Ese edificio de 1906 de estilo ecléctico que se emplaza frente al emblemático kiosco morisco en la Santa María la Ribera es sorprendentemente ajeno a la arquitectura de las casas que lo rodean.

Sobre la marquesina de la planta baja, por sobre las escalinatas que desfogan en la entrada principal de tres arcos, enmarcado en una fachada con detalles en cantera, se lee su nombre en letras doradas: Museo de Geología UNAM.

Esos tres arcos y sus columnas disimulan detrás de sus sombras el gabinete de maravillas que es el interior del recinto.

El piso de mosaico veneciano con motivos pompeyanos es uno los tantos atributos que tiene para mirar.

“Cuando se estaba diseñando este museo, Pompeya seguía siendo uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes (de la humanidad)”, refiere el ingeniero geólogo Julio Caballero, actual jefe de Personal y de Divulgación del museo.

Está de pie sobre el primer escalón y comienza a ascender por el otro gran referente arquitectónico del vestíbulo: una escalera doble de estilo art noveau, forjada en hierro, en Leipzig, Alemania, pero armada y recubierta en México, decorada con flores, hojas de acanto y grecas prehispánicas, con descansos de mármol de Carrara.

Señala a su derecha un alto óleo sobre lienzo en el que se reproduce una selva espesa habitada por un homínido y dos amenazantes felinos de los llamados dientes de sable. Es uno de los 10 óleos que el paisajista mexicano José María Velasco pintó exprofeso para el Museo de Geología y que se conservan juntos en el primer piso del vestíbulo.

“Todo el mundo identifica este cuadro porque estuvo en los libros de texto”, refiere Caballero mientras se planta frente a la pieza. “Es la historia de la vida, desde su aparición en el mar, hasta la aparición de hombre”, detalla sobre la narrativa de la colección dedicada a la vida marina, a los anfibios y mamíferos, a la evolución de las plantas y al hombre primitivo. Acota que es poco sabido que José María Velasco tuvo instrucción en geología.

Menciona que el museo posee seis vitrales también diseñados por Velasco y trabajados en Alemania que recrean paisajes icónicos de la orografía mexicana como las ruinas del Tepozteco, la erupción del volcán de Colima y la Cascada de Necaxa, en Puebla, entre otros.

El tesoro mineral

“Éste es un palacio”, dice mientras vuelve a la planta baja. “Hay quienes vienen a ver la arquitectura, otros vienen a ver las obras de arte, algunos incluso se interesan por las historias de fantasmas que hay aquí. Cada quien trae un interés distinto”. Agrega que ahí mismo se resguarda “una de las colecciones de rocas, minerales y fósiles más importantes de América Latina”.

La primera sala de exposiciones es única en su tipo. Es una apología de las salas de exhibición de la primera mitad del siglo XX. Está repleta de vitrinas de madera que detrás de cada cristal resguardan cientos de rocas de todos los tamaños, texturas e iridiscencias, las cuales rodean la reconstrucción del esqueleto fósil de un mamut, armado con restos de 11 ejemplares distintos hallados en la cuenca de México.

“Cada mineral tiene una historia”, aclara. “El azufre tuvo que ver con la caída de la Gran Tenochtitlan y la sal con nuestra evolución. Éste otro es un óxido de uranio, es el futuro”, dice mientras señala cada uno de los materiales de los que hace mención. “Ésta otra es la única roca que flota”, asegura mientras carga el gran volumen de piedra que tomó de un pedestal; se trata de espuma de roca, mejor conocida como piedra pómez.

“La disputa por su posesión (la de los minerales) ha sido también la causa de 90% de los conflictos bélicos en todas las civilizaciones”, agrega.

Julio Caballero señala una roca brillante integrada por cientos de desconcertantes formas naturales cúbicas y de poliedros. “Es uno de los minerales más comunes: la pirita; le dicen ‘el oro de los tontos’ porque brilla y es amarillo, pero no es oro”, dice.

Camina hacia un pequeño salón contiguo habitado por meteoritos y dice: “Todo lo que está en esta sala es de otro mundo”. Se acerca a una de tantas rocas y la cataloga como no sólo la pieza más importante de la sala, sino una de las de mayor relevancia del museo. Dice que podría ser más vieja que nuestro propio Sol.

Su nombre es Meteorito Allende y cayó el 8 de febrero de 1969 cerca de Parral, en Chihuahua. La ficha de la roca especifica que su edad se calcula en aproximadamente 4,568 millones de años. Precisa que para medir la edad de piezas tan antiguas es necesario utilizar el sistema de datación U-Pb (uranio-plomo), que es uno de los sistemas más confiables de datación radiométrica, capaz de calcular entre 1 millón de años y hasta, precisamente, 4.5 millones.

El nombre del dinosaurio

De pronto, a unos pasos de la Sala de Paleontología se une a la conversación el maestro paleontólogo Luis Espinosa, jefe del Museo de Geología.

“Este museo se hizo como un instituto destinado para la geología, pero, a la usanza decimonónica, se destinaban áreas para las reuniones de los investigadores y dejaban otras para exhibición. Esta sala se hizo desde el principio pensada en la exhibición de paleontología. Desde hace más de 200 años ya había colecciones de fósiles y algunas de ellas las tenemos aquí”, expresa.

Pide que se deje registro fotográfico de un par de enormes defensas de mamut, el cráneo de un mastodonte y el gran caparazón de un gliptodonte o armadillo primitivo que, asegura, es uno de los ejemplares más importantes de la colección por ser “uno de los fósiles que más han acompañado la historia de este museo”.

“Esas fueron recolectadas mucho tiempo antes de que se hiciera el museo. Hay cosas que tienen más de 114 años en exhibición en este recinto”, destaca.

Entonces se enfila a un enorme esqueleto de dinosaurio. Se trata de un Latirhinus uitstlani, el primer ejemplar de un dinosaurio recuperado y exhibido en México. Tiene aproximadamente 70 millones de años y fue localizado en Parras, Coahuila, a finales de los años 80, por un equipo del Instituto de Geología del que él mismo tomó parte.

“Éste es un museo de museos”, coinciden ambos investigadores.

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