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Arte e Ideas

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Marck Zuckerberg, taylorista del ocio y la intimidad

Taylor arrebató a los obreros el control sobre su trabajo. El reducto del ocio que quedaba al trabajador era el tiempo fuera de la fábrica. Zuckerberg superó esa deficiencia.

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León A. Martínez

Mark Zuckerberg vuelve eficiente, para su propio provecho y de la industria mercadológica, el tiempo del descanso, del ocio, de la intimidad. Como Frederick Winslow Taylor (1856-1915), Zuckerberg ha encontrado la fórmula de hacer productivo el tiempo que las personas dedican utilizando Facebook para extraer un provecho industrial a partir de la data.

Taylor fue un ingeniero mecánico y economista estadounidense. Sus biógrafos cuentan que fue una persona cuya constitución enclenque le obligó a ser un observador de las actividades de sus contemporáneos sanos y jóvenes, situación que determinó en gran medida su aportación a la humanidad: la administración científica del trabajo. Antes de la investigación de Taylor, y según sus análisis, los obreros mismos determinaban cómo realizar las actividades fabriles. Tiempo, forma y organización del trabajo estaba en las manos de quienes producían los bienes. Taylor realizó observaciones sobre el trabajo de los obreros, midiendo los tiempos y procesos, para después determinar organizaciones en las que no hubiera dispendios. Eficientó el trabajo de los obreros, erradicando tiempos muertos, movimientos innecesarios, funciones inútiles, bajo el criterio de aumentar la producción y, por consecuencia, las ganancias.

El taylorismo quitó el control que los obreros podían tener en los tiempos de producción, y lo otorgó a los dueños de las fábricas, haciendo uso de métodos científicos y en nombre del progreso.

Mark Zuckerberg, un programador de formación, ha desarrollado una red social en la que basta con darse de alta tras una sencilla operación, sin pago monetario, para ingresar a la más vasta organización de amigos del mundo. Con una invitación, que nunca una orden, Facebook anima a cada uno de los usuarios a depositar en la aplicación su información personal, que pasa por los lugares en los que han estado, lo que han desayunado, las relaciones que sostienen, las cosas que compran, los lugares a los que viajan, sus opiniones políticas o la ausencia de ellas, y un largo e imprevisible etcétera.

Facebook es un gran observatorio del ocio y de la intimidad, situaciones que odebecen en su ejercicio a decisiones no sometidas más que al libre albedrío, y que estaban fuera del ámbito de las actividades productivas. Con Zuckerberg, es claro, ahora la información de esas actividades puede dejar de pertenecernos en exclusividad, ser propiedad de otra persona y producir ganancias monetarias.

Todo usuario de Facebook logra estar al tanto de las actividades de sus amigos, al mismo tiempo que puede dar noticias de su existencia urbi et orbi, a la ciudad y al mundo. Gratis. Un servicio así sólo lo puede dar un amigo con alto espíritu altruista. Un loco soñador que desdeña las fortunas. Pero entérese, oh, caro lector, que Mark Zuckerberg posee una de las mayores fortunas personales en el mundo: 72,700 millones de dólares, según datos del 2017 de Forbes. ¿Cómo es esto posible?

La respuesta es simple: ha hecho fortuna con los datos que nos invita a ingresar a su red social, y a los que accede gratis, o dicho de otra forma, que le regalamos. Facebook es un sofisticado recopilador de datos personales. Mide gustos, calcula reacciones, registra emociones, analiza opiniones. Registra toda la actividad de los usuarios en su red social. Y también mucha de la actividad fuera de ella. Va desde lo más obvio, como los datos que se ingresan para ingresar al servicio, los me gusta y las interacciones con los otros usuarios, hasta guardar el registro de lo que comienza a escribirse pero que no concluye en una publicación, los movimientos del puntero del mouse sobre la pantalla, y la redirección hacia sus servidores de datos generados por otras aplicaciones que o son propiedad de Facebook o tienen acuerdos con la firma.

Taylor arrebató a los obreros el control sobre su trabajo, al penetrar con su mirada en la esfera del saber hacer que les era propia, y someterlos al dictado de la productividad. El reducto del ocio que quedaba al trabajador era el tiempo fuera de la fábrica, donde el criterio de la productividad no lo alcanzaba. Zuckerberg superó esa deficiencia: logró hacer que los tiempos muertos, los que se resistían a ser productivos, se sometieran a escrutinio, a la observación exterior, y los puso a trabajar. Nuestra intimidad ahora es rentable... para Facebook.

luis.martinez@eleconomista.mx

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