que fuera el último director que viera en el set a Heath Ledger, en el rodaje de la película The Imaginarium of Doctor Parnassus (2009).

Momentos antes del encuentro, estaba leyendo un libro, tomando el desayuno, tan concentrado en su lectura, con las cejas tan crispadas que quien no lo conociera, tan risueño y ligero de cascos, diría que se trata de un ermitaño de pocos amigos.

Antes de comenzar la conversación, el realizador de 78 años pidió que se dirigieran a él como Terry porque, bromeó, que le llamen míster Gilliam lo hace sentir más viejo de lo que es.

Lejos de Trump, cerca de cervantes

—¿Cómo te sientes de estar en Guanajuato, a unas horas de recibir el homenaje?

—Es un hermoso lugar. Estar aquí se siente tan bien porque estoy lejos de Donald Trump y Boris Johnson. Se siente como si estuviera de vuelta en el mundo real aquí. Hay mucha actividad y tantos estudiantes lo hacen un lugar culto.

—Sorprendiste a todo el mundo cuando te presentaste en la protección inaugural de Huachicolero. ¿Qué tanto de cine mexicano conoces?

—He visto el trabajo de los mexicanos Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón e Iñárritu, tres directores increíbles que pusieron a México en el mapa del dinero en Hollywood, haciendo películas de Hollywood. Guillermo y Alfonso son muy buenos amigos míos y me he encontrado con Iñárritu un par de veces. Realmente son buenos cineastas.

Prefiero Y tu mamá también por encima de Roma. Creo que el trabajo más temprano de Cuarón es más interesante que el que ha hecho desde que le vino el éxito, porque el éxito te da chance de hacer trabajos más grandes y alcanzar audiencias mayores, pero eso no necesariamente produce tu mejor trabajo.

—Sobre tu trabajo, en particular The Man Who Killed Don Quixote, luchaste tres décadas por concretar la película. ¿Por qué decidiste no renunciar a ella?

—Creo que no lo decidí yo, sino que el Quijote tomó el control de mí. Fui una víctima de El Quijote. Era controlado por él y no me dejaba ir. Creo que eso pasó. Me gusta creer que soy su víctima. Mucha gente hace escándalo y se victimiza hoy en día, así que mi victimario es él, un hombre muerto, un hombre ficticio.

—A propósito de ficciones, ¿qué libro leías esta mañana?

—Es una biografía de William Blake. Es un muy buen libro pero, por extraño que parezca, cuando leo sobre él tal parece que estoy leyendo sobre mí mismo. Es extraño cómo es que hay conexiones entre Blake y yo. Nunca me había dado cuenta. Siempre me ha gustado su trabajo, pero por su mentalidad e incluso su comportamiento parece que estuviera leyendo mi autobiografía.

—¿Qué opinas del trabajo de Miguel de Cervantes?

—Me encanta. Era un tipo que tuvo que pasar por muchas vicisitudes para estar listo para escribir El Quijote, incluso tuvo que ser puesto en prisión en Argelia. Solo así fue que surgió ese libro. Él no lo hubiera podido escribir al principio de su vida, sino que lo hizo al final. En particular me encanta el segundo libro, es mi favorito. Resulta interesante cómo es que ambos libros se gestaron, a causa de todo lo que sucedió en su vida, y no sólo se trataban de una fantasía por ahí, están conectados con él.

—¿Dirías que Cervantes es tan universal como Shakespeare?

—Sin duda. Están muy conectados. Su muerte fue casi la misma. Aunque se regían por distintos calendarios, lo cual era como vivir en dos dimensiones diferentes. Pero una vez que el calendario fue el mismo prácticamente murieron el mismo día. Me encantan las curiosidades como esa o aquella que pone en duda quién realmente era Shakespeare, ¿un hombre de Stratford o una mujer de Oxford. Tengo un libro que plantea toda esa teoría de la mujer en Oxford que además se conocía con Cervantes. Sea o no sea verdad, me gusta cómo suena. Creo que la verdad es flexible, lo que se considera como un hecho podría no ser verdad, podría ser factualmente correcta, pero quizás no es lo que realmente pasó.

—Por último, ¿qué opinión tienes sobre la política de Donald Trump en torno a la inmigración?

—Me parece despreciable. Creo que es un terrible ser humano si consideras cómo es que las personas viajan con nada para llegar a Estados Unidos y son tratados como animales. Trump debería de ser removido de su cargo y volver al lugar de donde vino, a lo mejor eso ayudaría.

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