Al mismo tiempo que los murales, grafitis y pintas pueden entenderse como elementos antropológicos del presente y  expresiones artísticas contestatarias, en la mayoría de los casos se han visibilizado como suciedad, contaminación, obscenidad u otros. Esto es cuestionado por el doctor en sociología Nicolás Camerati, coautor del texto De los murales, grafitis y rayados, a la obra Constituyente. El otro estallido pausado por la pandemia, publicado en Le Monde Diplomatique, donde deja claro que si algo no se puede soportar, es que en medio y durante el estallido social, estas expresiones sean tratadas como simple vandalismo.

Explica que si bien estas formas de expresión son vividas y sentidas por muchos como agresión,  y en particular por los especialistas de la higiene, los cuidadores de la propiedad privada o por quienes han vivido en “lo alto del Olimpo en la residencia blanca e hibernal de Apolo”, la lectura es más profunda que eso, por ejemplo, el mismo Banksy asegura que: "Una pared es un arma muy grande. Es una de las cosas más desagradables con las que se puede abofetear a alguien”.

También retoma la escuela sociológica de Chicago que dice que es en la geografía, en el territorio y en nuestros muros reales de hormigón y de ladrillo donde a fin de cuentas se enraíza y se representa más claramente el espíritu de la ciudad (de la Polis).

“La estética Latinoamericana es visual, coloreada y simbólica, es super violento el hecho de querer arrasar con esto, borrarlo y querer mostrarlo como algo bárbaro, cuando parte de sus componentes principales es el civilizatorio, visionario y disruptivo. Debemos hacer un esfuerzo por distinguir y darle valor a estas formas que van a quebrarse por esquema y van a dejar en nuestra historia las claves de algo que está pasando”.

Ante estas reflexiones, El Economista platicó con quien es también fundador de Resilience Ville (consultora de participación ciudadana y nuevas tecnologías) y miembro de la Fundación Chile Inteligente, quien explica que este es un fenómeno propio de la actualidad que además se une a otras formas artísticas como el performance, bailes, frases, símbolos, canciones; “el componente estético se une al sentido común y además está teniendo resultado.  En Chile, por ejemplo, el baile viral de feministas chilenas contra las violaciones en donde indican ‘la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía’, esto se repitió y se bailó en gran parte del mundo”.

Camerati dice que en el caso de México es importante ver y reconocer que hay historia al respecto, ”el gran muralismo político nace en este país, en la Revolución mexicana”. Aquí se tuvo un fuerte impulso a la política cultural, bajo la presidencia de Álvaro Obregón y José Vasconcelos en el Ministerio de Educación, se definió a los murales como una forma de educación cívica, la cual concebía el arte como una expresión inseparable de los sectores populares. Con base en esas perspectivas, las paredes de los edificios públicos fueron intervenidas con murales que narraban la historia y las luchas populares. El muralismo fue una de las expresiones más radicalizadas construidas en torno del Estado.

Pero esto no solamente pasa en México o el continente, asegura, se tiene documentado el caso de Egipto en 2011, donde toda la representación visual con forma revolucionaria y que además se traspasó a El Cairo y Líbano, fue muy importante. Los muros de las calles se rayaron con la frase “quiero ver a otro presidente antes de morir”, incluso fue escrita en inglés para que la consigna se internacionalizara, “esto se convirtió en un arma visual”.

Camerati asegura que es muy ingenuo no observar este fenómeno y no darle el valor que tiene; destacó que los medios de comunicación en este sentido han hecho una observación reduccionista, “tratar de solo borrar las pintas o verlas como vandalismo, genera más violencia, volverán a aparecer mientras no se haga una diferencia en cuanto a la demanda social”.  

Repensar el patrimonio

El especialista en espacio público festeja que haya mujeres y hombres que a pesar de su estigmatización y de lo efímero de las manifestaciones, hayan tomado un riesgo para cambiar las cosas. “Es de nuestra responsabilidad mesurar lo histórico, lo significativo, lo revelador y no dejarnos invadir solo por lo ¡horrible, terrible, monstruoso o escandaloso! que tanto les gusta a los medios de comunicación tradicionales”.

También invita a reflexionar sobre el concepto de lo patrimonial que por mucho tiempo giró en torno al “gran monumento”, pero que hoy ha extendido su significado a lo material e inmaterial  y se ha sido reconceptualizado, incluso por la ONU. “Hoy, las figuras militares y que antes parecían emblemáticas están saliendo de los espacios, nos estamos preguntando ¿esto sigue siendo un patrimonio o dejó de serlo?, en el momento en que la suma de la ciudadanía ya no tiene una relación histórica con esa figura, algo está pasando”. 

Es significativo que en estos momentos en que aparecen figuras, formas y hay efectivamente transgresión, seamos responsables de ello, dice. “Lo creativo es disruptivo, entonces tendríamos que enfrentarnos a entender  y hacer distinciones para observar de otra manera aquello que a simple vista parece vandálico o sucio”.

nelly.toche@eleconomista.mx