En días pasados presenciamos la ya consabida exhibición de otro presunto narcotraficante: El Molcas. Las fotos mostraban policías ominosamente ennegrecidos, embozados y excesivamente armados entre los cuales destacaba un hombre vestido de civil que parecía estar muerto de la risa.

Lejos de provocarle al prisionero sentimientos de temor, angustia o incertidumbre, esta imponente mise-en-scène parecía estarle provocando -al menos en apariencia– una experiencia muy divertida.

Hace dos años, cuando La Barbie -otro famoso narcotraficante- fue llevado ante las cámaras, con un despliegue similar de rigor policiaco, muchos espectadores tuvieron la impresión de que no podía haber nada más divertido que ser arrestado por las duras autoridades federales cuando se forma parte de una peligrosa banda de la delincuencia organizada.

Sin embargo, muchos se preguntan: ¿De qué se ríen estos señores?; o más bien, ¿por qué ríen tanto estos criminales?

Para responder, es necesario partir de una noción fundamental de la teoría psicológica del apego, la cual indica que para que los humanos podamos responder adecuadamente a las distintas situaciones de interacción social, antes es necesario haber aprendido a regular nuestras emociones, desde etapas muy tempranas de la vida, a través de experiencias positivas con personas adultas (madre, padre, familiares) capaces de atender nuestras primeras necesidades de protección, cuidado y afecto.

Las respuestas sensibles producen vínculos seguros y éstos, a su vez, son la base indispensable para aprender a regular y matizar las respuestas emocionales de cualquier ser humano.

Cuando los pequeños no pueden obtener una respuesta adecuada a sus demandas elementales, debido al abandono, la brutalidad física, la crueldad psicológica o la imposibilidad mental de sus progenitores o cuidadores, entonces estos niños y niñas quedan de alguna forma desprotegidos, aislados y expuestos a todo tipo de sufrimientos emocionales, que los traumatizan e inhabilitan en mayor o menor medida para sentar las bases de sus futuras reacciones anímicas.

Frente a esta adversidad emocional, los niños tienen dos opciones básicas: una es esforzarse más por obtener una respuesta desesperada a sus demandas esenciales y la otra es irse retrayendo dentro de un caparazón afectivo que los aislará progresivamente de la posibilidad de mentalizar a los demás.

Mentalizar significa, en lenguaje psicológico, aprender a identificar y recrear los posibles estados mentales propios y de los demás (confianza, alegría, temor, ira, etcétera). Pero primero es necesario haberlos identificado, reconocido y experimentado en uno mismo. Y esto no sucede sin la vivencia positiva que se genera a partir del apego con quienes están al cuidado de nosotros.

De otra manera, los humanos podemos crecer y desarrollarnos sin la posibilidad de regular las emociones y, lo que es más importante, sin poder reconocer lo que los demás –los otros seres humanos- sienten y experimentan.

Es por eso que podemos afirmar que muchos de los peores y más despiadados delincuentes muy probablemente sufrieron severos traumas durante su niñez, sobre todo en momentos de mayor soledad, desamparo y peligro.

Cada una de sus sonrisas devela –paradójicamente- el desamparo de una niñez aterradora y de una realidad irreversible.