¿Quién no conoce la historia de La cenicienta ? Con más o menos palabras, todos podemos contar la anécdota de este cuento: una buena, pobre y hermosa jovencita vive maltratada por su madrastra y sus envidiosas hermanastras hasta que un buen día, con ayuda de su madrina (que es hada), es transformada, de harapienta y sucia, en la más bella y mejor ataviada doncella que asiste al baile del príncipe. Su madrina le ha advertido que abandone el baile antes de medianoche, pues a esa hora el hechizo desaparecerá y todo volverá a la normalidad. Antes de la última campanada huye para no ser descubierta y pierde su zapatilla de cristal. El príncipe se ha enamorado de la joven y como no sabe dónde localizarla, ordena que todas las doncellas del reino se prueben la zapatilla hasta dar con la dueña, con quien se casará y serán felices por siempre.

Ésta es la historia que todos conocemos gracias a las versiones de Charles Perrault y la película de Walt Disney que, aunque difieren un poco, coinciden en gran parte del texto.

Pero además de esas dos, ¿sabía usted que hay muchas otras versiones de La cenicienta y que vienen desde el antiguo Egipto pasando por China, India, Italia…? En la italiana, por ejemplo, de 1634 y recopilada por Giambattista Basile, la protagonista se llama Zezolla.

Tomando esa versión como base, la Zezolla de Rodolfo Castro y Richard Zela es una historia dura, cruel y oscura, pero de fácil acceso gracias a los dos textos introductorios que sumergen al lector en el mundo donde se desarrollará la historia. Sin embargo, la lobreguez del cuento no debe extrañar ya que en un inicio estos relatos eran narrados a la luz de las hogueras, en el interior de los bosques y las aldeas, y nunca con la idea de entretener a los niños, sino a los adultos y enseñar o dar aviso de los peligros del mundo. De hecho, los niños ni siquiera eran considerados como tales; sólo eran personas pequeñas que debían trabajar de sol a sol y no tenían ningún tipo de trato especial o condescendiente.

Rodolfo Castro, además de escritor, es cuentacuentos, por lo que resulta casi lógico que intente su propia versión de La cenicienta .

Congruente con el modo en que antaño las historias viajaban de un sitio a otro -de boca en boca- y se enriquecían con los detalles que agregaba o suprimía el narrador en turno, nos ofrece su interpretación.

La calidad de la narración y de la gráfica de Zezolla son estupendas y se funden recreando un imaginería que remite al medioevo y que puede resultar muy interesante para todo público, además que, gracias a que toca una historia conocida por todos, puede propiciar nuevas lecturas o relecturas de lo que creemos que hemos leído.

Si a usted le entra la duda sobre la pertinencia de que los niños o jóvenes lectores lean estos libros, cabe mencionar que todos -incluso los niños, por si le queda duda-, al leer o escuchar cuentos, nos disponemos a creer lo que se nos relata. Antes, la llave para entrar a otros mundos eran las palabra mágicas Érase que se era…, hace mucho tiempo… O había una vez… , pero hoy, la llave tiene miles de formas distintas, en el caso de Zezolla todo comienza con No se sabe bien cuándo ocurrió… . A partir de ese momento suspendemos la incredulidad y nos dejamos llevar a ese mundo nuevo en el que todo funciona bajo sus propias leyes. Además, hay que recordar que lo que traumatiza a los niños no es la visión de detalles escabrosos sino el significado y relevancia que les dan los adultos.

Así que sin más, abra Zezolla y descubra una cenicienta diferente.