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Arte e Ideas

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Santidad honorífica

El mundo católico quedó atónito y se imaginó desgracias y maquinaciones; hoy, que ya llegó el día, todavía nadie sabe muy bien si llorar, rezar o simplemente resignarse.

Dicen que la sorpresa es el móvil de todo descubrimiento, que la despedida está presente desde el primer saludo y que todas las historias deberían empezar por el final. Nos gusta la seguridad de la tradición -claro que no hay mal que resista una centuria- y, de pronto, probar lo que no nos gusta para que nos sepa mejor nuestro plato favorito. Pero cambiar así, de sopetón y sin advertencia, no mucho.

Hay muchas cosas a las que el Occidente todavía no se acostumbra y nosotros menos. Difícil este mundo tan poco bizantino, donde las novedades llegan al instante y las noticias al siguiente. Donde todo parece pesadilla orwelliana. El Gran Hermano mirándonos siempre. Él tiene fotos de nuestras fiestas, nuestro cuarto, amigos y examigos, los zapatos nuevos, cada momento íntimo de celebración y de vergüenza, que cambia el perfil de nuestras vidas a impensable velocidad.

Por eso, cuando nos enteramos, el asombro se convirtió en temor. Antes de la tristeza, la desconfianza, ¿se irá a acabar el mundo? Porque para tal cisma no estábamos preparados. Que el Papa, sucesor directo de San Pedro, obispo de Roma, heredero de Constantino, conjugación de la grandeza de los patriarcas de Antioquía y Alejandría, dijera su partida, anunciara el retiro, hablara de la vejez y su salud ya rota.

El antecedente de la despedida, que será hoy mismo, fue cuando en una entrevista, cuando el propio Benedicto XVI echó luz sobre el tema, en el verano del 2010, y le dijo al periodista alemán Peter Seewald: Uno puede renunciar en un momento de paz o cuando uno simplemente no puede continuar. Si el Papa claramente se da cuenta de que él ya no se siente física, psicológica y espiritualmente capaz de manejar los deberes de su cargo, entonces tiene el derecho y, bajo ciertas circunstancias, incluso, la obligación de renunciar . El mundo católico quedó atónito y se imaginó desgracias y maquinaciones. Y hoy, que ya llegó el día, todavía nadie sabe muy bien si llorar, rezar o simplemente resignarse.

La renuncia de un Papa no es un hecho tan inusual. En la historia antigua de la Iglesia católica unos 23 papas renunciaron o fueron obligados a hacerlo. Algunos ejemplos: Ponciano (Papa del 230-235), que murió en el exilio y dijo haber renunciado por el bien de la Iglesia; Martín I (de 649-al 655) dimitió para facilitar la elección de un Papa que no fuera tan problemático –en todos lados se cuecen las habas- y murió exiliado en Crimea; Juan VIII abandonó el papado, pues intentaron envenenarlo en varias ocasiones, y otros -que llevaron el mismo nombre del que hoy se va- también abandonaron el Vaticano: Benedicto V fue obligado a exiliarse en Hamburgo, y Benedicto IX vendió su cargo, aunque se dijo que abdicó a él por motivos personales.

Tonto consuelo de muchos, todo fuera como eso, el pensar que Benedicto XVI es el primer Papa de la era moderna que decide su retiro y su destino. Por ello, mejor recordar lo que Joseph Ratzinger escribió en su libro Mi vida, al recordar los primeros momentos de cuando fue ungido Papa: Como lema espiritual escogí estas palabras de la tercera epístola de San Juan ‘Colaborador de la verdad’, ante todo, porque me parecía que podían representar bien la continuidad entre mi tarea anterior y el nuevo cargo, porque, con todas las diferencias que se quieran, se trataba y se trata siempre de lo mismo: seguir la verdad y ponerse a su servicio.

Y desde el momento en el que en el mundo de hoy parece que el argumento ‘verdad’ ha desaparecido y es demasiado grande para el hombre, hay que pensar que si no existe la verdad, todo se hunde. Este lema episcopal me pareció el mejor. Para mí, es la expresión de la universalidad de la Iglesia, que no conoce ninguna distinción de raza ni de clase, porque todos nosotros somos uno en Cristo .

No sabemos si hoy Benedicto XVI dirá alguna palabra de despedida, pero no hay que azotarse, arredrarse o sentirse devastado. Como dijo Chesterton: la iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza.

ckuhne@eleconomista.mx

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