Uno de los hitos en la historia de la arqueología mexicana fue el hallazgo de la Tumba 7 de Monte Albán, en Oaxaca, en 1932. No solo por el descubrimiento de lo que el arqueólogo Alfonso Caso llamó “El tesoro de Monte Albán”, compuesto por más de 400 objetos valiosos manufacturados en oro, jade, cristal de roca, huesos de jaguar y otras piedras semipreciosas, sino porque a la postre ese acontecimiento dio lugar a la creación, en 1939, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que el pasado 3 de febrero cumplió 80 años.

Este viernes, a la 7 de la tarde, el INAH, como parte de sus festejos de aniversario reabrirá al público la Sala 3 del Ex Convento de Santo Domingo, edificio que alberga el Museo de las Culturas de Oaxaca, donde se exhibirán los hallazgos de la Tumba 7.

La exposición de más 600 piezas reinterpretadas a la luz de investigaciones recientes, apoyadas en tecnología de vanguardia, nuevas lecturas epigráficas y una reivindicación de la figura del arqueólogo que condujo el hallazgo, don Alfonso Caso, cuya presencia era marginal en la anterior puesta museográfica, son las novedades que podrán apreciar los visitantes al recinto a partir de este fin de semana.

El museo renovó la sala para albergar esta nueva exposición permanente: Tumba Siete Ta’Ta Ñuu Ana’a, El lugar de los ancestros, que reúne este acervo bajo la curaduría de la doctora Nelly Robles, arqueóloga del INAH, quien revela a El Economista que una de las aportaciones de las nuevas investigaciones es “que ahora sabemos que la Tumba 7 era un osario y no una tumba para algún dignatario específico”.

“Teníamos muy bien documentada la incursión mixtexa en Monte Albán pero lo que no sabíamos era que los mixtecos reutilizaron la tumba que había sido zapoteca para depositar sus bultos sagrados, que eran unos atados de manta, con restos humanos, joyas y materiales preciosos, que eran las reliquias de sus antepasados.”

Esta interpretación actualizada de los hallazgos de la Tumba 7 es producto de un seminario de investigación que viene trabajando desde hace más de cinco años, encabezado por la doctora Nelly Robles, en el que han participado especialistas mexicanos y extranjeros no solo en arqueología sino también en antropología física, estudio de materiales en laboratorio, epigrafía y lectura de códices.

Gracias al apoyo de expertos laboratoristas de la Universidad de Harvard, de Estados Unidos, o del  iconólogo holandés Maarten Jansen, de la Universidad de Leiden, de Países Bajos; el antropólogo físico Sergio López Alonso y el arqueólogo Iván Rivera Guzmán, ambos del INAH, se han encontrado nuevas líneas de investigación que amplían el conocimiento que se tenía de uno de los hallazgos más sorprendentes del siglo XX.

“Llegamos a la conclusión de que la tumba es una especie de osario, un lugar  donde se depositaban bultos sagrados, como lo detallan los códices; era la manera como los mixtecos llevaban de un lado a otro las reliquias de sus antepasados, y allí venían cargando con su historia”, detalla Robles.

En ese lugar, que los mixtecos sacralizaban al depositar los restos y las ofrendas de sus muertos, hacían sus ceremonias de pedimento y juramento para solicitar favores a sus deidades. Los dioses que presiden la tumba son Mictlantecuhtli, dios mesoamericano del inframundo, y Xipe Tótec, el dios desollado, deidad de vida y muerte, pues ambos aparecen representados en distintas versiones y materiales, dice la arqueóloga.

Nelly Robles revela también que los mixtecos identificaron la tumba construida por los zapotecas como una cueva, y que los periodos de ocupación y reutilización corresponden al Periodo Posclásico Tardío, es decir, llegaron varias veces, desde el año 1,350 de nuestra era y permanecieron hasta la época de la Conquista. “Aunque eso está por verse, afirma la especialista, porque incluso en la época colonial temprana los mixtecos seguían haciendo allí sus rituales.”

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