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“La violencia sobre el cuerpo de las artistas escénicas está normalizada”
La bailarina Itzel Schnaas, quien fuera la primera denunciante de acoso sexual contra Andrés Roemer, señala que es fundamental reestructurar la pedagogía en las escuelas de enseñanza dancística, donde se legitima a coreógrafos que agreden a jóvenes bailarinas.

Faltan garantías para ejercer el derecho al placer del movimiento: bailarinas
La violencia está implícita, se ha normalizado en las artes escénicas y en aquellas en las que se antepone el cuerpo. El agravio sobre las mujeres es una costumbre desde las propias pedagogías dancísticas. Es necesario nombrar, debatir, denunciar y extirpar los prejuicios y las dinámicas de violencia ejercidas sobre las dueñas de un cuerpo expresivo que ha sido estigmatizado por siglos.
Con este detonante, las cátedras de la UNAM Gloria Contreras, de Danza, y Rosario Castellanos de Arte y Género, en voz de sus coordinadoras, Raissa Pomposo y Julia Antivilo, organizaron la conversación “Reflexiones sobre las violencias normalizadas hacia las mujeres en las artes del cuerpo” con la bailarina y coreógrafa Itzel Schnaas, fundadora de Fábrica Escena.
Schnaas fue quien semanas atrás, de propia voz, desató la serie de denuncias por agresiones sexuales en contra del comunicador y exdiplomático Andrés Roemer, y quien detallara con su experiencia lo que, más tarde se supo, era un modus operandi de agresiones sexuales cuyas denuncias, hasta ahora, se han acumulado hasta llegar a más de 60.
“Yo fui esa niña que entró a la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea a los 10 u 11 años, a la que de pronto le decían: ‘vas a trabajar con tal coreógrafo’, y ese coreógrafo, por un círculo de poder y de prestigio que lo legitimaba y, por lo tanto, le daba derecho a violentar, vino a decidir, seleccionando con dedazo: ‘quiero que estas tres, cinco, ocho criaturas que me gustan traigan calzoncito color carne. Encuérense y desde ahí les voy a enseñar lo que es la danza’”, declaró Schnaas.
Razonó que el problema no es ser una bailarina inmersa en una categoría del placer mal visto, como lo es la expresión dancística. El problema, añadió, es no tener acceso o haber perdido la experiencia del placer por la estigmatización patriarcal.
“Cuando eres niña no entiendes nada, cuando eres adolescente lo niegas, cuando eres mujer, si es que yo pudiera narrar algún tipo de adultez que hoy día sigo sin entender, sabes que sobre tus hombros caerán las siguientes violencias. Desde ahí la necesidad de hablar y denunciar. No voy a permitir que toquen a una más”.
Pedagógicamente, urgió, es necesario reestructurar a profundidad las escuelas de artes escénicas, sus estructuras de poder y acabar con las figuras legitimadas para violentar a bailarinas desde muy pequeñas.
Han cosificado el cuerpo
En el video difundido semanas atrás a través de las redes sociales en el que Schnaas presenta su denuncia contra Roemer, y que más tarde motivara a la denuncia de más víctimas, la bailarina declara que este le dijo: “si yo hubiese podido elegir, mi esposa hubiera sido bailarina”. Esta declaración de acoso, añadió la bailarina en el conversatorio de esta semana, es evidencia de la “aparición en el imaginario colectivo, al servicio del patriarcado, de la bailarina que cumple fantasías sexuales”.
Raissa Pomposo, coordinadora de la Cátedra Gloria Contreras, coincidió en que es necesario hacer visibles los prejuicios que existen en torno al ejercicio de la libertad corporal que ejercen no sólo las bailarinas, sino performers, actrices y demás artistas escénicas que son educadas, subyugadas y hostigadas por un machismo predominante en las instituciones de enseñanza escénica. “Si somos bailarinas, artistas escénicas, y nos gustan los asuntos del cuerpo, entonces ahí empieza a aparecer el estigma del patriarcado”.
Por su parte, Julia Antivilo, coordinadora de la Cátedra Rosario Castellanos, opinó que “son múltiples las formas de violencia que hemos acumulado en nuestras historias académicas y no académicas. Se piensa que como trabajas con el cuerpo es fácil encuerarte”.
Coincidieron en que el placer de bailar, de gozar el cuerpo, de la experiencia corporal, del movimiento, de la libertad, es además un derecho. Por ello, acordaron, el problema no es el placer en sí, sino la falta de garantías para ejercer el derecho al placer del movimiento.