Guillermo Fadanelli rechaza cualquier posibilidad de dejar huella en su vida o ser recordado; sin embargo, cada vez que publica un libro es inevitable reconocer que se trata de uno de los escritores más importantes del país.

Lo veo a lo lejos, se mueve lento. Lleva gorra y un overol Dickies, toma su sexto u octavo campari en su casa, el Salón Covadonga, cantina que se ha vuelto un refugio para una fiesta interminable.

“Cuando escribo pienso y existo. Me siento más vivo cuando escribo que cuando no. Es como si transitara en mundos desconocidos es un paseo, una necesidad de la vagancia. Es algo inevitable pero no persigo dejar una huella ni quiero ser recordado. Uno viene la vida y da un paseo alrededor de su tumba y regresa, eso es todo”.

Fandelli, publicado por ediciones Cal y Arena, es una falsa autobiografía, es un juego de personajes y recuerdos de vida con el estilo y acidez de Fadanelli donde suelta frases que parecen ser epitafios:

“Para beber hay que ser desgraciado, si no lo eres estás desperdiciando el alcohol”.

¿Qué es Fandelli?

Lo veo como un exabrupto, un performance que no tiene la estructura de una novela; es una conversación entre voces simultanea de un yo desdoblado. Es una manera de ocultamiento y también atisba unos grados de locura y la destrucción del yo.

Pero Fandelli sí es una novela íntima, riesgosa, que puso al escritor frente al espejo.

“Regularmente cuando te ves en un espejo ves un simio, el rostro de tu padre o la muerte. Yo me desconocí, no encontré una serie de hechos narrables cuya consecuencia sea yo. Encontré complejidad, confusión, fantasías, desasosiego y un pasado nebuloso que intento reinventar a través de las palabras como en esta en la novela”.

Guillermo Fadanelli pide un campari más, sonríe, rara vez ve directamente a los ojos pero sus palabras fluyen como dardos envenenados.

“En México los artistas malditos no trascienden, se compran al extranjero, se compran los Baudelaire, los Bukowski y los Antonin Artaud, pero los mexicanos, ¿a quién le importan?”, señala el escritor quien reconoce que tuvo que reinventar su pasado.

“Lo que me interesa es el misterio de la escritura, el hecho de que al escribir sobre mi pasado se revelen otros pasajes de la vida inesperados. La sorpresa continúa y no esperaba respuestas”.

En serio, ¿crees que no te vamos a recordar?

La historia se está terminando, el mundo corre desbocado y cada vez más rápido hacia la desmemoria y finalmente yo seré cenizas y tal vez sea recordado por algunos hombres y mis lectores pero mi deseo es no serlo. Yo creo que la vida es una ilusión... imagínate qué será la muerte.

Para Fadanelli, en la actualidad no hay escritores auténticos, “sólo buscan promover sus novelas y su obra más que escribirlas honestamente, más que golpear directamente y conmover al lector, se está convirtiendo en un negocio y además un mal negocio porque las personas ya no leen”.

Es inevitable tenerlo en frente y no preguntarle sobre México y el cambio prometido:

“Estamos en crisis y cada uno debe pelear desde su rincón. No se culpe a un hombre de todos los problemas, es que nos han gobernado los peores, los ciudadanos hemos desperdiciado la democracia y hemos elegido a los peores. Pero espero que eso ya no siga sucediendo, pero creo que hay que esperar antes de sacrificar y confiar pero seguir ejerciendo la crítica dura y cuando sea necesario hay que pelear”.

¿Quién es?

Guillermo Fadanelli es autor de las novelas Lodo, Educar a los topos, Hotel DF, Mis mujeres muertas; El hombre nacido en Danzig, Al final del periférico; del libro de aforismos: Dios siempre se equivoca; de los libros de ensayo: Elogio de la vagancia, El idealista y el perro, Meditaciones desde el subsuelo; de los libros de relato: El día que la vea la voy a matar, Más alemán que Hitler (Cal y Arena, 2001), Compraré un rifle, Plegarias de un inquilino (Cal y Arena, 2006) y Mariana Constrictor; y de la crónica de viaje: El billar de los suizos. Memorias atendidas (Cal y Arena, 2017). Es fundador de la revista y editorial Moho.

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