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Literatura de viaje: instrucciones para soñar
Viajeros, algunos célebres, otros anónimos, dejan plasmadas para la posteridad los avatares de sus aventuras por el mundo.

Se trata de viajar. Se trata del wanderlust, el hambre de vagar, de mirar y escribir de lo que se mira en otros mundos y rumbos. Eso es la literatura de viaje: viajeros, algunos célebres, otros anónimos, que dejan plasmadas para la posteridad los avatares de sus aventuras por el mundo.
La literatura de viaje ha sido practicada desde tiempos remotos. Uno podría decir que Hesíodo con su Los trabajos y los días fue el primer escritor que narraba las incidencias de un viaje, con lo que encontró en espacios recónditos, desconocidos o conocidos apenas por sus paisanos griegos. Otro tanto podría decirse de Tucídides, no solo uno de los primeros reporteros de guerra (gracias a él conocemos la incidencias de la guerra del Peloponeso), también uno de los primeros cronistas de la vida cotidiana de lo que entonces era Occidente.
Pero Heródoto y Tucídides, cada uno a su modo, estaban descubriendo la objetividad narrativa hoy mucho más asociada al periodismo que a la literatura. La gracia de la literatura de viajes es que logra un imposible: ponernos en la subjetividad del que viaja, hacernos a nosotros ese que viaja, tener sus opiniones y sus observaciones.
Pero no hay que ponerse muy elevado ni alejarse mucho en el tiempo. Regresemos al principio: la literatura de viaje se trata de viajar y contar.
El misterio del otro lado del mundo
"Un día, hace ya mucho -y sé lo cursi y romántico que suena, pero así fue- cogí mi mochila, me despedí de mi madre, y una hora después, ya saben lo grande que es Holanda, me encontraba en la carretera con la mano alzada, camino a Bélgica. Y eso he continuada haciendo desde entonces".
-Cees Noteboom, Hotel nómada.
El holandés Cees Noteboom ha llevado la literatura de viaje al nivel de la poesía. En su Hotel Nómada, Noteboom nos lleva por décadas de viajes por decenas de lugares de todo el mundo (entre ellos México, donde su guía fue la escritora Aline Petterson). En la pluma de Noteboom, los viajes se vuelven divertidas búsquedas personales que rayan en la mística. "No busco a Dios, busco al misterio", dice en la introducción de su libro. Esa es la convicción del holandés, que el misterio yace del otro lado del mundo, no importa donde se esté.
No todos los textos de Hotel nómada son anecdóticos y poéticos (aunque todos fluyen de una manera muy natural). Por ejemplo, su visita a Bolivia estuvo llena de angustia y complejidades políticas en pena sucesión presidencial de 1968 y el miedo a una invasión norteamericana.
Dos astutos sobrevivientes
"Aquella travesía la hicimos con 26 años, unas cuantas libras en el bolsillo y mucha jeta, como dicen mis hijos. Yo lo llamaría audacia pero no me atrevo a discutirlo".
-Enrique Meneses, África de Cairo a Cabo.
Enrique Meneses es uno de los periodistas más respetados de España. Hoy, que ya pasa los 80 años, es un bloguero muy leído (su blog es www.enriquemeneses.com).
Hace más de 50 años él y un amigo, que se encontraban casi por casualidad en África, decidieron emprender un viaje de esos que solo se pueden hacer una vez en la vida, un viaje que quizá en los convulsos tiempos actuales sería imposible: cruzar África desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo valiéndose solo de su astucia, su pasaporte europeo y el poco dinero que lograron juntar.
El recorrido los lleva por hoteluchos destartalados, chozas, tribus, iglesias, por peleas en bares con colonos belgas e ingleses, amistades con estudiantes africanos y holandeses, y un par de romances con chicas nuer que allá quedaron en el camino.
La capacidad de Meneses de traducir chistes españoles al inglés les consiguió casa y comida más de una vez... y los metió en peleas a puñetazos en no pocas ocasiones.
África de Cairo a Cabo se lee como una novela de aventuras, de esas dignas del folletín y el comic. Dos pícaros que lograron salir con vida de una odisea imposible.
El móvil perpétuo
"En París conocí a un grupo de intelectuales pretenciosos. Comprendí que lo que más les interesaba no era la literatura ni el arte, sino hablar sobre ambas cosas. Aprendí mucho de ellos".
-Paul Bowles, Memorias de un nómada
Hay personajes que encarnan el viaje, que son ellos mismos movimiento perpetuo, que se convierten para generaciones posteriores en iconos del equipaje ligero y la vida nómada.
Paul Bowles, sin duda, es un ejemplo de la literatura de viaje convertida en forma de vida. En su autobiografía Memorias de un nómada el viaje comienza desde que es un niño mimado del este de Estados Unidos que decide un día, porque sí, tomar un buque trasatlántico en Nueva York que lo lleva a Europa. Primero Ceuta, luego Madrid, después París.
¡Pero qué París! Es el París de la Generación Perdida, el París de Hemingway, de Fitzgerald, Gertrude Stein y Alice Toklas. Bowles era un muchachito perdido que acaba siendo alojado por la mismísima Gertrude Stein, quien lo acoge como un ahijado.
Pero el viaje tiene que continuar. Marrakech, Madeira, México, Sao Paulo y finalmente Tánger, donde pasaría los últimos años de su vida, una época que dedicaría a escribir, a usar drogas, a cuidar a su pobre esposa Jane (una notable escritora que poco a poco fue enloqueciendo) y sobre todo, a recibir visitas. Todos peregrinaban a Tánger a visitar a los Bowles, de William Burroughs hasta Mick Jagger.
Memorias de un nómada termina cuando a Bowles el wanderlust lo deja agotado. A Bowles comenzó a hartarle el mundo moderno cuando todos los viajes comenzaron a hacerse en avión, no en barco como él prefería. "Cuando los viajes comenzaron a hacerse más rápidos y todos los lugares empezaron a parecerme iguales y feos, decidí quedarme en Tánger".
El oficio de observar y divertirse
"Ser noble es bueno, pero enseñar a otros a serlo es más bueno aún. Y no causa problemas".
-Mark Twain, La travesía del Pacífico.
En 1894 Mark Twain dio una gira de conferencias que lo llevaría, exactamente, por medio mundo. El viaje comenzó en París, donde Twain llevaba unos años viviendo, continuó en Canadá y luego dio un viraje espectacular hacia el Pacífico, donde su barco visitó las islas Fidji, Nueva Zelanda y Australia.
La crónica es una verdadera joya del género de la literatura de viajes. El sentido del humor de Twain colorea todo el viaje. A diferencia de cualquier otro viajero, que recogería costumbres extrañas o cualquier otro exotismo, Twain recoge nombres de lugares con vocales repetidas, poemas, frases célebres de calendarios, etcétera.
Como siempre hizo donde quiera que fue, Twain hace de la observación social su oficio. En Australia, por ejemplo, se la pasa bomba observando a la sociedad de Melbourne que "se reúne cada año a emborracharse con champaña en la Copa Melbourne", un campeonato de carreras de caballo que Twain llama "la más grande fiesta de las colonias británicas".
En la misma Melbourne, el caballero Twain trabó cierta amistad con los vagabundos locales (Huckleberry Finns del subcontinente) que cada noche, cuando regresaba a su hotel le saludaban por su nombre de pila.
También narra su muerte... Y es que resultó que en Australia había un impostor que decía ser Mark Twain y que había fallecido un tiempo antes de que el verdadero Twain llegara a aquellas tierras.
-Cees Noteboom, Hotel Nómada
Siruela-Debolsillo. 221 páginas.
-Enrique Meneses, África de Cairo a Cabo.
Plaza & Janés. 254 páginas.
-Paul Bowles, Memorias de un nómada.
Mondadori. 400 páginas.
-Mark Twain, Travesía por el Pacífico
Folio. 317 páginas.
cmoreno@eleconomista.com.mx