El día de ayer esperaba para cruzar una calle cuando pasó un camión, sus ocupantes lanzaron el clásico “Mamacita”, seguido de un chiflido. Desgraciadamente eso no me sorprende, lo cual es grave pues las mujeres llegamos a ver el acoso como algo normal. ¿Cuántas no lo hemos sufrido desde la pubertad? Encuesté a mis amigas, no hay ni una que no tenga una historia de este tipo (y peores).

¿A qué voy con esto? El 25 de noviembre, se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el color naranja es representativo de esta causa, que hace un llamado al respeto de la integridad física y emocional de las mujeres.

El panorama en México

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones (ENDIREH) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), que interrogó a mujeres de 15 años y más, durante el 2016, 66.1% experimentó al menos un evento de violencia. De estas, 40.1% sufrió violencia emocional, 17.9% física, 6.5% sexual y 20.9% económica, por parte de su pareja. Mientras que 26.6% sufrió violencia emocional, 23.4% física, 38.8% sexual y 13.7% económica de otros agresores, como familiares, amigos, conocidos, colegas o extraños.

Un país violento para las mujeres

En entrevista con El Economista, la crítica cultural y profesora en estudios de género, Lucía Melgar, nos habló sobre la prevalencia de la violencia y las políticas públicas para contrarrestarla.

“ENDIREH sacó cifras muy altas. Esto no es nuevo, pero sí indicia que hay un problema muy fuerte, porque la cifra no ha bajado (66.1%), sino que va en aumento. Cuando hablamos de esta problemática, no sólo nos referimos a la violencia de pareja, también hay que medir el acoso, la violencia psicológica, física y sexual. Una mujer puede sufrir violencia psicológica o sexual en su casa, pero también acoso en la calle o en el trabajo.

Esto daña la vida de la mujer que es víctima de la violencia. Afecta la salud de las mujeres, su vida familiar, cotidiana y comunitaria; cuando se da en el ámbito laboral, afecta la productividad y el ambiente de las empresas”.

Muchos casos, pocas denuncias

Por otro lado, las mujeres que denuncian son desprestigiadas o su caso no procede. “No les abren un expediente, a veces no se reciben las denuncias, no se realiza la investigación y las sentencias son muy pocas. Esto es un problema de impunidad. Por ejemplo, en tema de violaciones, sabemos que se denuncian una de cada diez, entonces, si en México hubiera 15 mil violaciones denunciadas al año, hablaríamos de que hay 150 mil en total”, menciona Lucía Melgar.

Si hablamos de feminicidios, como el Mara Castilla o Lesvy Berlín, la situación empeora, pues la sociedad señala que “ellas se lo buscaron”. “Lo que pasa con las víctimas de feminicidio es que las desacreditan y a las familias les dan largas. También hay casos de desapariciones en donde le dicen a la familia que la chica se fue con el novio, cuando se sabe que hay trata de blancas, desapariciones y cosas espantosas. El estado no debe elaborar protocolos, sino garantizar que se apliquen; ni cambiar las leyes, sino garantizar que se sigan, hay una deficiencia en la política pública de procuración de justicia”.

Sólo tenía 15 años

En entrevista con El Economista, una mujer nos compartió su testimonio: “Tenía 15 años cuando comencé a andar con él, quien tenía 19. Al principio estaba feliz, era mi primer novio, pero después comenzó a prohibirme cosas, a celarme… yo no quería pelear y acepté lo que él me decía. Desde el inicio estaba muy interesado en tener sexo, estaba aferrado a ‘que le pusiéramos’. Medio año después comenzó a jalonearme, luego me pedía perdón, pero sus agresiones físicas y verbales iban subiendo. Yo no me dejaba, trataba de pegarle. Así estuvimos tres años. Después de tener sexo, me pidió que nos casáramos, el problema era que yo no quería. Cuando le dije que deseaba terminar la relación, me dijo que se iba a suicidar y dejaría una carta para que todos supieran que yo era la culpable. Así estuve 2 años más, hasta que un día me cansé. Le dije que si se quería suicidar, lo hiciera y que dejara las cartas que quisiera. Al fin que muerto ya dejaría de fregarme. Me soltó que si su muerte no me importaba, entonces mataría a mis papás, yo le dije que si se atrevía a tocarlos, no iba a vivir para contarlo, sin importarme que yo terminará en la cárcel. Sólo así terminó, con ese grado de amenazas entre ambos. En esa relación hubo maltrato físico, emocional, chantajes, humillaciones… pero tuve la fuerza para terminarla”. Hoy, ella sabe que amor no es sinónimo de violencia.

Educación: posible solución

“Hay un serio problema de políticas públicas en temas de educación. Desde el preescolar, debe haber una educación de igualdad para niños y niñas. Los cambios los veremos dentro de veinte años; pero es mejor a no hacer nada y continuar con un sistema educativo que reproduce estereotipos, desigualdad y que le dice a las niñas que lo mejor que pueden hacer es casarse y tener hijos”, comentó la especialista en temas de género.

Esto no sólo es a nivel de educación básica, sino superior. “Las universidades nos están fallando, podrían modificar sus disciplinas y carreras. Las carreras clave serían Derecho, Medicina, Trabajo social, Psicología y Criminología. Creo que podrían dar un ejemplo de cambio en relación con qué tipo de educación dan, para que las personas estudien y trabajen en igualdad de circunstancias, y enfrenten correctamente el acoso”, concluyó Melgar.

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