Después de seis temporadas, los náufragos de una isla que bien puede incluirnos a todos nosotros, han encontrado una respuesta (esperamos).

La serie más extraordinariamente delirante de la historia de la televisión ha llegado a su fin, sin que en ningún momento a sus creadores les importara un pepino si llegaste tarde. La mayor incógnita sigue siendo cómo fue posible su existencia.

El mercado televisivo estadounidense con su competencia feroz por ratings, plazos agresivos para obtener resultados publicitarios, cambios caprichosos de horarios, de guionistas, de focus groups para monitorear cómo va la cosa por rangos de edad y si sigue gustando; era el sitio menos propicio para que dos productores fuera de control (Jeffrey Lieber y Damon Lindelof) hicieran de las suyas durante seis años.

Seamos honestos, después del capítulo cinco es imposible entrarle a Lost. Un misterio dentro de un misterio, lleno de tantas incógnitas, variantes temporales, miradas al pasado, miradas al futuro, saltos al pasado y al futuro, y en esta última temporada: una realidad paralela. El equipo de 23 guionistas nunca tuvo problema para repasar todas las variantes que la física cuántica aporta a la ciencia ficción.

La premisa parece simple. Un avión, Oceanic 815, vuelo trasatlántico entre Australia y Los Ángeles, cae en un lugar indeterminado del Océano Pacífico. Hay sobrevivientes, varados en una isla donde suceden cosas bastante extrañas: osos polares, susurros en la selva, fantasmas, un peregrino inmortal, instalaciones de una ¿secta? que realiza experimentos vanguardistas en sociología, psicología y física. ¿Qué más puede pasar? Otra religión, sanación (¿milagros?), otros habitantes obsesionados con mujeres embarazadas y sus bebés. Un campo de juego para dos (¿dioses?) en un juego eterno de muerte y venganza. En una palabra: adictivo.

La primera temporada nos invita a conocer a los náufragos (Jack, John, Kate, Sawyer, Sun, Yin Hurley, Sayid, y un largo etcétera). Cada capítulo avanza la historia presente en la isla misteriosa, mientras nos permite reconstruir el pasado de cada uno de ellos. Por lo menos lo suficiente para apreciar que hay coincidencias en las vidas de todos. Hay algo más que el destino, involucrado en que estén ahí, en que hayan sobrevivido. Nos enamoramos de Hurley. En principio nada es aparente. Cada búsqueda de respuestas nos lleva a docenas de preguntas más. Los espectadores impacientes se olvidan del asunto muy pronto. Para los demás, bueno, basta decir que nuestras actividades de la semana eran pretextos para matar el tiempo hasta el próximo capítulo de Lost.

La segunda temporada, pone a nuestros amigos frente a Los Otros. Analogía de la vida moderna o uso afortunado de la otredad. Aparecen nuevos sobrevivientes: la isla de pronto, se puebla de amenaza, casi. Algunos mueren, otros reinventan sus vidas. Nos enamoramos de Sun. Hay alguien muy malo, Ben Lynus (Michael Emerson, fantástico) detrás del bando opuesto, y todos corren peligro de alguna catástrofe cósmica. Los tornillos aflojan. Los ratings bajan.

Para el tercer año, ya no necesitamos saber de dónde vienen nuestros amigos. Sus historias han alcanzado el punto donde toman el vuelo fatídico. El problema ahora, es a dónde van. Un futuro fuera de la isla, donde algo, inexplicable, ha salido horriblemente mal. Nos enamoramos de Locke. Más han muerto, los misterios crecieron. Los fervientes seguidores hacen apuestas, sitios web dedicados a elucubrar (lostpedia.wikia.com, por ejemplo), elaborando hipótesis alimentadas por los secretos detrás de una costosa producción en Hawaii (¿es el purgatorio? ¿Están todos muertos?). Nada se filtra, excepto la promesa de explicarlo todo en un final que se anuncia desde ahora como un pacto: tres años más.

La cuarta temporada es breve (la huelga de escritores) pero increíblemente intensa. La aparición de una tercera tribu (Los hostiles) y la posibilidad de un rescate se alternan con situaciones extremas. Nuevas facetas en los personajes favoritos. Nos enamoramos de Juliet. La posibilidad de escapar se alterna con un futuro donde algunos intentan volver para recobrar el sentido de sus vidas. ¿Qué pasó? la angustia se cuela en cada final de capítulo con letras flotantes. Al final sólo sabemos que hay dos bandos, los que quieren quedarse y siguen al ex-lisiado cazador John Locke (Terry O’Quinn) y los que quieren partir y siguen al cínico doctor Shepard (Matthew Fox). La isla tiene su propia agenda (¿una variante mística?) ¿Quien demonios es Jacob?

La quinta temporada es simplemente brillante. Lo más original, atrevido, incomprensiblemente ambicioso: La realidad ha desaparecido. Nuestros héroes saltan aleatoriamente en el tiempo. Nos enamoramos de Sawyer. Algunos huyeron, pero deben regresar (o de hecho han vuelto pero no lo saben). Otros se han quedado, atrapados años atrás. Difícil de seguir más que con asombro: y una pregunta ¿cómo se atreven? ¿No hay alguien en el estudio que les ponga un alto? Qué bueno!

Como el presente alcanzó al futuro y viceversa (es fácil confundirse). La sexta y última temporada no puede sino crear una realidad paralela. Un mundo donde el avión nunca cayó. La isla no existe (¿ajá?) y nuestros héroes, lejos de su influjo malvado, han hecho vidas menos trágicas. En la línea narrativa principal, nuevamente hay dos tribus. Los liderados por algo que dice que se llama Locke (y que sabemos que no es Locke), y los elegidos (que no saben que lo son y qué significa serlo). Nos enamoramos de Desmond. Todos recorriendo la isla buscándose entre sí. La situación es extrema. Y cada capítulo tiene sembradas respuestas, muchas respuestas, a las preguntas más nimias del pasado.

Muchos críticos han vapuleado la última temporada por no aclarar el paisaje. Esperaban una especie de versión didáctica de la serie, donde algún personaje entendiera todo y lo explicara como al final de una novela policiaca, flashbacks y presentaciones de powerpoint incluidas: Nunca iba a suceder.

Las respuestas vienen como parte de la historia (como en la vida), de pronto sabemos quién es Jacob, por qué hay osos polares, qué es el humo negro, de dónde salió Richard (el extraordinario Nestor Carbonell), y un largo etcétera. Tendremos un segundo para pescarlo, o quedarnos con la duda. Nunca fue más inoportuno el teléfono (o bajar la mirada al sandwich).

Otros reseñistas se quejan diciendo que la serie perdió su interés, que la realidad paralela es una tomada de pelo, que los actores sobreactúan, que Lindelof y Lieber fueron demasiado lejos, que ya a nadie le importa y sentiremos alivio en cuanto los últimos minutos del capítulo final sean transmitidos. Siempre hay gente muy equivocada (y envidiosa del éxito ajeno) en este mundo.

Lost ha establecido un hito creativo en la televisión moderna. Coincido plenamente con Stephen King en decir que nunca ha habido nada como Lost. Los fracasos de la televisión por reproducir el fenómeno en los últimos años, hacen pensar que tampoco lo habrá. Hay genialidades que sólo pueden suceder cuando se ponen en una coctelera: dos productores sin miedo, un estudio permisivo, un elenco extraordinario, mucho talento y una isla misteriosa.

Para nuestra fortuna siempre será posible seguir perdidos en la isla: gracias al DVD y al BluRay.