Avuela memoria recuerdo dos novelas históricas ficciones que se basan en hechos reales, lo que eso signifique alrededor de la Mona Lisa, La sonrisa de la Gioconda (Premio Novela Fernando Lara 1999), del catalán Luis Racionero, y Valfierno (Premio Planeta 2004), del bonaerense Martín Caparrós. La primera trata de las supuestas memorias que Leonardo da Vinci le escribe a su amante, Francesco Melzi, mientras que la segunda reconstruye el robo de 1911 de la pintura más famosa del planeta.

También a vuela memoria recuerdo La Gioconda bigotona del dadaísta Marcel Duchamp, el autorretrato con el marco de La Gioconda del surrealista Salvador Dalí (muy parecida, por cierto, a la de Duchamp), las muchísimas Giocondas del artista pop Andy Warhol, La Gioconda gorda de Fernando Botero y la ópera de Amilcare Ponchinelli.

Nacido en Vinci, Italia, hijo de Piero Fruosino di Antonio y Caterina Vacca, aprendiz del taller de Andrea Verrochio y, a la postre, el pintor más importante del Renacimiento, Lionardo (según su acta bautismal), Leonardo da Vinci (1412-1517) inició, según diversas versiones, el retrato de Lisa Gherardini, esposa de Francesco Bartolomeo del Giocondo, en 1503 y, según versiones no comprobadas, fue su última gran obra, pues hasta el día de su muerte trabajó en ese óleo sobre madera de álamo de apenas 77 x 57 centímetros de superficie.

Se sabe que la pieza fue adquirida por el monarca francés Francisco I y que, al fallecer, el cuadro se mantuvo en la aristocracia francesa de los palacios de Fontainebleau y Versalles. Durante la Revolución de 1789, La Gioconda se resguardó en el Museo de Louvre; en el siglo XIX, Napoleón Bonaparte se la llevó a su habitación del Palacio de las Tullerías; para el XX, el cuadro regresó al Louvre y, tras su robo el 21 de agosto de 1921 a manos del italiano Vincenzo Perugia, carpintero del recinto, por órdenes del estafador argentino Eduardo Valfierno, el mundo entero empiezó a cubrir con suposiciones, enigmas y simbolismos la imagen de La Joconde, como se le conoce en Francia.

Durante los dos años y días en los que La Gioconda permaneció escondida por Perugia, Valfierno mandó a hacer varias copias de la pintura al falsificador de arte Yves Chaudron que, al parecer, fueron vendidas a coleccionistas estadounidenses, en tanto la policía, sin pistas del robo, detuvo al escritor Guillaume Apollinaire (por sus declaraciones de querer incendiar Louvre, pues lo consideraba una cárcel de piezas artísticas), al pintor Pablo Picasso (que gustaba comprar arte robado) y al ladrón Honoré Géry, a quienes no se les levantaron cargos por falta de pruebas. Para principios de septiembre de 1923, al intentar Perugia vender la obra al galerista italiano Alfredo Geri, La Gioconda fue recuperada, exhibida en algunos museos de Italia (el ladrón dijo que el hurto se debió a un acto patriótico: devolverla a su país de origen) y regresada al Museo de Louvre, aunque muchos críticos y pintores ponen en duda de que se trate de la pieza original. Años más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, el retrato fue resguardado en el Castillo de Amboise y en la Abadía de Loc-Dieu y, luego del conflicto bélico, volvió al Louvre en donde se puede contemplar tras un cristal a prueba de balas.

Todo lo anterior, además de que la Mona Lisa fue realizada con la técnica del esfumato inventada por Leonardo que consiste en trabajar la imagen con varias delicadas capas de pintura que provocan distintas ilusiones ópticas en el espectador que, al no encontrar los contornos definidos en el dibujo en un ambiente onírico y melancólico, siente que el retrato cambia según desde donde se contemple, explica en parte el porqué se trata del retrato más conocido del mundo, fama que ahora aumentará con la obra recién descubierta, la llamada hermana gemela de La Gioconda , en los sótanos del Museo del Prado, atribuida a Francesco Melzi, discípulo del propio Da Vinci.