El martes pasado, mientras Ana García Bergua, Godofredo Olivares y yo presentábamos en el bar Las Hormigas, en la planta alta de la Casa del Poeta (Álvaro Obregón 73, colonia Roma, ciudad de México), un libro de cuentos del segundo, pregunté:

-¿Vieron?

El público puso rostro de qué hay que ver, a lo que añadí:

-Acaba de pasar por los espejos de la barra -que está de frente al estrado- el fantasma de Ramón López Velarde.

La afirmación no tenía más maldad que la gente allí reunida comprara el libro de Godofredo, pues pensé que tal obra -con independencia del gozo que produce leerla- podría convertirse en una bonita anécdota.

Imaginé, por ejemplo, que mi prima Guadalupe Torres, de los Torres de Lagos de Moreno, Jalisco, que ciertamente llegó tarde a la presentación, en algunos años le diría a su nieto consentido:

-Este libro, mijito, lo adquirí la noche en la que se nos apareció el fantasma de López Velarde en la que fuera su última casa en vida.

Para agregar:

-Mis ranchos, joyas, coches y dinero lo van a heredar tus hermanos y primos, pero a ti, que eres mi favorito, te dejo esta primera edición de Godofredo Olivares, con la esperanza de que, cuando yo muera, mi fantasma pueda visitarte como el autor de Suave Patria lo hizo conmigo.

Con tal ensoñación en mente acabamos de presentar el libro y, en tanto Godofredo firmaba ejemplares de su cuentario, bajé a la calle para fumar un cigarrillo. Allí me encontré a Luis, uno de los dos policías que custodia la antigua vecindad porfiriana, a quien le pregunté:

-¿A poco en esta casa espantan?

-La verdad es que sí, señor.

-Ah, caray. ¿Cómo está eso?

-Pues fíjese, el primer fantasma que vi fue el de un niño que estaba sentado en las escaleras de caracol, de manera que, al decirle que qué hacía allí, se echó a correr hacia arriba y no lo volví a ver.

-Me dice que ése fue el primero, ¿pues cuántos hay?

-Al menos, dos más.

Ante mi cara de incredulidad, continuó:

-Uno, de una señora, y otro, de un señor, ambos como de 60 años. La primera suele aparecerse en las habitaciones del Museo, allá en la parte de atrás de la casa; tiene la cabellera ondulada, ojos negros, bata blanca antigua y pareciera que está a disgusto. Mientras que el segundo se parece mucho al otro policía del lugar. ¿Lo conoce?

Negué con la cabeza e, intrigado, cuestioné:

-¿Ha logrado comunicarse con ellos?

-La verdad es que sí, señor. Con él. En una ocasión le dije: mire, yo sólo soy el encargado de cuidar su casa. Y, al parecer, me entendió, pues desde esa madrugada me dejó de espantar.

Me despedí de Luis y regresé al bar Las Hormigas. Aquí me encontré con el poeta Hernán Bravo Varela que, rotundo, aseveró:

-Nunca se ha aparecido en la casa el fantasma de López Velarde, pero de que la habitan fantasmas, la habitan... -y me contó que a él lo había espantado, en el baño de hombres, una mujer como de 60 años. Sólo su reflejo. Tiene el cabello ondulado y los ojos negros profundos, y viste una bata como de los años 20 o 30 del siglo pasado.

Me quedé pensando (o pasmado, que en mi caso es lo mismo). Observé entonces el espejo de la barra y, por un segundo, no vi a nadie. Y eso que el bar estaba lleno. Cerré los ojos y, al abrirlos, aparecieron los reflejos de quienes estaban ahí esa noche. Yo creo que ninguno se molestó de que me fuera sin despedir.