Cuando me sentía a salvo –que 56 años se supone son algo–, el sismo me sirvió para volver a caer, peor que ferozmente, al hueco de la revuelta entre dios, el diablo, la madre naturaleza y el siniestro personaje innombrable. De rodillas en la revelación de lo indomable. Con el rostro al cielo y al suelo. En la fragilidad del fondo donde no veo. Manos débiles que no pueden con una lámpara que no existe en casa. Tampoco veladoras. Nada guardado para eventos de ruptura. Estoy servido de 1985, ese septiembre 19, 7 y pico, rasurándome, la puerta se azota, tomo a mi madre, nos vamos a caer. Me desdoblo en el diamante del Parque de Beisbol Delta, la morgue improvisada. Se fue el tiempo, regresó, dolor en la punta del cabello, insomnio como carrusel de sucesos hasta las cachas. Reprobado, sin duda, no tengo manual para sostenerme.

El sismo me ha servido para confirmar que de 1985 para acá, no aprendí nada de primeros, ni octavos auxilios. Que no soy mi temple, ni el camillero, menos un topo. La sacudida ciega a pesar de 4 o 6 juegos de lentes. El cuerpo busca refugio donde se le antoja, donde no debe, confunde trabe con traba. No es experto en fisuras. No hay manera de otro andar: trastabillante, miedoso, apanicado. No soy mejor que hace 32 años ante una tierra que se parte. Bueno, más impotente, sí. Como los gobernantes. El sismo sirvió para reconfirmar que los líderes políticos se colapsan por igual. Que sus palabras son emisiones fanfarronas, falsas, fantasmagóricas.

La estampida de sirenas confirma que ellas cambiaron, son más hirientes, por ello me sirvo de su refundado pánico para acompañar a aquellos que sí cambiaron tras el terremoto de 1985 o nacieron mejores ciudadanos. Esa gente arriesgada a pulmón batiente que envidio y no emulo. Esos miles anónimos, no pocos regordetes, en cuyo ser intrépido se cree más que en los mandarines. Ellos me sirven el sentir de que un día puede uno despedirse de la ciudad que te creó sin haberla domado. Sin lamer sus entrañas. Sin comprender por qué tienen que haber tantos edificios en tan pequeñas calles. Por qué rascacielos como rascatumbas. Por qué tanto descuido sobre y bajo tierra.

El sismo me ha servido para el dolor. Machacado dicen que alecciona más para lo que sea. Es un generoso impulsor de lágrimas. Alguien se te muere. Hace 32 años, edificio derrumbado en la colonia Postal, la joven Rocío, hermana del amigo Víctor, murió entre el escombro. Miro aún las ruinas. Ahí parado mientras las cubetas deambulan entre docenas de manos. En estas horas de otro septiembre aciago, con la lluvia arreciando, con Mariana mi hija, en la iglesia de Tomás Moro, abarrotada de dolientes, las oraciones son por el joven Juan Carlos. Es uno de los estudiantes que murió en el colapso del Tec. No puedo saber cómo se llama su amigo, quedo a su lado a las puertas del templo, su profundo llanto lo hago mío.

El sismo me ha servido para ver quebrarse muchas vidas. En verdad que es terrible hacerse involuntario recolector de estadísticas. Son los fallecidos del terremoto, como lo son los miles de nuestros del país enviolentado. Dicen que es impredecible, cuándo y con qué fuerza se volverá a sacudir nuestra tierra. Y volverá. Pero tenemos los otros cataclismos, los del día a día, predecibles, acechantes, lejos de irse. Y yo, tan impreparado.