En el Festival de Cannes de 2011, el realizador noruego Lars von Trier presentó su más reciente película Melancolía y el público le rindió una contunde y larga ovación de pie. En ese mismo Festival, en una rueda de prensa, Lars von Trier dijo que era Dios.

Después de ver la película, no podemos asegurar que sea un dios, pero sí que Lars von Trier ha hecho una de esas películas que a uno le revuelven el alma y lo estremecen, una de esas películas que lo interfieren como si nos recordaran algo que o no sabíamos o ya habíamos olvidado, una película mayor.

Su paso por México en carteleras el año pasado fue fugaz como el paso de un cometa. Por eso es relevante que ahora sea una de las cartas fuertes del 32 Foro Internacional de la Cineteca Nacional, que ésta y la próxima semana la llevará de un lado a otro de la ciudad, tanto en salas comerciales como no comerciales, para deleite de los cinéfilos.

Von Trier mira sin concesiones a su objeto de estudio: el ser humano. Por eso crea una película sin sentimentalismos ni ingenuidad, a pesar de que su punto de quiebre se ubica en un hecho fantástico: la amenazante aproximación de un planeta llamado Melancolía, cuya trayectoria y acercamiento a la Tierra los científicos definen como la Danza de la Muerte .

A través de la historia de dos hermanas, Lars von Trier reflexiona (e invita a reflexionar desde un estremecimiento que es una provocación) sobre la maldad (uno de sus asuntos recurrentes) inherente a la vida humana.

La película se divide en dos partes, cada una de ellas toma como título los nombres de las dos hermanas: Justine (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsburg) -la parte dedicada a cada hermana ubica su punto de quiebre, la debilidad de cada una, mientras que la otra, la que no da título a cada parte, se muestra como la cara fuerte.

De este modo, desde dos perspectivas consanguíneas, von Trier propone una aproximación desde los afectos a la complejidad de la personalidad humana, para desembocar en una sentencia contundente que expresa Justine: La vida en la Tierra es malvada. Nadie va a extrañarla .

Justine se nos presenta como una mujer fértil, bella y brillante. La noche que se supone debería ser la más feliz de su vida (su boda) es la más triste, esa misma noche la melancolía se le enrosca como una serpiente malvada en las piernas y le causa un sopor que al cabo de unas semanas se transformará en un dolor vital con el que todo le sabrá a cenizas.

Sin fuerzas y con el llanto a cuestas, Justine se apoya en su hermana Claire, que hasta aquí había sido la fuerte, la misma que a veces la odia tanto por sus caprichos de niña maleducada y consentida, pero ella, Claire, sin embargo, teme, también es débil: cuando Claire escucha aquella sentencia rompe a llorar.

Esa sentencia solo la puede dar Justine una vez que su voz y su alma se han empoderado, después de que ella toma un baño de Melancolía, desnuda en la madrugada, cuando el planeta iluminaba la noche como un farol en el cielo. La mujer y la noche. La mujer y la fuerza. El cosmos y la constatación de nuestra pequeñez e insignificancia. Justine con los senos al aire tomando un baño espacial. Ella es la diferencia y la intercepción energética capaz de reconducir los efluvios de una danza mortífera. Ella, la que todo lo puede, mira el fin del mundo desde una Cueva mágica, con aceptación y claridad; de la única forma en que se puede mirar el Apocalipsis.