Como salinistas consolidados en el Departamento del Distrito Federal, desde entonces el acuerdo de que uno u otro se hiciera de la Presidencia de la República, Manuel Camacho y Marcelo Ebrard transformaron el historial de la intervención del gobierno capitalino en la cultura. Sentaron las bases para lo que ahora vivimos.

Entre 1988 y 1993, ajustaron la Dirección General de Acción Social, Cívica y Cultural y numerosas normas transversales para ampliar la inversión privada en el vasto?sector. En tránsito a la ruptura con el PRI, tras hacerla de diplomáticos en Relaciones Exteriores y de mediadores del conflicto zapatista, apuntalaron, a través de sus oficios, a quien quisieron persuadir de la caída del sistema electoral: a Cuauhtémoc Cárdenas.

Así, en 1998, el ingeniero crea el Instituto de Cultura, con ese personaje que fue Alejandro Aura. El impulso llegó a López Obrador -no sin antes la declinación de Marcelo- y con Enrique Semo instaló, en el 2002, la Secretaría de Cultura. Ya como perredista, Ebrard recibió la estafeta de su otro mentor.

Como el fenómeno de ciertas paralelas, a la Secretaría le ha pasado lo que al Conaculta: la ausencia de reformas estructurales. El Jefe de Gobierno se conformó con la cuota a uno de la tribu: Graco. Quiso remediar lo que con Elena Cepeda era imposible hacer y dispuso, en el 2008, la Fundación Cultural de la Ciudad de México, cuyo operador, Ricardo Govela Autrey (algo le dirá el apellido) intentó paliar el escandaloso fracaso con otro invento a estas alturas del sexenio: la Fundación Cultural Agenda 21, una locuaz manera de escabullir responsabilidades y seguir en la nómina.

Entre leales, tránsfugas y oportunistas, el perredismo defeño generó sus usos y costumbres para llevar los asuntos culturales, de manera relevante a nivel central y no menos importante en los laberintos sin fin que son las delegaciones. Se pintan solos casi para todo y los desencuentros con el aparato federal llegaron en tiempos recientes a gritos y lágrimas.

Con la mayoría de los estados de la República ni se diga, ahí está el reciente papelón en la Conago. En el recorrido, basta el efímero consejo del instituto, el papel de los creyentes de la hoy Primera Dama de Morelos y los que acorazaron dicha Fundación con sus prestigios e intereses.

La Secretaría no ha ido sola: otras dependencia, bien o mal, se le entrecruzan, como la Escuela de Administración Pública, la UACM y la Secretaría de Desarrollo Social.

En la trifulca por la Secretaría y por la Fundación, si es que renace, Miguel Mancera hace malabares entre posturas, posiciones y postulantes. Paco Ignacio Taibo II, su esposa Paloma Sáez, Fabrizio Mejía, Héctor Vasconcelos, Martí Batres, Alejandra Moreno, Héctor Bonilla, Inti Muñoz, María Rojo, Argel Gómez, Laura Esquivel, Eduardo Vázquez, Alfonso Suárez del Real, Ursus Sartori, Rafael Meza, Ricardo Govela Autrey, Miguel Ángel Pineda, Nina Serratos, Mara Robles y su esposo Salvador Martínez El Pino, Eduardo Nivón, Ernesto Piedras y Néstor García Canclini. Ellos y otros más de vital experiencia, militancia o simpatía, serán fieles de una balanza en pos de la silla de Avenida de la Paz que, todo indica, seguirá la mirada de mujer.

A Mancera le ocurre lo que a Peña Nieto, y aún si fuera su correligionario AMLO, en lo que se refiere al Conaculta. Necesita al frente de la Secretaría a quien pueda reformar lo que tan mal está. La tarea no es nada fácil: también enfrentará una severa crisis política.

LO QUE VALE LO QUE SIGNIFICA. Con su activismo, los trabajadores del INAH cerrarán cuatro sexenios de pertinaz lucha en contra del Conaculta. Por ley y ante el vacío de poder, mayor la obligación del secretario Córdova de recibirlos. Ya no le dé vueltas.

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