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Arte e Ideas

Lectura 3:00 min

Segunda parte ?mata a primera

Aunque suene increíble, Cómo entrenar a tu dragón 2 supera a la primera parte, ya de ?por sí excelente. Una verdadera joyita del cine de verano para todas las edades.

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Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz de sólo ver una película. Ver, nada más, como si estuviera ante una especie de performance, una suerte de cuadro viviente de Miró. Lo más increíble es que se trate de una película de verano, uno de los estrenos palomeros más esperados del año, una de esas cintas que solemos tratar (maltratar) como si fueran comida rápida: sabrosos de momento, pero nunca te casarías en un McDonald’s, ¿verdad?

Todo comienza con una carrera de dragones. Imaginen eso. Las maravillosas criaturas, algunas largas, otras gordas, todas multicolores, vuelan a toda velocidad por el cielo de Berk, el país de los vikingos. Han pasado cinco años desde las aventuras de Hipo y deade que naciera la amistad entre dragones y vikingos. Vuelan los dragones cazando ovejas como si fueran balones: es un partido de futbol aéreo.

Cómo entrenar a tu dragón 2 es eso: un hermoso espectáculo visual que da gusto de arriesgado, de brillante. Una de las pocas veces en el cine de animación en que tiene sentido ponerse los lentes de 3D.

La primera entrega era pura diversión, gran entretenimiento. Esta segunda parte es un lienzo.

Pero estoy siendo injusta. Muchas películas, sobre todo las superproducciones, son grandes espectáculos visuales, bodoques de efectos especiales que cometen el peor pecado del cine: son de lo más tediosas. Hasta la belleza cansa, como cantó El Príncipe.

Cómo entrenar a tu dragón 2 es, además de bella, divertidísima. Por eso creo que la secuela es mejor que la original.

Hipo, el protagonista, ha crecido. ¿Lo recuerdan de la primera película? Un niño flacucho, torpe. Ahora parece un personaje de cuento... Bueno, eso es, ¿no? Esa también es otra gracia de la cinta de Dean Deblois: nos regresa a ese estado de inocencia en el que lo único que queremos es un cuento.

Hipo, con su espíritu de inventor y de pacifista, no se siente listo para heredar el liderazgo de Berk. Su padre, Estoico el Vasto, jefe de los vikingos, tiene gran esperanza en este hijo suyo que cambió para siempre la relación entre su gente y los dragones.

Pero Hipo sólo quiere explorar. Vuela por los confines del reino montado en Chimuelo, su dragón, su Furia Nocturna, el último de su especie. Y así se encuentra con unos piratas. Dragones y piratas, ¿qué más se puede pedir? Esto: los piratas son en realidad cazadores que trabajan para un caudillo que quiere dominar al mundo con un ejército de dragones.

El caudillo se llama Drago Manodura y alguna vez trató de matar a Estoico el Vasto. Pero las raíces familiares del asunto van más allá. Mucho más allá. Cuando conozca a Valka, la cuidadora de dragones que lo rescata de los piratas, Hipo descubrirá algo sobre su pasado que le responderá las grandes preguntas sobre la identidad que todos enfrentamos en la juventud: ¿quién soy en realidad y cuál es mi destino?

A lomo de un dragón negro que se comporta como un perrito (que puede ser más fiero de lo que aparenta), Hipo tendrá que abrazar su llamado. Nosotros lo seguiremos encantados, como si fuéramos dragones en manos de un domador experto. Dragones muy felices, dueños del cielo.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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