Con una carrera considerablemente corta Misael Garrido, quien todavía era estudiante de Casa Azul, escribió su primera obra en el año 2014, la cual está repleta de emociones desencadenadas por el clima político y social de México; la desaparición de 43 estudiantes en Guerrero; el encarcelamiento de José Manuel Mireles, líder de las autodefensas en Michoacán; y la calidad de vida de los artistas “que suele ser bastante precaria, situación que también nos molesta”, expresó, reunieron el coraje suficiente para que comenzara en el terreno de la escritura.

“El segundo tiro atraviesa el parabrisas trasero del carro de Ramón, atraviesa el asiento, el pasamontañas, el cráneo, el cerebro y se queda ahí incrustado. En el asiento de copiloto yace muerto un actor de 25 años”, narra la última escena de Una cosa descaradamente buena, una obra digna del teatro íntimo que se presenta por última vez en el foro escénico La Capilla hasta el 18 de diciembre.

El guión de esta obra que lleva ya cuatro años presentándose en la Ciudad de México; pero también en escenarios de Chile y Costa Rica tiene claramente influencias de dos películas: la primera Un día de furia (1993), con la actuación de Michael Douglas y Relatos salvajes (2014), interpretada por el actor argentino Ricardo Darín.

Ramón, el protagonista, quien tiene una historia que contar, y que no es precisamente la que han contado los diarios sobre su caso, se encuentra un día sin su pareja, a quien había olvidado de atender los últimos años por seguir puntualmente una rutina constante que, él apostaba, lo catapultaría al éxito.

Sin embargo, en lugar de éxito, Ramón se descubre sin alegría ni motivaciones, y aunque se considera una persona consciente, pacífica y que siempre está “del lado de los buenos”, un día sin su esposa explota en él todo el estrés acumulado y llega al límite, pues entre otras cosas, mata a dos policías, a un vendedor de jugos y defeca en una tienda de alimentos orgánicos.

Ramón trata de inculpar a un desconocido, encuentra la identificación de un tal Carlos Eduardo Niño, que desconocía era uno de los inversionistas más influyentes en el banco donde era empleado.

Después de aquel día en que la desolación no puede ser más grande, la furia no puede contenerse y la justicia es lo único en lo que piensa, Ramón no volvería a ser el mismo; no permitiría ser presa de ningún atropello más.

En entrevista con Misael Garrido, el dramaturgo compartió con El Economista que si bien hace cuatro años cuando escribió la obra era valioso hacer una pieza de humor que tocara hilos profundos de la histeria citadina y producto de un clima violento, ahora se queda con la juventud que representa el proyecto.

“La inconformidad es un lujo de jóvenes y con el tiempo la gente mayor termina por conformarse, se conforma como individuo y se conforma con ciertas cosas que ya no puede cambiar; pero la energía joven me parece lo más rescatable de este proyecto, saber que siempre va a haber jóvenes; que siempre van a estar inconformes de cosas que tal vez no cambiarán, pero el movimiento sigue”, finalizó.