Fatigoso escribir lo ya sabido: que casi todas las opiniones vertidas sobre las mujeres provienen de los hombres. Inútil, insistir en la injusticia de género porque parece haber comenzado desde la Biblia, donde la mujer provenía de la costilla de un varón; alarmante, porque las mujeres no tuvieron alma durante toda la época de oro del pensamiento griego; humillante, cuando el papel de gobernar fue solo concedido sobre ollas y sartenes. Tristísima la censura, pavorosa la mordaza.

Hubo de pasar muchísimo tiempo. En nuestra historia las mujeres no podían rebelarse, destacarse y mucho menos escribir a riesgo de sufrir condena y desprecio. La primera, Sor Juana Inés de la Cruz. Después, muy pocas se destacaron.  María Antonia de Godoy y Álvarez, esposa del virrey del mismo apellido, capturó la atención gracias a su declaración de que “las perlas estaban pasadas de moda en la península” y era mejor usar corales y regaló sus joyas  a sus empleados; María Francisca de la Gándara, viuda de Félix María Calleja –el acérrimo enemigo de los insurgentes- que soportó las batallas militares y los castigos corporales de su esposo, para llevarse sola al humillante exilio a sus seis hijos, y muchas otras que nunca escribieron pero fueron rebeldes y contestatarias. Pocas como Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario, ninguna con un proyecto de escribir en pro y para las mujeres.

La Independencia triunfó, hubo presidente, leyes y república, también dos imperios, un par de intervenciones, la mitad de nuestro país perdido, una reforma, y con ella, algo de consideración hacia las mujeres –como por ejemplo, aceptar que pudieran trabajar como maestras. Y fue así cuando llegó el momento.

Las mujeres que habían nacido en la época de la República Restaurada de Juárez, es decir alrededor de 1870, se pusieron en acción. Escuelas, clubes y sociedades, discursos y palabras dejaron de ser  territorio único de varones y la ciudad el centro de todo. En Mérida, Yucatán, Rita Cetina Gutiérrez (1846-1908)  fundó La Siempreviva, al principio una sociedad docente con todas sus comisiones ocupadas por mujeres. Pero aquel proyecto, cuya base ideológica: el derecho de las niñas a educarse para mejorar por ellas mismas sus condiciones de vida. Y fue así como se incluyó un plantel de primeras letras, y otro de nivel superior que derivó en un Instituto de Literatura y Arte y después cristalizó en la más grande idea de contar con una propia publicación quincenal. En donde la voz de las mujeres se escuchara por escrito. Así se hizo.

Muy bien auspiciada, justo el 19 de octubre de 1873, apareció la primera edición de “Las hijas del Anáhuac”, la primera publicación periódica mexicana escrita y dirigida por mujeres. Las editoras, Guadalupe Ramírez, Concepción García y Ontiveros y Josefa Castillo, aconsejaban escribir a sus lectoras porque "ya no es mal visto que la mujer escriba y exprese sus sentimientos por medio de la pluma.  Incluso declaraba, en un tono adelantadamente feminista, que: “La mujer material que ayer 18 de octubre, vivía oscura y silenciosa al pie de la cuna de sus hijos, que no podía educar porque sólo servía de nodriza, ha despertado hoy para la vida de progreso. Venimos al estadio de la prensa a llenar una necesidad: la de instruirnos, y propagar la fe que nos inspiran las ciencias y las artes”.  Después de tan valientes declaraciones por escrito no se soltó la pluma, se acabó el silencio. No pasaron ni tres números cuando en un titular una articulista declaraba “Las mujeres no sólo son un útero”.  Y la bomba estalló arrasando con todo.

Para 1877, La Siempreviva contaba con 218 estudiantes y la publicación con una atención que jamás habían tenido las mujeres mexicanas. El espacio femenino y el periódico tuvieron un impacto tremendo tanto en las maestras egresadas del instituto, como en las alumnas, madres de familia y sociedad en general. A tal grado que las consecuencias se hicieron evidentes en el Primer Congreso Feminista (y mexicano) de 1916. La lucha de las mujeres en México, - ya como voz y como feminismo-, continuaría escalando inexorable. Sería inspiración de otras importantes manifestaciones por escrito y de publicaciones fundadas y dirigidas por mujeres como Violetas del Anáhuac, el Diario del Hogar y el semanario Vésper.. (Muy de avanzada y que presentaba como “altivo siempre” y “rebelde eternamente contra todos los tiranos y todas las tiranías.”)

Rita Cetina tendría para siempre un lugar como pionera, no sólo del feminismo mexicano,  también de la labor editorial y periodística realizada por mujeres. Una representante de las mujeres que, antes de hoy, ya no pensaban en términos de maternidad, sino de hermandad y equidad de género. No se detuvo ahí, llegó más lejos, publicó una poesía, “A nuestro sexo” y la convirtió en un grito que decía:

“Dejad la postración que tanto tiempo/ la gloria y el saber os han ocultado. / Oíd con atención, la hora ha llegado de que ilustre su nombre la mujer./ ¿No es cierto queridas compañeras, que halagáis ese bello pensamiento? / Pues no esperemos más; llegó el momento, / Proclamemos: Unión, Fraternidad”

Todas la recitaban de memoria. Aunque los escandalizados juraran que el mundo estaba a punto de acabarse... nada más faltaba que las mujeres votaran. Y que luego se pusieran a escribir las leyes.