Los amigos le decían de muchas maneras, todas relacionadas con su figura tristemente elegante, enjuta, piel sobre huesos, de viejo caballero caído desgracia. El más común, sin embargo, era el del Vampiro, alias con el que les gusta recordar a Francisco Cervantes, más ahora en que se conmemoran 10 años de su partida física, y celebrar así su poesía híbrida, sin posible definición, género o tendencia, aunque llena de ritmos que combinan palabras inexistentes con sonoridades altivas llenas de ternura, nostalgia, soledad, imaginación, un paseo por bosques vírgenes y ciudades de atmósferas melancólicas, polifonías que a golpe de mirada acaricia el sentido auditivo.

Pero el Vampiro no sólo era poeta, sino también un excelente traductor de clásicos portugueses al español, y se sabía custodio de nombres, versos y obras de aquellos autores, descendientes de tierras lusitanas, que adoptó con una fe que lo hacía sentirse hermano no tanto de Francisco Sá de Miranda como de Luis de Camões, no tanto de Gabriel Pereira de Castro como de Rodrigues Lobo, no tanto de António Correia GarÇao como de Luis Antonio Berney, no tanto de muchos otros como de EÇa de Queiroz, F. Texeira de Queirós, J. de Magalhães Lima, Francisco de Sousa, Leonardo Coimbra, Adolfo Casais Monteiro, Fernando Pessoa, Aquilino Ribeiro y, por supuesto, José Saramago.

En los años 90, antes de que Cervantes regresara de la Ciudad de México a Querétaro, de donde era oriundo y de donde se decía desterrado de ahí su exilio interior en la Lisboa que conociera en sus mocedades , vivía en una habitación del hotel Cosmos ahora en ruinas , gracias a la amistad que mantenía con el dueño del negocio, un gallego orgulloso en ayudar a un poeta mayor, a un hacedor de palabras que en algo le recordaba la voces dulces tan cercanas a las portuguesas de la Galicia añorada.

En esa época, sin duda la?más difícil para Cervantes, quien apenas sobrevivía con los pocos pesos que cobraba en?cuanta publicación aún le abriera páginas él mismo se había cerrado las puertas de casi todas , era un personaje?habitual de las cantinas del Centro, en especial de la Mont Martre hoy desaparecida ,?donde se reunía con un grupo de escritores que constataban que el poeta amaba más a los animales que los humanos.

Efectivamente, en ese antro de mala muerte atendido por los Toños padre y dos hijos y en el que ratas, con cuerpos de conejos, se dejaban caer del techo, vivían unos gatitos famélicos y cobardes, felinos que, semana a semana, Cervantes cuidaba más y mejor que a sí mismo: no había tertulia en la que el poeta no les llevara latas, leche, un pedazo de torta, etcétera. Lo paradójico es que el Vampiro, si bien casi nunca tenía dinero para sus bebidas selectas ron Negrita con goma y, en época de bonanza, oporto , nunca le faltó para comprar alimento a esos gatos que ni siquiera eran suyos y que temían incluso a las cucarachas.

Pero si Cervantes expresaba amor a dichos felinos, solía manifestar odio, amargura y una acidez ilimitada con la mayoría de sus congéneres. Son famosas sus diatribas por causas nimias contra cualquier persona que, con o sin razón, lo contrariara. Y si algo salvó al Vampiro para no quedarse solo, fue su sentido del humor: extremoso, agrio, irónico y, valga la paradoja, terriblemente divertido.

De los últimos días del poeta se dicen muchas cosas. Lo cierto es que los pocos amigos que le quedaban y los muchos discípulos que logró en Querétaro sintieron profundamente su partida. Desde entonces a la fecha le han hecho distintos homenajes: la Biblioteca Central de Querétaro lleva su nombre; la editorial Aldus le publicó varios libros póstumos; lo amigos lo suelen tener presente en sus tertulias y la lectura de su poesía sigue siendo un goce extravagante y delicioso.