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Arte e Ideas

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La existencia de Dios

La fe es un instrumento de la imaginación, no de la razón.

Hay días en los que quisiera creer en Dios y abandonarme en sus misterios. Mi balance, tal vez un poco soberbio ¿o será humilde? en cuanto a los 7 Pecados Capitales, es más bien positivo que negativo: me reconozco como gustador de la lujuria y la gula; no me reconozco como soberbio, avaro, envidioso, iracundo o perezoso.

Con respecto a la lujuria, sin embargo, me considero un pecador absolutamente teológico, pues hago el amor cada vez que Dios quiere y me parece que el diablo está ocupado en cosas más interesantes que en tentar a un cincuentón que, tras una nimia bacanal con bebidas espirituosas, viandas y lo que resulte, al día siguiente tiene que hacer citas, por cuestiones tanto físicas como mentales, con el gastroenterólogo, el psiquiatra y el cardiólogo.

Tampoco creo tener problemas para cumplir con, por lo menos, 9.5 de los 10 Mandamientos. De ser creyente no encuentro el por qué no amaría a Dios sobre todas las cosas ni por qué mencionaría su Nombre en vano ni por qué no santificaría las fiestas.

Siempre he tratado, por otra parte, honrar a mi padre y a mi madre. No tengo planes de matar o robarle algo a persona alguna. Bien a bien no sé lo qué son los actos impuros y nunca he codiciado a la mujer de mi prójimo, ello, por el simple motivo que no creo que las mujeres le pertenezcan a alguien distinto que a sí mismas.

El mandamiento que me provoca un poco de problemas es ese que dice: No dirás falsos testimonios ni mentiras , y me causaría desazón porque mi oficio está más allegado a la ficción que al periodismo, a la mentira que a la objetividad , y no me gustaría dejar de escribir mis cuentos que, de alguna manera, son la forma en la que descubro certezas.

Pero, si estoy más cercano al bien que al mal, ¿por qué no hacer la apuesta de Blaise Pascal a favor de la existencia de Dios?

El filósofo francés argumentaba: si se cree en Dios, y Él existe, se gana el cielo; en cambio, si no se cree en Él, y Dios existe, se pierde el cielo. Y si en ambos casos Dios no existe, ni se gana ni se pierde, la apuesta queda en tablas. Ergo, hay que apostar por la existencia de Dios.

A la larga, no obstante, los apostadores acaban casi siempre más pobres que un titiritero de pulgas. Aunque, ¿acaso la Biblia no dice que de los pobres será el Reino de los Cielos? Sí, pero la fe es un instrumento de la imaginación, no de la razón, y uno o por lo menos yo no puede leer las pruebas de la existencia de Dios de, por ejemplo, Justino Mártir, Gregorio de Nisa, Agustín de Hipona, Anselmo de Aosta, Tomás de Aquino y George Berkeley, mi preferido, sino como asuntos literarios.

Sí, la teología es la gran literatura en torno a Dios y sus misterios que, en épocas más o menos recientes, es retomada por escritores tan serios como Jorge Luis Borges con el microensayo Argumentum ornithologicum , del libro El hacedor, o tan divertidos como Enrique Jardiel Poncela con su novela La tournée de Dios.

Y como remate de este Marcapasos no me aguanto las ganas de reeditar una microcuento que, en su momento, le dediqué a Franco Aceves Humana y que titulé con el mismo nombre del libro de Borges que señalo líneas atrás: Al cabo de siete días creó el mundo. Luego se le antojó una perversión mayor: hacernos creer que, al cabo de siete días, Dios creó el mundo...

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